AlfonsoAraujo

LA NUEVA NAO

ALFONSO ARAUJO

Este 16 de mayo fue la culminación de un sueño de décadas de haber empezado. Mi padre, don Alfonso Araujo Alvarado, nació en un rancho llamado El Salado, en una región muy pobre de San Luis Potosí. 

Con muchas penurias llegó a Monterrey antes de los 10 años y saltó de una escuela a otra durante toda su educación básica. Él amaba el estudio, pero era considerado un “estudiante problema”, incivilizado y rijoso. 

A duras penas terminó una educación media en la escuela técnica Álvaro Obregón. Durante toda su juventud trabajó en docenas de lugares, siendo aprendiz de electricista, de plomero y de constructor; mientras por las noches devoraba libros de diseño y construcción de calderas y estructuras industriales. Él vivió durante la última época de hombres autodidactas.

Y autodidacta fue, el más grande que he conocido. Durante toda su vida profesional la gente le llamó “ingeniero” y fue contratista reconocido de Fundidora Monterrey; fue el director de obra de la Iglesia de La Salle: la primera estructura tipo “crinolina” de la ciudad. 

Sin embargo siempre tuvo esa tristeza de no haber podido tener una educación formal completa: a mi hermana y a mí nos dio la mejor educación que pudo conseguir y, como nos enteramos años después, hizo lo mismo por varios primos.  No sólo eso, sino que también sin decir a nadie, pasó décadas apoyando a inventores mexicanos desconocidos, que en sus ratos libres se afanaban en crear artefactos y sistemas para mejorar desde pequeños procesos industriales, hasta ideas para salvar playas y manglares. 

Llegó un día en el que me participó de esta afición secreta y me presentó a personas increíbles, desperdigadas por todo el país: ingenieros, agrónomos y técnicos de todo tipo, haciendo inventos es sus trincheras, mejorando la vida de unas docenas o cientos de personas. Nunca olvidé el impacto que me causaron todas y cada una de esas personas, y sobre todo lo que mi padre me dijo: “no hay nada más valioso que ayudar a personas más sabias que tú”.

Con el tiempo, ya avanzado en mi propia vida profesional, me dediqué a la educación y a la promoción del entendimiento entre China y México; y más tarde, empecé mi propia aventura recorriendo los centros de investigación a lo largo y ancho de nuestro país. 

Encontré lo mismo que había encontrado mi padre: genios desperdigados por la UNAM, el Poli, el TEC, el Conacyt, el CIMAV y docenas más. Genios inventando curas de enfermedades, sistemas de energías renovables, inventos para limpiar el agua o para crear nuevos microcircuitos de computadoras. Y todos ellos, desconocidos e igualmente en búsqueda de apoyos que nunca llegaban.


Tras nueve años de estas visitas, finalmente convencí al TEC de Monterrey: la idea era tomar proyectos de científicos mexicanos, ayudarles para convertirlos en modelos de negocio viables, y apoyarlos con estudios de mercado y de finanzas para poder ser presentados ante inversionistas globales. Y por “globales” por supuesto me refiero a inversionistas chinos, que es mi especialidad, y además dado que el gobierno de este país tiene una política muy proactiva de apoyo a la ciencia y tecnología. 

El TEC quedó encantado con la idea y siguieron tres años más de preparación de proyectos, estructuración de modelos de negocios, protección de propiedad intelectual y mil cosas más. Del lado de China, pasé por dos años de negociación con el gobierno chino en la ciudad de Hangzhou que primero tuvo que convencerse de la alta calidad de la ciencia mexicana. 

Tras cinco visitas de oficiales, técnicos expertos, empresas y centros de desarrollo, el plan fue aprobado y ambas partes aportaron una inversión para la creación de un espacio de promoción permanente en China. Este espacio, un penthouse en el corazón financiero de la ciudad de Hangzhou, fue visualizado como un puente entre países, un escaparate de ciencia y una inspiración para la cooperación científica y la búsqueda del conocimiento que nos puede llevar a lidiar con los problemas del futuro: salud, seguridad alimentaria, conservación ambiental, seguridad online y docenas de temas más. Tras tres años, este centro fue inaugurado el 16 de mayo por los oficiales Mao Xihao del Comité Municipal de Hangzhou y Teng Yong, Secretario del Partido Distrital de Kaixuan por un lado; y José Antonio Fernández (CEO de FEMSA y presidente del Consejo del TEC) y Salvador Alva (presidente del TEC) por el otro.

En la ceremonia de apertura se firmaron tres contratos de cooperación a empezar este mismo año: los científicos mexicanos Sergio Camacho (seguridad alimentaria), Edgar Raygoza (nanotecnología) y Manuel Macías (educación avanzada) son los primeros en contribuir con sus proyectos a este esfuerzo. En el corte del listón participaron nueve personas y yo, como director de este centro, tenía que ser el número diez; pero decidí ceder mi lugar a alguien que represente mejor el futuro, que es lo que buscamos transformar aquí. Mi hija Alicia, que pronto entrará a primaria, inauguró el centro por mí.

Este ha sido sin duda uno de los momentos más emotivos de mi vida profesional. Han sido 12 años, pero fue tan sólo el arranque de algo nuevo; algo que puede ser maravilloso: la cooperación sin fronteras, el compartir conocimiento por el bien común, por nuestro futuro común. He tratado de ayudar a personas más sabias que yo, papá. Este triunfo es tuyo. Te extraño. 

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