ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

La intención original de la bancada morenista en la Cámara de Diputados de pasar por encima de la ley e imponer en la Mesa Directiva la reelección de facto de Porfirio Muñoz Ledo, fue finalmente desechada gracias a la resistencia de la oposición partidaria, pero sobre todo a la negativa del Presidente López Obrador de apoyarla.

AMLO había guardado silencio alrededor del tema durante dos o tres días. Lo más que había dicho es que él guardaba distancia y respetaba la autonomía del Poder Legislativo. Esta situación la interpretaron sus críticos como una muestra más, o como un ejercicio de varios, entre ellos la ausencia de rechazo claro a la abusiva “Ley Bonilla” de parte de López Obrador, de que AMLO estaba concentrando cada vez más poder con la intención de cambiar la Constitución, o violarla, para mantenerse en Palacio Nacional un segundo periodo. La lista de los comentaristas que dijeron esto en diarios, televisión, radios y redes era interminable. Decían convencidos que eran, o que son, muy claras las intenciones neoporfiristas de López Obrador.

Ahora que AMLO abierta y fuertemente criticó la intención de sus correligionarios tanto en San Lázaro como en Baja California, unos piensan que fue obligado a ello; es decir, no creen que sea un convencido demócrata, y que, por lo tanto, no ha renunciado a sus intenciones “tiránicas”, como han dicho algunos panistas o “dictatoriales”, como dicen algunos priistas.

Es evidente que a estas alturas el hombre de Macuspana no convence a todos de que “no es como los otros”, que es un demócrata, al menos cuando respeta o intenta respetar la autonomía de los otros poderes. Lo paradójico es que sí intervino en su bancada cuando vio que estaban haciendo las cosas muy mal, que estaban pasándose la ley por el arco del triunfo, incluso con la complicidad original de Porfirio Múñoz que después se convierte en un héroe de la democracia cuando renuncia a la presidencia de la Mesa Directiva. Y el tabasqueño sí intervino, pero para que se aceptara el relevo en la conducción de las discusiones de la Cámara y asumiera la panista Laura Rojas, evitando de esa manera que no se dañara más la imagen de su gobierno.

No todos los panistas están satisfechos con el cambio porque, finalmente, Morena les impuso condiciones al pedir que en una de las vicepresidencias quedara en manos del también blanquiazul de Marco Antonio Adame porque tiene, dicen los morenos, un “comportamiento respetuoso e institucional” a diferencia de otros miembros de su partido.

Todo lo anterior es un ejemplo más de que Morena depende en extremo de las opiniones y decisiones del Presidente López Obrador. Pero, al menos en este caso, él ha demostrado que tiene una visión política mucho más completa que sus seguidores y que sabe modificar sus posturas en el momento necesario, al menos en el terreno político. Donde no hemos visto más flexibilidad es en la toma de decisiones económicas. El Presidente es un animal político como pocos en la historia mexicana pero no es, evidentemente, un homo economicus.

Posdata

Quién sabe qué tan auténtica y veraz es una encuesta que circula en las redes donde se dice que los alcaldes morenos de las cuatro ciudades más grandes del estado no recibirían el refrendo electoral de sus habitantes. Lo cierto es que los números son aplastantemente negativos para Morena.

Y cómo no va a ser así, cuando vemos que, sobre todo en Culiacán, Mazatlán y Ahome no han aprendido a gobernar.

Veamos nada más el irrefrenable desorden que trae Luis Guillermo Benítez Torres en Mazatlán. Ya había corrido con cajas destempladas a Oscar Blancarte, y ahora, acaba de despachar a Marsol Quiñonez Castro, del Instituto de Cultura de Mazatlán, a pesar de que, dicen los enterados, había hecho un buen papel. La pregunta que muchos se hacen es ¿por qué “El Químico” Benítez sigue sostenido a José Ángel Tostado?, tesorero del instituto, cuando nadie habla bien de él. Los gringos cuando sugieren una pista para descubrir qué es lo que pasa detrás de las decisiones políticas dicen: “follow the Money”.

Evidentemente el hombre de confianza de Benítez Torres en Cultura y quien maneja el Instituto es Tostado. ¿Habrá leído alguna vez a Genaro Estrada, Diego Valadez, Antonio Haas o a Juan José Rodríguez? ¿Sabrá quién fue Chilo Morán? ¿Habrá escuchado alguna vez a Adán Pérez? Lo que no dudo ni lo más mínimo es que jamás ha visto una película de Óscar Blancarte

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