EUSTOLIA DURAN

EUSTOLIA DURÁN PIZAÑA

Quien pensaría que un aparato como el celular, vendría a ser una herramienta con tanto protagonismo en la vida diaria independientemente de los contextos en los que a diario nos movemos las personas. Y es que en los últimos tiempos, las actividades se tornan con matices y tonos diferentes a los de hace muchos años, nuestro ajetreo se asemeja al de un gran escenario, donde cualquier movimiento exige de una imagen. Uno consideraría, y así es, que el celular es de lo más útil, pues ha sustituido las libretas que usábamos como directorio, el correo, guardar documentos, fotografías, recrear escenas, consultas, en fin tantos y tantos usos, sin embargo, hemos de decir que cada vez cobra más fuerza estar pegados a éste, cada vez más cualquier cosa, acontecimiento o circunstancia del diario acontecer tiende a ser motivo para usarlo.

Cuando por necesidad acudimos al médico, en el consultorio, sólo el doctor que está atento al escudriñamiento de su paciente para encontrar el diagnóstico que dé con el mal que le aqueja, permanece alejado del móvil; pero empezando por la recepcionista atenta a las llamadas para las citas a consulta en el teléfono regular y ocuparse de nombrar al paciente que sigue en turno, alterna perfectamente este quehacer con la revisión permanente de mensajes en las redes sociales de su celular. Otro tanto se observa en la mayoría de los pacientes que esperan su turno, algunos siguiendo el ritmo del juego que los tiene entretenidos, otros con las pláticas, si se le puede llamar así, con los integrantes de grupos con los cuales se intercambian mensajes.

En fin, si de sitios para emplear el celular y las redes sociales queremos dar cuenta, es entonces posible considerar que ya no hay sitios privados, pues el mercado, el consultorio, el salón de clases, la calle, la fiesta, la reunión familiar no escapan de esta cultura, que cada vez más domina los diferentes ambientes y contextos de nuestra sociedad, donde ser imagen va conformando el escenario de la vida como una necesidad sin igual.

Observando una escena, en un restaurante donde estaba una familia de señoras de mediana edad, jóvenes y una anciana, que de seguro celebraban algo porque por un momento se recibieron con euforia y abrazos, entré al grupo como invitada, estaba atenta a lo que pasaba alrededor y de pronto me llega un mensaje en el que una de las jóvenes solicitaba: -por favor mujeres dejen de consultar su celular

que la abuela ya se puso muy seria- acto seguido y con mucha discreción todas fueron apartando a un lado el celular y sólo lo usaban para tomar alguna foto al grupo. Tal hecho de alguna forma llevó a que la cena girara en torno a conversaciones, fotos, o chistes, pero a más de una le carcomía no poder consultar su móvil.

Ni en los espacios de entretenimiento escapa la seducción por saber que pasa en las redes sociales, o por mantener informado a los otros sobre lo que en este preciso momento estamos haciendo; así es que el estadio de beisbol no es la excepción y si hiciéramos la cuenta de cuantos espectadores por fila están con un ojo al juego y el otro a las redes sociales, a la foto o a los mensajes nos faltaría tiempo para contar. Al menos en este aspecto diríamos que nuestra cultura está dominada por la tecnología, pues no es un fenómeno privativo de los jóvenes, allí se observa como adultos y adultos mayores emplean el celular para tomar la foto a su equipo, a la jugada magistral o en su caso disfrutar del juego o de otros juegos simultáneos.

No faltan las selfies donde con coquetería las chicas se desentienden del juego para enviar su imagen, es como si la imagen constatara su existencia, es como si la cotidianeidad se desvaneciera en la habilidad para teclear a un ritmo comparable al de la velocidad a la que transcurre todo, es como si lo cotidiano convergiera en ficción pues hay que compartir la imagen con todos, aunque ese todos es al mismo tiempo nadie; pues lo efímero de la imagen del momento, queda en el aire.

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