ARTURO SANTAMARIA
ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

La inobjetable realidad, la dependencia mexicana a Estados Unidos, ha callado la boca tanto a los críticos y defensores de Enrique Peña Nieto, como a los defensores y críticos de Andrés Manuel López Obrador.

Cuando el atlacomulquense, siendo Primer Mandatario, invitó a Donald Trump en plena campaña por la Presidencia de Estados Unidos, haciéndole un enorme favor político porque le ayudó a empezar a forjar una imagen de hombre de Estado que no tenía, sus críticos tanto de izquierda, como no pocos liberales antipriistas, dijeron que la decisión de Peña Nieto era un gran error político porque contribuiría a despertar el nacionalismo mexicano arraigado en mucha gente, lo cual beneficiaría a López Obrador, para entonces un furibundo crítico del magnate estadounidense.

Esta jugada la había ideado Luis Videgaray, el entonces Secretario de Hacienda, pensando que Trump, ya instalado en la Casa Blanca, y Meade en Los Pinos, la relación sería de primera a pesar de la retórica ferozmente antimexicana del hombre de cabello naranja.

Y, en efecto, la decisión de Peña Nieto contribuyó a desbarrancar al PRI y a beneficiar a López Obrador porque el nacionalismo antiestadounidense entre millones de mexicanos es real pero contradictorio. Tanto entre ciudadanos de a pie, como en la clase política, suele ser acomodaticio y oscila ante la admiración y el rechazo.

Ya en plena campaña, tanto políticos como periodistas e intelectuales contrarios a AMLO decían que uno de los grandes peligros de elegir al tabasqueño era su postura “chavista” y/ o “izquierdista” ante Estados Unidos, lo cual pondría en serio peligro la relación con el poderoso vecino del Norte y la estabilidad de México. Se imaginaban que López Obrador, un día sí y otro también, emulando al venezolano, estaría confrontando a Estados Unidos. Lo cual era absurdo porque el nacionalismo mexicano no tiene nada que ver con el bolivarismo, no come lumbre, muchas veces ha sido retórico y es sumamente pragmático

La izquierda, por su cuenta, sostenía que ahora sí los mexicanos verían a un Presidente que no se doblegaría ante el Tío Sam y que defendería como ninguno los intereses nacionales; pero el candidato de Morena, si bien expresó en campaña una postura nacionalista, para nada tenía que ver con el radical discurso antiestadounidense de Maduro y Evo Morales. El nacionalismo de AMLO procede de la Revolución Mexicana, y más particularmente del cardenismo, y no de ninguna otra experiencia.

Una vez que AMLO ganó las elecciones y Trump despachaba en el Oficina Oval, el líder de los morenistas empezó a modificar la clásica retórica nacionalista que se ha esgrimido históricamente en México frente a Estados Unidos, ante el silencio o la complicidad de las corrientes de izquierda, generalmente de origen socialista, de Morena.

Aquellos que decían que López Obrador sería un émulo de Hugo Chávez no callaron sino que empezaron a buscar un nuevo ángulo de crítica: “entreguista, débil e indigno” ante uno de los presidentes estadounidenses más antimexicanos que ha habido en Estados Unidos.

Por otro lado, los amloístas incondicionales niegan que el inquilino del Palacio Nacional vaya a ir a engordarle el caldo a Donald Trump y, retomando las declaraciones oficiales, dicen que simplemente irá a celebrar el inicio del T-MEC y agradecer el apoyo del Gobierno de Estados Unidos por la venta de ventiladores mecánicos para los enfermos del Covid-19.

Lo cierto es que tanto priistas, panistas o morenistas en el poder, al margen de su ideología y lo que digan en campaña, e incluso en sus documentos programáticos, a la mera hora de la verdad, sienten el brutal peso de los intereses estadounidenses en México y el poder de la Casa Blanca, quien sea el que la presida, y no pueden poner en riesgo los propios y abundantes intereses de México en la relación con la superpotencia que, aun declinante, tiene el poder de manipular o aplastar a la mayoría de las naciones, incluyendo, por supuesto la nuestra.

Es decir, la dependencia hacia Estados Unidos, la cual creció a partir de la firma del TLC y se profundizó con el T-MEC, no le permite a ningún gobierno mexicano, y menos en la situación crítica como la que padecemos, jugar al antiestadounidense, y muchos menos al antitrumpista. Eso está bien para una retórica de oposición política, pero no para un gobierno.

La realidad es mucho más fuerte que cualquier ideología y programa partidario.

Posdata

Esta realidad es tan contundente, que el turismo internacional en México depende en lo fundamental del mercado estadounidense, el cual se ausentará de nuestras playas y ciudades este año y varios más, que el sostenido crecimiento turístico de nuestro País se verá seriamente afectado. Lugares como el conjunto de la Riviera Maya, los dos Cabos y las dos Vallartas padecerán más que Mazatlán porque normalmente reciben muchos más gringos que nosotros. Pero si las cuentas de nuestro puerto nos dicen que alrededor del 15 por ciento de los turistas en 2019 fueron extranjeros -estadounidenses y canadienses- a estas alturas ya sabemos que será inevitable que ese porcentaje sea menor en 2020 y seguramente también en 2021.

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