ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Rosario Robles no ha sido la primera ni será la última política en cambiar radicalmente de una postura ideológica a favor de la que antes combatió. Los tránsfugas los habrá siempre. Así es la historia, así es la condición humana de algunas personas.

¿Por qué un hombre o una mujer pueden pasar, muchas veces con sorprendente premura, de una postura partidaria a otra, de una doctrina a otra, de una ideología a otra? La respuesta es complicada porque pueden intervenir muchos factores, desde los emocionales, los apremios económicos, las rupturas políticas, las crisis ideológicas, etc. Pero en algunos casos, simplemente es la ambición de poder: político, social, económico, o los tres juntos.

A Rosario Robles es evidente que le gustan los lujos y el glamur. Baste leer los numerosos reportajes sobre su relación con Carlos Ahumada, o los pasajes del libro que este personaje escribió sobre su relación con ella; pero en el juicio que ahora se lleva a cabo no se le acusa de malversación de fondos o enriquecimiento inexplicable o cosas de esas sino “por el ejercicio indebido del servicio público”. Se sospecha que Rosario permitió que los más de 5 mil millones de pesos de Sedesol y Sedatu se desviaran a actividades políticas a favor del PRI.

Es decir, a la señora Robles Berlanga no se le está juzgando por meter dinero en su bolsillo sino para el partido que estaba en el poder. No obstante, si ella no se incorporó al gobierno de Enrique Peña Nieto por ambición de dinero sí lo hizo por ambición de poder. Su rompimiento con la izquierda pudo tener otros ingredientes, incluso muy íntimos porque su ex marido, Julio Moguel, un sólido intelectual marxista y su primer mentor político, permaneció en la izquierda; pero lo visible es que aun antes de romper con el PRD tuvo un acercamiento con Carlos Salinas de Gortari, quien supo ver sus ambiciones cuando en una visita a la casa del ex Mandatario y en un aparentemente simple juego simbólico éste le colgó la banda presidencial y vio la inocultable satisfacción de esta mujer, quien siendo muy joven había nacido a la política con el maoísmo.

Rosario Robles en su adolescencia se convirtió en una destacada dirigente estudiantil cuando ingresó al Colegio de Ciencias Humanidades-Naulcalpan (en el Estado de México) y pronto fue invitada a acercarse a Síntesis, un grupo de estudiantes y profesores universitarios que combinaban el estudio del marxismo con el activismo político. Este grupo coincidió con otras organizaciones estudiantiles, como la Brigada Flores Magón, en el rechazo al ingreso de Luis Echeverría Álvarez a la UNAM el 14 de marzo de 1974, cuando éste salió precipitadamente de Ciudad Universitaria después de que del tumulto saliera una pedrada que ligeramente le hirió la cabeza. Meses después de ese hecho, a principios de 1975, los estudiantes que repelieron al genocida del 10 de junio de 1971 crearon una organización política que se llamó Grupo de Izquierda Revolucionaria (GIR), y Rosario formó parte de su dirigencia.

El GIR pretendía constituirse en una organización política nacional que incluyera estudiantes, obreros, campesinos, colonos y otros sectores populares, y por esa razón la ahora defenestrada ex política de izquierda viajó varias veces a Sinaloa, donde logró construir, con otros de sus compañeros, un núcleo en Mazatlán. Le gustó tanto el puerto que incluso vacacionó en el puerto acompañada de sus padres y hermanas, mucho antes de ser una figura de la izquierda mexicana.
El GIR se dividió en 1977 y la fracción de Rosario se incorpora a la OIR-Línea de Masas, una agrupación maoísta. Diez años después se suma a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y en 1989 es fundadora del PRD.

Rosario, como presidenta del PRD regresaría varias veces a Sinaloa, y más particularmente a Mazatlán, para apoyar las campañas electorales de Julio Lemen Meyer y Libia Zulema López Montemayor, pero ya había dejado atrás los pantalones de mezclilla, los tenis y la risa espontánea a favor de la ropa fina y la solemnidad.

Pero Rosario no sería la única en abandonar la ideología y los partidos de izquierda. Habría muchos que de prácticamente todas las organizaciones de izquierda mexicanas se fugaron, a lo largo del Siglo 20 y lo que va del 21, al PRI y en menor medida al PAN, o viceversa. Y hay algunos que van y vienen entre organizaciones de izquierda, centro o derecha. Todo depende hacia dónde se incline el poder o la búsqueda de la chamba.

Hoy en día, los tránsfugas suman legiones. El desdibujamiento de las ideologías favorece un pragmatismo político sin justificaciones ni remilgos.

El caso de Rosario Robles llama más la atención porque fue una militante destacada de izquierda, por ser mujer y haber gozado de un enorme poder en dos secretarías de Estado; pero en México veletas y corruptos los hay por legiones.

¿Este será un signo de los tiempos? ¿México es ejemplo de una “sociedad líquida”; es decir, sin bases y principios sólidos, como diría el finado sociólogo polaco Zigmunt Bauman?

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