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JESÚS ROJAS RIVERA

Pocos años le faltan para cumplir 90, es sin duda unos de los políticos en activo que mejor entiende y conoce el sistema político mexicano. Le ha tocado vivir y testificar las grandes transformaciones democráticas del País, pero también de los grandes crímenes como la matanza de Tlatelolco y varias represiones más. Se formó en el PRI de los 50 y para tiempos de Díaz Ordaz ya tenía nombre propio. Siempre quiso ser Presidente de México, caprichosa como lo es, la política no le concedió ese gusto.

Erudito, hombre culto dueño de una inteligencia prodigiosa que sobresalía entre el priismo al que Carlos Madrazo y Reyes Heroles nunca pudieron ilustrar, logró casi todo, fundó partidos, los transformó y los enterró. Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega es un personaje cuya extensa biografía deberá escribirse con reservas y en dos tomos.

Orador elocuente, “jilguero del poder” como le llamarían sus juveniles detractores pronunció en 1969 un discurso que lo marcaría de por vida: “La Revolución…ha obedecido y hecho obedecer los mandatos de voluntad popular, ha conservado intacta la voluntad del Estado y ha defendido, con el derecho, la soberanía de la nación”. Estas palabras fueron parte de la perorata absolutoria a don Gustavo Díaz Ordaz. Cosa que, pasados tantos años, aún le reclama la historia.

En 1987 orquesta un cisma de ruptura en el PRI, una revuelta interna que llamaba a “darle voz a la militancia”, para que fueran las bases del partido y no el Presidente quien definiera el candidato de 1988. En plena Asamblea Nacional tricolor, Porfirio proclama el nacimiento de la “Corriente Democrática del PRI”.

Meses después, previos al destape de Carlos Salinas de Gortari, los rebeldes encabezados por Muñoz Ledo se van a impulsar la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas apoyados por el PARM, PPS y el Frente Cardenista, partidos satélites que para las fechas orbitaban cercanos al PRI.

En 1991, en Guanajuato, Porfirio Muñoz Ledo se enfrentó a Vicente Fox en competencia por la Gubernatura. Muñoz llevaba la bandera del PRD que no le dio lo suficiente para ganarle al empresario panista. Hábil para entender que la política no es un asunto de rencores, Muñoz Ledo declinó en el 2000 a favor del guanajuatense en la elección presidencial. Se acomodó porque el político sabio tiene siempre la habilidad de los gatos, esa que los hace caer parados más allá de sus circunstancias.

En los gobiernos del PAN lo mandaron a Europa como diplomático, como Embajador ante la Unión Europea y representante de nuestra nación ante la UNESCO. Pero, años antes ya había servido a la diplomacia mexicana como embajador ante la ONU de 1979 a 1985. Cuando no querían a Porfirio, procuraban mandarlo lejos a exilios de cultura y conocimiento.

El profesor Alejandro Pizarroso Quintero, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y amigo del personaje, me contó entre tequilas algunas anécdotas que retratan fielmente la inteligencia y lucidez de Muñoz Ledo; lo conoció en Bruselas hace varios años y desde entonces guardan una amistad que se nutre en discusiones de arte, historia, política internacional y lenguas. Lo considera un “un gran hombre y un gran patriota”.

A don Porfirio tuve el gusto de conocerlo en un certamen de oratoria en la Ciudad de México, era crítico implacable, juzgador pulcro y exigente con la elocuencia de los y las participantes. Tenía yo 24 años y por coincidencias de la vida me tocó representar a Jalisco en la competencia.

Cuando terminé mi discurso me hizo una seña para acercarme, me dijo en corto casi al oído: “es usted un pésimo orador, no vuelva a tomar un micrófono en concurso. Pero qué buen argumento, si es suyo, siga escribiendo, que no todo es palabra dicha porque las ideas de juventud valen igual o más escritas”. Le tomé el consejo, nunca más me paré por un concurso y aquí sigo escribiendo ahora sobre las nuevas palabras inmortalizadas hace un par de días en tribuna: “Se puede tener el poder y no pasar a la historia y se puede pasar a la historia sin tener el poder”. A eso, dijera mi maestro Pizarroso, se le llama saber torear. Luego le seguimos...

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