ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

 

Entre los jubilados que residen o pasan largas temporadas en Mazatlán hay un buen número de periodistas y escritores con amplias trayectorias y abundantes obras. Varios de ellos presentaron libros y participaron en mesas redondas sobre sus obras en la Feria del Libro que organizó exitosamente el Ayuntamiento en enero pasado.

La mayoría de los que se dedican a las letras escogen vivir en el Centro Histórico y suelen interesarse más por la cultura local que los que se establecen en otras áreas y, por lo mismo, tienden a tener relaciones más cercanas con los mazatlecos. No todos aprenden algo o mucho de español, pero no rehúyen hablar en su lengua con quien así lo desee.

Platicando con una de las escritoras de esa comunidad, de la cual omito su nombre porque podría meterla en problemas con sus paisanos debido a lo que voy a comentar, me dice que al igual que en Estados Unidos, su comunidad en el puerto también está profundamente dividida por razones políticas. No es la única que piensa de esta manera, lo mismo opinan otros estadounidenses en múltiples artículos periodísticos y en ensayos académicos de ese país.

Prácticamente no hay término medio: los que están con Trump y los que están contra Trump. Algo muy parecido a lo que sucede en México con AMLO.

A mi comentario sobre el comportamiento de los jubilados que permanecen en Mazatlán de que, para mi sorpresa, la mayoría a lo largo de la contingencia sanitaria no ha usado tapabocas, ni se ha conservado en casa, ni guardado la sana distancia cuando se encuentran en lugares públicos, y menos a partir de que se autorizó el regreso a las playas y restaurantes, me dice: “si ves a un americano sin tapabocas lo más probable es que sea republicano, y si lo usa lo más seguro es que sea demócrata”.

“¿A ese nivel llegan las diferencias”?, “sí, no lo dudes”, me respondió. La verdad es que mantuve mis reservas, pero pocos días después leí dos artículos de periodistas estadounidenses que decían algo similar en diarios de su país.

“¿Cuál sería la explicación de esa marcada diferencia?”, le pregunté a mi amiga. “Es que muchos republicanos son religiosos fundamentalistas, y dicen que sus oraciones los protegen. Y, por si fuera poco, Trump no usa el cubrebocas e imitan a su líder”.

La plática anterior sucedió pocos días antes de que, por razones electorales, Trump negara su postura anterior y ya empezara a recomendar el uso de la mascarilla.

En México, hemos escuchado justificaciones religiosas semejantes no tan solo para oponerse al uso del barbijo sino para negar que la pandemia sea real. No ha aparecido una nota periodística o un comentario televisivo donde autoridades católicas sostengan semejante cosa, pero quizá sí lo haya hecho algún ministro de una extraña secta; sin embargo, lo que sí es cierto, es que el pensamiento mágico, combinado con creencias religiosas primitivas de muchos mexicanos, como se ha manifestado en algunas comunidades indígenas de Chiapas, ha expulsado a brigadas médicas que combaten el virus.

Con estos ejemplos, podemos ver, no sin asombro, que tanto en la sociedad más desarrollada del mundo como en México, donde sobreviven millones de personas en condiciones de miseria extrema, son legiones de personas las que descreen de la ciencia y del pensamiento racional para combatir un terrible mal que para ellos no existe o solo se supera con la oración, la danza o una imagen divina.

Esta misma mentalidad está dificultando, o de plano imposibilitando, el aprendizaje de las múltiples lecciones que pueden desprenderse de la pandemia. Aunque, en este caso, no son tan solo los fundamentalistas y tradicionalistas los que no han aprendido nada de la actual crisis societaria, sino, al parecer, el grueso de las personas, al menos en los dos países que aquí mencionamos.

Mientras que científicos de todas las disciplinas ya invitan a adoptar modelos de vida radicalmente distintos a los que en la actualidad predominan, donde se modifiquen a fondo hábitos de consumo, incluyendo en primer lugar, los alimenticios; donde nos llaman a relacionarnos de manera diferente con la naturaleza; donde nos invitan, incluso economistas de nuevo tipo, a disminuir los ritmos de producción y de distribución de la riqueza, las grandes mayorías ignoran aun estas reflexiones.

Precisamente por este desconocimiento, debemos profundizar en los análisis y propuestas que nos hace el mundo científico y académico. Sería bueno que, entre otros, los empresarios y políticos empezaran a escuchar antes de que sea demasiado tarde.

Esta, quizá sea una invitación ingenua o un llamado al aire, porque en México y muchas otras partes la política se la han apropiado gente que piensa antes que nada en el beneficio propio y a corto plazo. Y los empresarios pues dejan de serlo si no piensan en primer lugar en la ganancia.

¿Habrá posibilidad de cambiar esas mentalidades? No sé, pero vale la pena intentarlo.

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