humberto choza

 

DESDE LA CONFRATERNIDAD

JOSÉ HUMBERTO CHOZA GAXIOLA

La vida me regaló dos cosas que se me quedaron grabadas para siempre: una bicicleta y un escarabajo de Volkswagen. La primera fue agasajo de felicidad de la cual siempre la sentí grande para mi edad. El segundo lo sentí pequeño, debido a que nunca me cupo en mi corazón, debido a que siempre lo quise con signos exponenciales. La bicicleta marca Búfalo, estuvo poco en el inventario de mis propiedades. Me la robaron pocos días después de la Navidad. Hermoso regalo de mis padres (Niño Dios) cuya pérdida tuvo a bien romperme el corazón.

        Andrea Hiott escribió la hermosa historia de este simpático auto que se le nombró a lo largo de su vida de diferentes maneras: los estadounidenses lo llamarón thebeetle (el escarabajo), en algunos países de Europa, La pulga, y la tortuga, en México el Vocho, la buba, el Poncho y hasta el pequeño Ratón.

El barco M/S Westerdan zarpó, en 1949, de las costas de Europa con centenares de pasajeros hacia EE.UU. Acurrucados en lo oscuro del compartimento de carga del barco, un par de reflectores delanteros redondos y abiertos como platos, atisbaban lo oscuridad bajo una lona impermeable que los cubría, insinuando las suaves curvas de lo que se convertiría en el más notable de los automóviles que jamás hubiera visto el mundo. Empresarios, políticos, la crema y nata del mundo corporativo, en fin, todos terminaron enredados en su historia. Para fines de la década de 1960, este automóvil haría lo que nunca antes había logrado hacer auto alguno: trascender edad, clase y nación para convertirse en un símbolo que adoptaron todos.     

Con el paso de los años, el automóvil no sólo se convirtió en un objeto de culto entre sus seguidores, sino que gestó su propia imagen pública. A su cuenta se fundaron infinidad de clubes de admiradores, uno tras otro; apareció en las películas de Woody Allen. Disney lo llamó cariñosamente TheLove Bug en el mundo angloparlante, y Cupido motorizado en español.

La década de 1950 en los Estados Unidos se caracterizó por la presencia de automóviles espaciosos y elegantes –cuanto más grandes mejor y más admirados- con vistosas aletas, y mucho bisel cromado. En franco contraste la silueta del Volkwagen era más bien extraña y ridículamente austera. La gente lo encontraba cómico, contrahecho y raro.

Sin embargo, la idea de Hitler fue desarrollándose y se propuso hacer un carro, que le llamó “del pueblo”, sin dejar de pensar hacer primero una ciudad que llamó Wolfsburgo. Adolfo Hitler bautizo dicha ciudad, junto con el proyecto, como “la ciudadela del auto que dará fuerza por la alegría”, o en palabras sencillas: el pueblo del Volkswagen.

Hitler llegó al poder en 1933 con automóviles en su cabeza y agenda, pero el proceso dio muchas vueltas y rodeos, hasta que después de cinco años más tarde, en la primavera de 1938 empezó a parecer que su meta sería alcanzable.

Este sueño fue de largo camino, imposible de narrar en unos cuantos párrafos, que sin embargo, se puede calcular la dimensión de lo que imaginó Adolfo Hitler: “este lugar será mucho mejor que cualquier ciudad estadounidense, y la nueva fábrica automotriz alemana será mejor que cualquier cosa hasta entonces construida por el héroe de la industria automotriz estadounidense, Henry Ford.”

Y, para terminar, les cuento que mi Volkswagen crema, en el que me paseé por gran parte de México, tuvo el mismo fin que mi bicicleta:¡¡¡me lo robaron!!! Todavía lo recuerdo, y se me ruedan las lágrimas. Disculpas.