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Carlos Grande

CARLOS JESÚS GRANDE RODRÍGUEZ

Un formato que debe cambiar el señor gobernador Quirino Ordaz.

Apenas pasaba la mitad de siglo XX, y la ciudad de Culiacán se estiraba a pasos agigantados, en población, economía y territorio; gracias, en gran parte, a la construcción y funcionamiento de la presa Sanalona, inaugurada el 1 de enero de 1948; la cual fue un detonante económico del valle de Culiacán y de la capital del estado.

En esta pujante ciudad, José Antonio Machado López y su esposa Augusta Piña Ramos, abrieron un modesto estanquillo en su domicilio, por la calle Escobedo, entre Morelos y Rubí, sin imaginar que sería el embrión de una de las más famosas empresas sinaloenses, tampoco sospecharon que procesarían y venderían una diversidad de productos alimenticios, y menos supusieron que la calidad de sus mercancías trascendería las fronteras de México.

José Antonio Machado López era descendiente de Pedro y Fidel Machado, dos inmigrantes portugueses que a mediados del siglo XIX, llegaron en busca de fortuna al bullicioso y cálido puerto de Mazatlán; el primero se quedó a vivir en el puerto, y el segundo emigró a la apartada comarca de Siánori, Durango, en busca de las vetas mineras que daban prosperidad.

De estos Machado proviene José Antonio, que vino al mundo el 22 de mayo de 1916, en Culiacán; hijo de Miguel Machado Cárdenas, el que tuvo que desempeñar varios oficios para sobrevivir: minero, comerciante de ropa, de comida, de aperos de labranza, sombreros, semillas, maíz, frijol; y de la señora María López Avilés, ama de casa, que en su matrimonio procreó otro hijo de nombre Jesús Alfredo Machado López.

Los padres de José Antonio tenían un modesto changarrito en la ciudad, donde él y su hermano –desde chicos--, le ayudaban a su señora madre, porque su papá estaba inhabilitado para trabajar, razón por lo que recibieron escasa instrucción escolar; fue el caso de José Antonio Machado que no terminó la instrucción primaria. A los 13 años de edad, José Antonio ya era ayudante de mecánico. Durante su adolescencia y juventud desempeñó diferentes labores, buscando siempre mejorar sus ingresos.

En el primer tercio de los años 30, José Antonio era empleado en el popular comercio de Ernesto Niebla León, por la calle Juárez, entre Andrade y Corona; ahí atendía clientes en el mostrador y recababa pedidos de abarrotes periféricos de Culiacán. Posteriormente, por iniciativa propia, tostó café que vendía en bolsitas de papel en los comercios; luego vendió cortes de tela para elaborar trajes y pantalones de hombre. Pudo ahorrar algo de dinero y logró instalar una granja pequeña dedicándose a la cría comercial de pollos. Le empezó a ir bien, pero un mal día, un desmedido ciclón arrasó con ella y lo dejó sin posibilidad de continuar con el negocio.

Debió conformarse con un empleo. En 1940, el joven José Antonio Machado López trabajaba de modesto auxiliar administrativo en la empresa Distribuidora Pacífico y Modelo de Culiacán (DISPAMOCUSA); ubicada en la acera oriente de la avenida Morelos, entre Colón y Carrasco.

Después de sostener un corto noviazgo, José Antonio se matrimonió, en 1944, con una bella jovencita que rondaba los 17 años de edad y que respondía al nombre de Augusta Piña Ramos; la que siendo niña había llegado con su familia a residir en Culiacán, procedente del pueblito serrano de Otatillos; aguas arriba del río Humaya, en el municipio de Badiraguato, Sinaloa. En la capital del estado, Augusta estudió en la escuela primaria Ángel Flores, situada en la Colonia Gabriel

Leyva, comunicada con la ciudad por el puente Cañedo; el que veía pasar, a diario, las recelosas aguas broncas del río Tamazula.

