humberto choza

DESDE LA CONFRATERNIDAD

JOSÉ HUMBERTO CHOZA GAXIOLA

Juan de la Cabada nació en Campeche, cursó la primaria en el Colegio del Sagrado Corazón, y a la muerte de su madre, -tenía ocho años- pasó a vivir con unos tíos que lo enviaron a estudiar al Colegio San Ildefonso, de Mérida. Ya José Revueltas, hacía tiempo, que lo homenajeaba, con estas palabras: “El fabuloso Juan de la Cabada es él mismo de la fábula andante y andariega, la fábula andadora de todas las confabulaciones imaginables”,  ya que en realidad, este empedernido aventurero de la vida y de la pluma parece hombre surgido de la ficción literaria.

Ambos, grandes amigos de la infancia, cuando estaban en segundo de secundaria; sobrevino el movimiento revolucionario, y el consecuente cierre de escuelas, teniendo por resultado que pasaran a trabajar en el negocio familiar de importaciones y exportaciones de la familia Cabada. Ambos confiesan haber aprendido muchas cosas, que confesadas en la tertulia amistosa, daban por resultado hermosos guiones de fantasía singular llena de mentiras amorosas con diploma ganado a pulso. “Pero a Juan siempre le había parecido chico el ambiente”, dando por resultado cambiar de aires, yéndose a radicar a la Habana durante cuatro años. Viaje que marcó derroteros definitivos en Juan de la Cabada.

Abundando en su gran calidad de narrador, Juan de la Cabada, inspirado continuo, se extiende con evocaciones juveniles de gran calidad como esta: “como muchachos que éramos, hicimos una apuesta para ver quien se atrevía salir en un barco a las cinco de la mañana. Yo gané la apuesta, me fui en el ´Tehuantepec’ hasta Veracruz, y ahí me quedé. Más tarde me salió un trabajo en Jalapa, otro en Puebla, y como no conocía la ciudad de México, y estaba ya tan cerca, pues decidí venirme. Era el año 23; yo tenía veintiuno. Y me tuve que venir a la capital, porque ocurrió el levantamiento de Dela Huerta, y no había posibilidades de salir. 

Acabé trabajando de nuevo en lo que no me gustaba: ser contador de una fábrica”.

Para Juan de la Cabada, la inquietud sigue siendo algo muy presente. Vuelve a México, que lo traía en su espalda en grado superlativo. Posteriormente radica varias veces en Nueva York, donde desempeña varios cargos: redactor en el “Diario de Nueva York”, funcionario en el Consulado de México. Empleado en la Organización de las Naciones Unidas, para la que redacta programas de radio.

Para mí, se me hace intensamente interesante e hilarante, redactar programas de radio en las selvas de Campeche y Quintana Roo, donde hace acopio de material para una novela de chicleros que nunca termina, y además contrae un rebelde paludismo, que seguramente nunca se lo cura. Disculpas a don Juan de la Cabada por haber dado ese espacio a su imaginación para hacer una novela montada en una gran ilusión que supera, con mucho, la débil realidad.

Sin embargo, el señor De la Cabada no para ahí: filmó alrededor de 16 películas. 

La primera de ellas se llamó El Ultimo Vaquero, misma que para conservar su sello de buen “campechano”, nunca llegó a filmarse.

Y, por último, a la pregunta del entrevistador: ¿Se considera usted un buen escritor? Responde con genialidad: “Me cuesta mucho trabajo todo lo que hago. 

Elaboro mucho, en busca de la mayor economía de las palabras”.