humberto choza

DESDE LA CONFRATERNIDAD

JOSÉ HUMBERTO CHOZA GAXIOLA

Mi madre fue numérica, en toda la extensión que abarca esta palabra, ya que estaba llena de números. Su cuerpo estaba constituido por dígitos, pares e impares. O sea, los números naturales. Estos fueron sus consentidos, durante toda su vida, cosa que no sucedió con los números racionales y complejos. Sin embargo, el tiempo se encargó que floreciera un nuevo cariño; aunque nunca los primeros lograron superar, en su corazón, a los segundos. Siempre me dijo que al que más amaba era al cero. Lo cual me pareció siempre un contrasentido, ya que el cero está hueco, no tiene sustancia, ni aristas por donde quererlo. Sin embargo, los sentimientos en una mujer son impredecibles.

Mi madre entendió, según me contó después, al cero, hasta que cumplió quince años. Quizá se debió a que mis abuelos le regalaron un ábaco chapeado de plata que le mandaron traer de Taxco. Se sintió la mujer más feliz del mundo. Eso me dijo. Además, se le notaba cuando hacia sus cálculos con tan hermoso instrumento.

Mi madre amaba intensamente los números, como ya dije, pero además amaba todo lo que se moviera en esta Tierra, estaba llena de amor de todo tipo. Le era imposible contenerlo.

Hay que decirlo: sentía especial consideración por los números uno, dos, y tres. No sé por qué razón, pero toda su existencia, según me contó, que cuando cumplió diez y ocho, estos tres números eran el origen y sobre los cuales giraba su pensamiento para encontrar sus soluciones numerales que de un modo u otro la llevaban a encontrar soluciones de grandes problemas, que hasta ese momento no se había encontrado solución.

Ya madura, mi madre, se compraba máquinas electrónicas muy sofisticadas para divertirse e intercambiar hallazgos matemáticos con sus colegas científicos. Es necesario decir que con este don pudo obtener grandes logros en el campo de la ciencia y beneficios incalculables para la humanidad.  Aunque nunca quiso que se supiera su autoría.        En su correr por la academia, como era de esperarse resultó una lumbrera para las matemáticas. Sumaba, restaba, multiplicaba y dividía de forma natural, así como de forma natural se respira.  

Con el tiempo, descubrí que era una mujer pitagórica, porque con este señor, don Pitágoras, se entendían y platicaban como si estuvieran cara a cara. Lo digo, porque en un descuido de ella, le pude oír que en su plática imaginaria le decía mi amigo “Pita”.

También descubrí una gran belleza en ella. Sus ojos eran puros ceros. El espacio encerrado que apresa el círculo para constituir el “no número” le servía para guardar el amor. Amaba con los ojos, no con el corazón como las demás personas. Su mirada estaba  rebosante de cariño para sus prójimos, como ya conté, y por ahí, por su bella vista te anunciaba que te estabas encontrando, con una mujer numérica, cuya única obligación era desparramar el amor de los números con su mirada. Hermosa labor, singular y admirable.

Se los digo en serio, porque lo viví, mi madre cuando me miraba me hacía sentir cascadas de amor, que me convertían en el más sano y limpio de los humanos. Todo eso, que es maravilloso, me lo daba, y también como para dejarme completo, me llenaba de paz al final del encuentro.

Otra cosa importante es: que su pelo estaba compuesto de hermosos risos colgantes de signos de suma y resta. Ambos signos, los tenía por millones, eran células que le caían cubriendo sus orejas y que en su descender saludaban a los signos de multiplicación y división que vivían dónde podían por todo su cuerpo, sus orejas era su hábitat, siempre retornaban a este bello sitio de su cabeza. Lugar que para ella era el equivalente al Edén.  Evidentemente que en el cerebro tenía más población numérica que otras partes del cuerpo. En el hemisférico izquierdo, que es el práctico, estaba lleno de signos de integración, derivación, y no sé qué tantos más, los cuales discutían y concluían con grandes soluciones en bien del universo. También esto ya lo dije. En el derecho se juntaban, para tertuliar y soñar, los números imaginarios que junto con los figurados le ponían alegría a todo su sistema numeral humano. Propiedad de mi madre.   

Todo esto lo digo, para pedir ayuda y porque he encontrado, en mis investigaciones,  signos de que existe un gran número de mamás numéricas, y que han existido siempre, que trabajan silenciosas tramando una conspiración ordenada y disciplinada, como serie algebraica, por todo el planeta, con el objetivo de dejar  este mundo mejor de cómo lo encontraron.

Si no lo cree, únase a mi cruzada de búsqueda de estas mamás. Es muy fácil encontrarlas, míreles sus ojos y verá muchos ceros grandes y pequeños, y sobre todo distinguirá que el cero mayor, que es el iris, están llenos de amor. Si aguanta diez segundos esta bella mirada se transformará en una persona rebosante de cariño para sus semejantes, porque las cascadas de amor que le transmitirán, lo limpiaran y sanaran, y sobretodo le dejaran una paz imposible de perturbar.

Ayúdeme a buscarlas, iniciando, cada quien, con su hermosa madre, porque es casi seguro que sea socia distinguida de los “pitagóricos”. Cuando la encuentre entenderá su enorme trabajo, ya que después de los diez segundos estará invadido de una paz imposible de perturbar y seguro le llamarán amigo “pit”.

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Esta característica de mi madre nunca pude saber de dónde se originó. Sospecho que sus padres fueron los causantes, ya que para cada Navidad, le regalaban ábacos. Durante e en honor al Nacimiento de Cristo, aparecieron estos regalos. Cada año el regalo era superior en la forma pero no en  contenido. Lo cual me hace sospechar que mis abuelos también eran numéricos pero no lo quisieron manifestar. En las Navidades posteriores le regalaron maquinas más desarrolladas para hacer cálculos.

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