De la unión conyugal de José Antonio y Augusta nacieron diez hijos: Ana María, Jesús Antonio, Delfina, Blanca Ofelia, Fernando, Teresita de Jesús, Carlos, Norma Patricia, Gloria y Lourdes. Los Machado Piña teñían su domicilio por la acera sur de la calle Mariano Escobedo, entre la Morelos y la Rubí; y donde la situación económica no era muy boyante para sostener a la creciente y demandante prole, por lo que, con el fin de aligerar el gasto familiar, decidieron instalar un modesto estanquillo donde, entre otras cosas de poca monta, vendían, dulces, galletas, pan y refrescos, el que regularmente atendía la señora Augusta, con ayuda de sus hijos mayores.

A finales de los años 50, “Doña Chata”, --como le decían de cariño a la esposa de “Don Toño” Machado--, después de dar desayuno a su esposo, antes que saliera a trabajar, y de acicalar a sus hijos para que asistieran a la escuela, se organizaba y en determinados días de la semana recorría el vecindario. Tocaba las puertas de las casas ofreciendo un sabroso chorizo que ella misma elaboraba, de forma artesanal, en el interior de su domicilio; con carne de cerdo, ajo, chile, pimienta y otras especias, el cual procesaba manualmente con la ayuda de un pequeño molinito casero de manivela. Así, este sabroso y aromático alimento empezó a traspasar los límites del estanquillo y pasó a enseñorearse en los paladares del vecindario.

Posteriormente, Don Toño se los ofreció para la venta a sus apreciados amigos y vecinos de la misma cuadra: Alfredo Castaños Cota y esposa María de los Ángeles “Angelita” Delgado Fregoso. Alfredo era propietario de dos abarrotes muy bien surtidos en el Mercado Garmendia, en los cuales estaban asociados con su hermano Manuel Castaños Cota, cuya esposa era la señora Gloria Gutiérrez Angulo. Así fue como el chorizo empezó a hacer sus pininos en el mercado más populoso de la ciudad.

Cuando los hermanos Castaños Cota abrieron al público un nuevo edificio con su novedoso Súper Mercado Castaños; ubicado en la esquina sureste de la avenida Morelos y la calle Escobedo, el establecimiento era el primer autoservicio comercial en Culiacán y en la región; una tienda nunca antes vista, que cambió la vieja tradición del comercio local donde el cliente ya no solicitaba las mercancías en el mostrador, sino que se auto atendía o las tomaba de los anaqueles y luego las pagaba en la caja registradora.

El moderno Súper Mercado Castaños fue inaugurado el 28 de octubre de 1954, por el gobernador del estado, doctor Rigoberto Aguilar Pico, acompañado del presidente municipal de Culiacán, Rosendo Flores Sarmiento, de algunos funcionarios públicos, de los hermanos Castaños con sus respectivas familias, de sus amigos y de casi todos los vecinos invitados de la cuadra, entre Rubí y Morelos. Este vecindario era solidario y respetuoso, constituido en su mayoría por familias de tradición católica, las que regularmente asistían al templo del Santuario. Don Antonio y Doña Chata, habitualmente, acompañados de sus hijos, solían ir a misa los domingos a las 7 de la tarde.

Entre los vecinos de esa cuadra, por la Escobedo, además de los Machado Piña, estaban los Castaños Delgado; los Macías Aguayo (dueños de la Paletería Pituka, que vivían frente al estanquillo de Doña Chata); la familia de Carlos Tanamachi; los Maytorena Bermúdez; la familia de César Pardo González, que tenía el Instituto Pitman, donde se cursaba la carrera de secretaria mecanógrafa; la familia de René del Rincón Páez, quien poseía una academia musical para aprender a tocar órgano; los Shimizu, de la Hojalatería Japonesa; la familia del relojero Guillermo Taboada; además estaba la radiodifusora XECQ, donde se arremolinaban algunos vecinos para ver artistas y políticos del momento (tiempo después trabajó ahí un joven locutor que alcanzaría notoriedad como político y gobernador del estado de Sinaloa: Juan Sigfrido Millán Lizárraga). A este mismo barrio, años más tarde, llegó a vivir a una “bolsa” (vecindario pobre), cuya entrada

