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JESÚS ROJAS RIVERA

Barbicano, con un inocultable rostro de preocupación salió de Palacio Nacional escondiéndose de la prensa, subió al asiento delantero de un auto blanco y se esfumó como llegó, en silencio. Casi al mismo tiempo en que Rosario Robles Berlanga enfrentaba sus demonios camino al penal de Santa Martha, José Antonio Meade Kuribreña y González Anaya realizaban una sospechosa visita en Palacio Nacional.

Robles, Meade y González Anaya tienen una liga en común: “La Estafa Maestra”. En el gobierno de Enrique Peña Nieto se dieron desvíos millonarios vía la operación de empresas fantasma y simulación de contratos, la corrupción fue el sello distintivo en la administración pasada. Según la investigación de Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción, al menos 11 dependencias estuvieron involucradas en las millonarias irregularidades.

Pemex, Sedesol, Fovissste, SCT, Banobras, SEP, Sagarpa, Senasica, RAN, Secretaría de Economía y el Instituto para la Educación de los Adultos. Un fraude multimillonario calculado en 7,670,077,500.00 pesos en donde se involucraron cientos de empresas y al menos ocho universidades públicas: la del Estado de México, Autónoma del Carmen, Autónoma de Morelos, Popular de la Chontalpa, Autónoma de Tabasco, Politécnica del Golfo de México, Instituto Tecnológico de Comalcalco y Universidad Tecnológica de Tabasco.

Rosario es el primer hilo de la madeja, la primera en caer de varios señalados. La Fiscalía General de la República la acusa de un desvío de 5,073 millones de pesos en los años que pasó al frente de la Sedesol y la Sedatu. De ahí pasó la corrupta estafeta al ex candidato presidencial.

En las primeras declaraciones la ex Diputada federal, fundadora del PRD y ex Jefa de Gobierno capitalino le expuso al juez sobre sus actividades y sus primeros argumentos, se dijo inocente, gustosa de cooperar con la justicia, solicitó llevar el proceso penal en libertad pero el juzgador lo desestimó, y por un error de procedimiento defensivo le dictó prisión preventiva ante el “inminente riesgo de fuga”.

Por eso Meade llegó a Palacio, quería platicar y tener algunas garantías, quería recordarles a los amigos del Presidente que fue él, quien aceptó primero su derrota y levantó las manos al tabasqueño. Quería asegurarse que el rumbo de las investigaciones no volcaría hacia su gestión. 

Como sucede en las desgracias de rejas y barrotes vinieron los deslindes, los desmarques y las distancias. El tufo a corrupción que se paga en las sombras comenzó a merodear a los cercanos, se dejaron de contestar teléfonos, se dejaron de dar entrevistas de “apoyo”, se comenzaron a bajar fotos en redes sociales.

Los más viejos en esto de las persecuciones políticas y escaramuzas legales, saben que el Gobierno Federal quiere mandar un mensaje contundente de congruencia en el discurso contra la corrupción. Miden el riesgo y otean que será muy difícil que más “peces gordos” caigan o se vinculen en procesos. Pero con Andrés Manuel nada es garantía. Pepe Meade se sentía inmune y hace días lo vimos pasar saliva.

En el culebrón de la semana, en Sinaloa los reflectores apuntaron de inmediato al Senador Mario Zamora, aquel funcionario “peñanietista” que tanto presumió la amistad del candidato tricolor en 2018, hoy busca la sana lejanía acomodándose a la sombra de “Alito”. Cambió de barco, se alejó de sus amigos del pasado y se fue metiendo poco a poco al grupo de los alineados al poder. El mochitense ve su aspiración enterrada, lejana ante las circunstancias que no tardarán en pasarle factura, pero al menos está libre y del lado del PRI que pactó.

Si Zamora Gastélum se mantiene como va; modosito, calladito y con el ridículo perfil de “despistado” Senador, tiene garantizada impunidad. Por el contrario, a la primera que chiste y se vuelva un opositor de peligro, lo vinculan con el pasado que antes presumió pero hoy le es totalmente incómodo. De Zamora en el Senado muy poquito veremos. Luego le seguimos...

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