AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

Cuando va usted por la calle, anda en el centro comercial, o se encuentra en una fiesta, seguramente ha notado que hay un impresionante crecimiento en el número de mujeres, muy jóvenes en su mayoría, que lucen cuerpos “curveados”, con senos y glúteos pronunciados. Quizá no necesita mucho para saber que tal figura es producto de la cirugía porque las dimensiones corporales en conjunto no coinciden.

Algunos casos son de mujeres tan jóvenes, que ni siquiera su crecimiento y desarrollo físicos han concluido y la pregunta que asalta es ¿por qué lo hacen? ¿qué esperan de ello?

Algunos expertos del tema responden a estas preguntas con razonamientos que ligan a la cultura del narco y el afán de las jóvenes por “ser atractivas” para aumentar sus probabilidades de encontrar una pareja “poderosa”. Otros lo ven más allá de eso y lo ubican como el efecto de una cultura consolidada que propone a la mujer como objeto sexual y cuyo futuro depende prácticamente del matrimonio que logre.

En ambas hipótesis se reconoce que detrás de esa práctica está la necesidad de aparecer atractivas para “estar en condiciones de seleccionar” a una “mejor” pareja; una condición psicológica en la que la autoestima está condicionada al atractivo sexual y la capacidad para “llamar la atención”.

Especialistas de la psicología clínica y la psicología social identifican este fenómeno como “sexualización”. Una condición en la que la persona se ve y se valora, tanto como ve y valora a los demás, básicamente a partir de sus atributos sexuales. 

Según la psicología, hay cuatro componentes de la sexualización que la distinguen del comportamiento sexual saludable y que deben ser foco de atención de padres de familia y de instituciones educativas y de salud. 

El primero, se consideran a la sexualidad como el rasgo más importante de su identidad personal. Quienes así lo hacen buscan en todo momento y por cualquier forma, obtener aprobación y reconocimiento a su cuerpo o su rostro y si llaman la atención.  

El segundo, se convencen de que ejercer su sexualidad es el recurso más importante para encontrar el éxito y el bienestar que buscan. Cuando se cursa por esta condición, la actividad sexual (que puede incluir las relaciones íntimas) no tiene la intención de encontrar pareja, o desahogar la necesidad fisiológica, sino confirmar el atractivo de la imagen adoptada con el reconocimiento de otros.

El tercero, creen que para obtener los rasgos sexuales que desean (por ejemplo una figura curvilínea), es válida cualquier cosa y se puede correr cualquier riesgo. Por eso, no escatiman en emprender una ruta de cambios que se vuelve interminable. Poco les dura el gusto del cambio que hicieron, cuando quieren otro nuevo.

El cuarto, están en absoluta disposición a ser un objeto sexual, si a cambio se les ofrece reconocimiento público y privado. En la mayoría de los casos este pensamiento les lleva a creer que su atractivo sexual es suficiente para controlar a los demás y condicionarles el trato que quieran recibir.

Según KrassasBlauwkampWesselink (2003), la sexualización en las personas no necesita cumplir con las cuatro condiciones referidas. Con la adopción de cualquiera de ellas se ingresa a esa condición mental y se inicia un espiral que solo con ayuda terapéutica se puede superar.

Es importante señalar que aunque la sexualización se asocia más al comportamiento de las mujeres no es exclusivo de ellas. En las últimas dos décadas, la tendencia de crecimiento en los hombres jóvenes aumentó dramáticamente (metrosexuales) y se ha relacionado con otros problemas de comportamiento graves como las adicciones y el suicidio. 

En ambos casos, la fuente del problema está ligada a una cultura de consumo, donde las mercancías y las relaciones se logran a partir de jugar con roles que priorizan la sexualidad, además de desajustes individuales marcados por baja autoestima e historias de crianza disfuncional.

El consenso científico ubica a los medios de información, a familia y a la escuela como los recursos de más peso en el desarrollo de la sexualización. Nivel cultural pobre, formación espiritual limitada, restringido soporte familiar y escuelas que no promueven el crecimiento integral de los estudiantes, son las variables más influyentes de la sexualización

Mary Hoskins afirma que el problema difícilmente se da en personas que viven relaciones estrechas con sus familias, que son educadas en escuelas con programas de desarrollo personal intensos, o que viven en comunidades con redes de soporte social fuertes. Además, que para superar el problema, regularmente el terapeuta busca que la persona cuente con la primera y última de estas condiciones.

Lamentablemente, la sexualización es un problema real y complejo, que ahora se ve más marcado gracias al trabajo de la cirugía estética. Habría que aprender a leerlo de mejor manera y buscar formas para que vaya desapareciendo. Sus consecuencias no son solo individuales, sino sociales y merecen ser atendidas ¿O usted que opinan?

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