estaba cerca del abarrotito de Doña Chata, un jovencito estudioso, delgado, de tez morena, de carácter serio e introvertido, procedentes del poblado Culiacancito, sindicatura de Culiacán, para continuar, con penurias, su educación; este joven sería presidente municipal de Culiacán: Jesús Estrada Ferreiro.

La sazón característica del chorizo doméstico elaborado por Doña Chata, y distribuido por Don Toño, mediante los negocios de los Castaños, poco a poco, abarcó nuevos ámbitos citadinos incrementando sus entregas. Primero, eran unos cuantos kilos, luego llegó el momento en que entregaban de 50 a 60 kilos diarios y en temporada de Semana Santa y de Navidad, hasta 100 kilos diarios de chorizo. La demanda subía.

Con el trabajo constante de Doña Chata, de su esposo y de sus hijos mayores, su modesto negocio doméstico empezó a transformarse en una mini industria que vendía al público y a pequeños abarrotes. Don Toño Machado, a la par que atendía su empleo en la compañía cervecera, se veía en la imperiosa necesidad de atender también el negocio de la familia, por la creciente cartera de clientes.

Llegó un momento en que el Supermercado Castaños fue adquirido por la empresa Armenta Hermanos. Doña Chata y Don Toño tuvieron dificultades para vender su producto a los nuevos dueños, por lo que en 1962 resolvieron abrir una tienda propia con venta directa al público, la que, paulatinamente, empezó tener gran demanda en la ciudad. El negocio se denominó Productos Chata, al cual luego incorporaron para su venta otros alimentos procesados como chilorio, machaca, chicharrones y tamales, elaborados con la receta de Doña Chata y su particular sazón casero.

Debido al éxito comercial la importante familia de mayoristas de apellido Zaragoza, le abrió las puertas a los productos “Chata” y los empezó a vender en sus súper mercados; lo mismo hizo en sus tiendas la familia de comerciantes Ley, iniciando

ventas Casa Ley, en avenida Rubí. El acceso a los sabrosos productos “Chata” se disparó entre los consumidores culiacanenses.

Con el paso de los años, el changarrito familiar y su escueto mostrador, dio un salto comercial, a grado tal, que en 1974, era una industria casera de productos regionales con la marca “Chata”, en honor a las recetas de doña Augusta Piña, quien a la par que forjaba su pujante empresa, con igual esmero y empeño atendía y cuidaba a su numerosa familia.

Por su parte, Don Toño Machado, había ascendido en puestos de confianza en la empresa cervecera hasta llegar a ser el contralor de almacenes y ventas; era un empleado ejemplar que se había ganado la confianza y el respeto de sus patrones y el de sus compañeros, por su desempeño y honradez, asimismo, gracias a su ascendencia entre los trabajadores había sido factor determinante en la solución de varios e importantes problemas laborales en la empresa.

Don Toño, después de haber laborado unos 30 años en la DISPAMOCUSA; los primeros 15 con los hermanos López Castro, concesionarios de la cerveza Pacífico y Modelo en la ciudad, y los otros 15 con Carlos González y González, el posterior concesionario, renunció el 30 de agosto de 1970. Fue agasajado en una emotiva ceremonia en un gran baile celebrado en un salón de fiestas de Culiacán; evento patrocinado por su jefe y amigo Carlos González y González, quien además le regaló un reloj de oro, en reconocimiento a su trayectoria.

