ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Si buscamos, en una etapa de poco más de un siglo de historia nacional, turbulencias políticas semejantes a las que experimenta el actual Gobierno mexicano sólo encontraremos dos: de noviembre de 1911, mes en el que asume el poder Francisco I. Madero a febrero de 1913, mes de su asesinato; y de julio de 1928, mes que liquidaron a Álvaro Obregón, a marzo de 1929, cuando Plutarco Elías Calles funda el PNR.


Madero, como todos sabemos, no encabezaba una simple alternancia en el poder sino un cambio de régimen político que él, finalmente, no logró cuajar. Plutarco Elías Calles, ante la profunda crisis que provocó el asesinato de Obregón y con ello el inicio del fin del caudillismo revolucionario, en un periodo extraordinariamente corto creó el PNR y sentó las bases para la institucionalización de una nueva forma de dominación política que se prolongó por 71 años.


En ambos casos, fueron dos fuerzas políticas opuestas al cambio de régimen las que, a través de la violencia, se opusieron a los proyectos que encabezaban Madero y Álvaro Obregón. Estos habían recurrido al uso revolucionario de las armas. Sus asesinos echaron mano de la misma estrategia pero con fines contrarrevolucionarios.


Las fuerzas que reaccionan contra los cambios políticos, en México o cualquier otro lugar del mundo, son inevitables. Prácticamente podemos decir que son como una ley universal de las luchas políticas. No hay acción sin reacción. No hay intento de cambio de régimen sin oposición.


En el caso que en estos días experimentamos, Andrés Manuel López Obrador ha repetido insistentemente desde que era opositor que lo que él busca es un cambio de régimen. El PAN también se lo propuso antes de llegar a Los Pinos, aunque con otras características, pero no lo logró ni en realidad lo buscó a pesar de haber estado 12 años en el poder.


AMLO entiende el cambio de régimen no tan sólo como una radical transformación de las relaciones y formas políticas de dominación sino también del modelo económico establecido: el neoliberalismo.


Para muchos, incluyéndome, aun con todo y los extensos programas asistencialistas, Morena no está modificando las bases económicas del modelo neoliberal. En realidad las está ajustando e incluso profundizando. Hasta el momento, no hay indicios de que la política económica neoliberal vaya a ser modificada. Sin embargo, donde sí hay claras evidencias de cambio es en los estilos, relaciones y formas políticas de gobierno. Es decir, en la política-política, incluyendo la política-comunicación.


Es cierto que se rehace el presidencialismo, pero es un presidencialismo con características novedosas. No es un presidencialismo que se pretenda neutral, como lo era el clásico, ya sea priista o panista. AMLO es un Presidente que pelea y reclama todo el tiempo. Es un Presidente que habla de adversarios, porque los hay. Es un Presidente que confronta a los medios, pero aguanta la crítica periodística. No ha censurado a ninguno. A la vez es el Presidente más criticado por los medios convencionales en la historia de México, sobre todo por los televisivos, algo que anteriormente se veía muy poco. Al mismo tiempo, desaparece el embute o el chayote a los periodistas.


AMLO intenta desmontar el corporativismo social, a través de la entrega de subsidios y ayudas entregadas individualmente aunque preserva el clientelismo. El presidencialismo clásico sin el corporativismo no funciona. El presidencialismo del inquilino de Palacio Nacional es carismático, en este sentido es más tradicional y subjetivo que estructural, aunque sin duda tiene bases constitucionales. AMLO es el jefe máximo de su partido como lo era un Presidente priista de su partido, pero todavía no queda claro si se reeditará el mismo esquema.


Morena no es un partido monolítico como el PRI ni doctrinario como el PAN, es endeble organizativa e ideológicamente. Críticas y disidencias como las de Porfirio Muñoz Ledo o Ricardo Monreal, siendo personajes prominentes del Poder Legislativo, hacia políticas presidenciales jamás fueron vistas en el tricolor y en el blanquiazul. Este rasgo, al menos de dos figuras, habla de una conducta política más moderna.


Por otro lado, al margen de los serios y constantes errores de política económica, y de política-política, AMLO y Morena enfrentan inevitablemente enormes resistencias para que se establezca un nuevo régimen político. Unas leales y necesarias, otras subterráneas y conservadoras.


No es nada osado decir que, al margen de varios reclamos legítimos de los integrantes de la Policía Federal, hay intereses e intenciones políticas que aspiran a la desestabilización para impedir un verdadero cambio de régimen o, por lo menos, sacar provecho de cualquier crisis para acumular capital político pensando en el relevo ante un eventual fracaso de la 4T, tal y como manifiestamente lo hace Felipe Calderón.


Ante este panorama no está nada claro que a un año del triunfo de AMLO vaya a haber un cambio profundo de régimen político.

Posdata
Si a lo anterior le agregamos lo que sucede en municipios gobernados por Morena en Sinaloa, el conjunto todavía es más confuso, e incluso desalentador.

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