ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

 

Hay quienes ven a la política como un arte. Y sí, en efecto, la política puede ser un arte, pero pocas veces sucede. Hay otros que ven la guerra también como un arte. 

No en balde una de los libros más leídos de la historia se intitula precisamente El Arte de la Guerra. (SunTzu, dixit). Y como ustedes saben, Von Clausewitz, otro autor ampliamente estudiado, veía a la guerra como la prolongación de la política por otros medios.

Si concebimos el arte como una obra excelsa que genera emociones y/o reflexiones intensas, profundas, positivas y motivadoras, obviamente no toda política tiene esas características. Y si concebimos al arte como una obra de gran belleza, definición que, por supuesto, no todos comparten, difícilmente alguien estará de acuerdo en que la guerra es un arte. El arte puede reflejar dolor, incluso producir dolor; pero la guerra es en sí generadora de dolor. Siempre es dolor.

Si estamos de acuerdo que la guerra es una disputa a fuego de poderes y la política, en última instancia, es la lucha por el poder, entonces estaremos plenamente convencidos de lo que afirma Clausewitz.

Es infrecuente, tanto en la historia mundial como en el presente, que la política sea limpia. Lo más común es que sea sucia y que se vea como una guerra, donde “a los que no están conmigo” se les ve como enemigos -escribió Carl Schmitt- a los que es necesario aniquilar o, por lo menos, ensuciar.

Pero hay bandos e individuos que prefieren siempre la política sucia que la legal, abierta y leal, donde la moral es para ellos un árbol que da moras (Gonzalo N. Santos, dixit), y donde los contrincantes son vistos como enemigos.

Ningún político exitoso es un alma de la caridad, pero sí hay políticos, en México no muchos, que se apegan a las normas institucionalmente establecidas. Cuando es así podemos hablar de un ejercicio político legal e incluso limpio. 

Desafortunadamente esta manera de hacer política es cada vez más rara.

En la sociedad contemporánea, hablando más en particular de los procesos electorales, vemos cómo en sociedades cercanas a la nuestra la política es cada vez más turbia. Estados Unidos, Bolivia, Brasil, Perú, Argentina y, por supuesto, México, son destacados ejemplos de la política sucia, al menos por parte de algunos actores.

Si desagregamos en nuestro País estado por estado veremos que en cada uno de ellos la política es poco menos que limpia.

En Sinaloa, específicamente, conforme más se acerca la definición de las candidaturas partidarias a gobernador, aumenta la virulencia y la suciedad para descalificar a quienes se considera enemigos.

Dos han sido los personajes que se ha tratado de ensuciar en esta coyuntura: uno es el senador Rubén Rocha Moya y el otro es Juan Alfonso Mejía López, Secretario de Educación Pública.

No es muy atrevido conjeturar que quienes tratan de enlodar a Rocha Moya aspiran a la candidatura a Gobernador con las siglas de Morena. Y lo mismo podríamos decir de los ataques a Mejía López: los golpes bajos son disparados desde las filas del PRI o por sus enemigos en el Gobierno estatal.

Queda muy claro por qué lanzan piedras contra el Senador: lo ven como el más fuerte aspirante a ser el abanderado de los morenos, así lo dicen todas las encuestas hasta el momento conocidas. Estas mismas pesquisas no dicen lo mismo de Mejía López, pero sus enemigos pareciera que están convencidos que es el favorito de Quirino Ordaz, por lo que ven necesario desbarrancarlo.

La más reciente pretensión, realmente grotesca, para afectar a Rocha Moya la vimos en la mañanera del miércoles pasado cuando un reportero, que no sabía leer lo que le habían mandado a decir, acusó al Senador de ser un empleado político de los empresarios Coppel Luken (el periodista chayoteado dijo “Luque” en lugar de Luken), conocidos críticos de Morena y López Obrador. En ese mismo momento el Presidente descalificó esa clase de maniobras, a las que calificó de “campañas negras” y de las cuales él ha sido objeto.

No deja de ser paradójico que los hermanos Coppel sean utilizados para desacreditar al más fuerte candidato a la candidatura de Morena, y en cambio son uno de los principales apoyos en la carrera política de Juan Alfonso Mejía. Por cierto, es posible que el doctor Mejía López vea reforzadas sus posibilidades de ser candidato con la incorporación del PRI y del PAN al proyecto de México Sí, por la presencia que en él tiene Claudio X. González, quien ha sido jefe de Juan Alfonso. Puede observarse que el doctor Rocha tiene buenas relaciones con importantes hombres de negocios, pero el acuerdo entre México Sí, organización preponderantemente empresarial, y los partidos opositores a Morena, hace pensar que muchos de ellos se irán con la fórmula electoral del PRI-PAN-PRD.

La guerra sucia recién empieza, así que parece inevitable, tal y como pintan las cosas, que ya definidas las candidaturas, los ataques inmorales, las noticias falsas y las calumnias; es decir, la política sucia, se incrementará.

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