Con todo el tiempo del mundo Don Toño se dedicó a la empresa familiar. Para 1974, Productos Chata había ampliado sus tiendas y su cartera de clientes. Se despegaba a otras latitudes de modernidad y producción, al ampliarse la pequeña planta procesadora en su domicilio, y enlatar chilorio al vacío, siendo pioneros con este producto en el mercado local y regional, adicionalmente, habían comenzado la producción de tamales de elote y de puerco. Sus productos se comercializaban

en cuatro Tiendas Chata, con apoyo de un centro de distribución a comercios importantes en la ciudad de Culiacán.

En 1983, Productos Chata nuevamente amplió su línea de productos logrando una expansión regional introduciendo jamones, salchichas, carnes ahumadas, y tamales congelados, para lo cual abrieron un planta procesadora industrial de carnes frías, en el poblado de Bachigualato, en la periferia de Culiacán. Se inauguraron centros de distribución en Mazatlán, Los Mochis, Ciudad Obregón y el DF. La empresa crecía en el gusto popular sinaloense. En la capital del estado, aumentó el número de Tiendas Chata a seis, y el número de centros distribuidores para apoyar la comercialización.

Durante 1986, considerando metas cumplidas, Don Toño y Doña Chata, después de varias décadas ininterrumpidas de trabajo, y convencidos que sus hijos estaban debidamente capacitados para recibir la estafeta del negocio, optaron por el relevo generacional en su empresa, dejándolo en manos de sus descendientes: Jesús Antonio, Delfina y Carlos Machado Piña. El número de trabajadores y empleados en esa época sumaba unas 500 personas.

Gracias a la preferencia de la gente a partir de 1988, se consolidaba el mercado de Productos Chata en la región noroeste del país. Se agrandó la planta procesadora en Bachigualato, y en la del centro de la ciudad, la capacidad de producción aumentó tres veces. Se amplió la cobertura de comercialización a los estados de Baja California, de Sonora y en el centro de la república, asimismo se expandieron las líneas de nuevos productos: pastas, manteca, menudo y pozole enlatado. La empresa estaba en ascenso firme.

La trayectoria comercial de Productos Chata fue reconocida como pionera en la comercialización nacional del chilorio enlatado, al vacío; lo cual es un timbre de satisfacción y prestigio productivo sinaloense. Debido a su emprendimiento

exitoso, la empresa empezó a recibir reconocimientos de distintos organismos, entre estos, el del gobierno de Sinaloa, de Francisco Labastida Ochoa.

Un par de años después de concluido el sexenio del gobernador Labastida, el 3 de mayo de 1994, don José Antonio Machado López, el impulsor inicial de la comercialización y del crecimiento de la empresa Chata, falleció en Culiacán, rodeado del cariño y atenciones de su familia, víctima de una encefalopatía hepática.

Al año siguiente, en 1995, Doña Chata y sus hijos dieron un gran salto en la comercialización al iniciar la distribución en California, EUA, convirtiéndose en la primera empresa mexicana certificada, de su tipo, para exportar productos cárnicos a los Estados Unidos. Cuatro años más tarde, en el 2000, presentaron la línea de carnes frías “Prim”, con lo que Productos Chata ofreció calidad a precios económicos. En 2004 incrementaron su participación en tiendas de autoservicio en la república mexicana, y crearon la marca “Cham”, en carnes frías.

Durante 2005 incorporaron tecnología avanzada mediante el novedoso empaque “Pouch”, en una nueva línea de frijoles. En el 2006 desarrollaron “BlackBridge”, una marca de carnes frías enfocada a un mercado específico con salchichas para hot dog. Durante 2007 lanzaron la presentación en “Pouches”, de cochinita pibil, carne de cerdo y pavo, además presentaron la marca de quesos “La Guarda”, como producto excusivo de Tiendas Chata.

