ARTURO SANTAMARIAARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ


El estereotipo de Mazatlán como una ciudad sui géneris en muchos sentidos se confirma una vez más. El puerto ratifica que su idiosincrasia se cuece en otra cazuela. La tierra de los venados insiste en demostrar que aquí las cosas siempre son diferentes a lo que sucede en otros municipios del estado.

Es muy cierto que en términos políticos esta singularidad la comparte desde el 1 de julio de 2018 con Culiacán y Ahome, donde sus alcaldes se empeñan en demostrar que ahí también hierven frijoles. Si hablamos de presidentes municipales atípicos, más bien bizarros, Billy Chapman y Estrada Ferreiro compiten cerradamente con “El Químico” Benítez; pero el caso del edil mazatleco ya raya en lo insólito, haciendo honor a no pocas etapas de la historia y a abundantes pasajes de la psicología colectiva “patasalada”.

Mazatlán se ha distinguido por cultivar una cultura política de grandezas y miserias. En un momento sorprende a Sinaloa, e incluso a todo México, con decisiones electorales ejemplares, y de refinamiento crítico y democrático, como las continúas alternancias de variedad partidaria en el poder municipal desde 1989, pero en otro esas alternancias han producido de las peores experiencias de gobierno, tal y como sucedió con Jorge Rodríguez Pasos, Jorge Abel, Carlos Felton, Fernando Pucheta y ahora con Guillermo Benítez Torres.

Por lo menos desde el año mencionado las mayorías electorales mazatlecas no se casan eternamente con nadie; son infieles a un partido pero fieles a su vocación crítica.

Los desfiguros de Rodríguez Pasos, las constantes acusaciones de corrupción a Jorge Abel López Sánchez y Carlos Felton, así como el vodevil lumpenesco de Fernando Pucheta que facilitó el triunfo de Morena el 1 de julio de 2018, son tan unas cuantas escenas del acelerado deterioro político mazatleco, razón por la cual la ciudadanía experimenta constantemente para ver cuando encuentra un gobernante a su altura.

“El Químico”, ya sabemos, ganó gracias al huracán electoral que creó AMLO, de otra manera jamás lo hubiese logrado. En las elecciones pasadas Mazatlán no fue la excepción sinaloense, sino que todo el estado se alebrestó y le otorgó a Andrés Manuel López Obrador la mayor votación de todos los estados del norte, y de paso le obsequió siete alcaldías que Morena ni en sueños había imaginado.

Pero, a semejanza de lo que ha pasado en todos los municipios sinaloenses donde ganó Morena, la gran mayoría de los militantes del partido fueron marginados en la integración de los gabinetes a favor de familiares y amigos de los alcaldes y sus familias, y por militantes del PRI y del PAN.

Luis Guillermo Benítez Torres podría aducir, lo que no es cierto, que en Morena no había cuadros políticos y administrativos con la capacidad necesaria para conformar su gobierno, y que por tal razón incorporó a mujeres y hombres con otros antecedentes. Pero resulta que a muchos de ellos en muy poco tiempo los empezó a despedir con cajas destempladas y con argumentos baladíes o francamente falsos. La síndica procuradora le ha contado 46 funcionarios arrojados a la fogata. Seguramente un récord mundial o semejante al del país africano más inestable que podamos encontrar.

No obstante, esta inestabilidad desquiciada, que por supuesto no merece la ciudadanía mazatleca, provocó una reacción de la mayoría de los funcionarios despedidos que no tiene parangón en la historia política local (a menos que el cronista Enrique Vega nos corrija).

El miércoles pasado, en una conferencia de prensa, alrededor de 10 ex funcionarios en voz de tres de ellos: Marsol Quiñonez Castro, ex directora de Cultura; Raúl Carvajal, ex director de Vivienda y Tenencia de la Tierra; y Antonio Aguilar Colado, ex titular del Departamento Jurídico; hicieron señalamientos y acusaciones de una gravedad que nunca se había hecho, al menos de quienes fueron parte de un gobierno, en contra de un Alcalde mazatleco.

Además de irresponsable, incapaz, mentiroso, ofensivo, corrupto, nepotista, carente de moral y de ética, lo acusan implícitamente, de dipsomanía y de desequilibrios mentales. Y, por si fuera, poco lo acusan de entregar el control a la familia de su consorte Gabriela Peña Chico de tres dependencias de gobierno fundamentales para el municipio.

“El Químico” ha respondido a esas acusaciones de manera infantil, como siempre, escudándose en el líder de Morena: “Es un honor que, al igual que a López Obrador, unos ex funcionarios de esta administración me acusen de tener problemas psiquiátricos y de adicciones. Reconozco nuestra adicción al trabajo y a los medicamentos contra la hipertensión…”.

La gran diferencia con AMLO es que esas críticas se las hacen sus contrincantes políticos y sus críticos periodísticos o ciudadanos en las redes; pero a Benítez Torres se lo dicen numerosos funcionarios que trabajaron a un lado de él, incluso desde la misma campaña electoral.

El Presidente no puede intervenir legalmente en este tipo de asuntos, pero debe estar enterado de que “El Químico”,Estrada Ferreiro y Chapman están desgastando brutalmente a Morena. Alguna recomendación le podría dar a la bancada de su partido en el Congreso para detener una sangría política que afecta más que a nadie a los ciudadanos sinaloenses. Y los diputados no deben pensar en cálculos políticos sino pensando en los habitantes de Sinaloa.

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