En el año 2008, dieron otro gran salto comercial al exportar sus productos a los mercados de Centroamérica y el lejano Oriente. En 2009 presentaron los innovadores “Burritos sincronizados”, en un empaque de dos piezas. Al cerrar la primera década, en 2010, crearon la marca “Fraga”, otra línea de carnes frías económica, con la calidad Chata. Al año siguiente, en 2011, lanzaron la marca “Reservas de la Casa”, con productos saludables, tipo “Delicatessen” y aumentaron la variedad en la línea de burritos y tamales “Doña Rita”. También

inauguraron un novedoso Centro Especializado de Innovación y Desarrollo de Alimentos y Empaques –CIDECH--.

Durante 2012, al cumplir 50 años de compartir su sazón en el gusto de la gente, lanzaron al mercado el producto “Chorizo de pollo”, además inauguraron una segunda planta procesadora de comidas mexicanas. En el año 2013 realizaron algunas adecuaciones: se cambió la imagen de la marca “Cham”, y presentaron las salchichas “Jumbo”, se incorporaron los chilorio de pollo, de soya, de cerdo con papas, los frijoles refritos con tocino y el chorizo ranchero. Fue en el 2016 cuando renovaron la imagen institucional de sus productos y reforzaron el lema de la empresa “Compartiendo nuestro sazón”.

A la fecha, Chata tiene siete marcas propias, cada una con el objetivo de atender las necesidades específicas de los diferentes consumidores, con más de 16 tiendas en Culiacán y Mazatlán. La empresa es uno de los corporativos que, hasta donde se conoce, difunden favorablemente el nombre de Sinaloa y de México compartiendo la incomparable sazón de su cocina, en productos que ahora se exportan satisfactoriamente a Estados Unidos, Canadá, Guatemala y Japón, entre otros países.

Finalmente, el alma de los Machado López, y de la de la empresa familiar: “Doña Chata”, falleció en la ciudad de Culiacán, en enero de 2019, a la edad de 92 años; una edad muy avanzada para una esforzada mujer que dedicó 74 años a construir su familia y 57 a compartir sus recetas con el mundo; la señora que vivió para contarlo y la que nunca imaginó que su sazón alcanzarían niveles nacionales y menos aún internacionales. “La señora que no imaginó compartir su sazón al mundo”.

Don Antonio Machado López y su señora esposa doña Augusta Piña de Machado, deben ser recordados como empresarios sinaloenses ejemplares, cuyo legado de sabor se ha convertido, durante 57 años, en un vergel gastronómico para los

consumidores del mundo. La gran herencia de Don Toño y Doña Chata a sus hijos, fue su constancia y tesón en el trabajo. Nunca se dieron por vencidos a pesar de las numerosas dificultades que sufrieron en los inicios con su empresa.

A Doña Chata y a Don Toño, como a otras y otros sinaloenses sobresalientes, las autoridades competentes, al reconocerles su trayectoria en la entrega de galardones, les deben no solamente una encantadora velada de premiación, cena, vino, luces y oropel; la que se realiza cada año --de manera fifí, dijeran algunos--, y cuyo formato, a mi juicio, debe cambiar; primero para que la ceremonia sea abierta al público, y este sepa de quienes se deben sentir orgullosos como ciudadanos; segundo, se debe legislar o reglamentar para que los nombres de los ciudadanos sobresalientes queden registrados, no sólo en un libro, sino en los distintos ámbitos de la vida pública: vialidades, parques, canchas, edificios, centros educativos o donde sea pertinente….y si no hay espacios disponibles, pues que quiten de los lugares públicos los nombres de políticos corruptos, ---que como dijo Don Chalo--, hay muchos.

Sin que nadie se ofenda, considero que el formato elitista y cerrado en la ceremonia de los “Sinaloense Ejemplares en el Mundo”, lo debe cambiar el señor gobernador Quirino Ordaz, porque los tiempos ya son otros.

(Semblanza adaptada para Facebook, de “Enciclopedia Biográfica Sinaloense Ilustrada”, obra sin publicar de Carlos Grande R).

Serie Crónicas de Culiacán 1-2019

 

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