EUSTOLIA DURAN

EUSTOLIA DURÁN PIZAÑA

Temporada tras temporada, asisto regularmente al Estadio de los Tomateros para disfrutar del espectáculo que brinda el juego de beisbol y sin pena confieso que asisto no porque sea gran conocedora de este deporte, sino porque me gusta el juego y me gusta el espectáculo del que sin duda más allá del entretenimiento o distracción, también nos ofrece algunas lecciones en torno al bien actuar de los jóvenes, que uno pensaría alejadas en un ambiente de relajamiento; pero no es así, porque en esas circunstancias, se ponen a prueba ejercicios sobre algunos valores que toca vivir.

Si bien es cierto la escuela, la familia y la sociedad en su conjunto, son responsables de la formación en valores, toca reconocer que no es una responsabilidad exclusiva de alguna de las instituciones en particular ya citadas, no, a cada una de ellas le toca su propia cuota, tan es así que cuando somos observadores de su ejercicio, uno se congratula de que tal faena sea resultado de la construcción  que día con día hacemos posible los humanos.  Aquí refiero una muestra de que la sociedad como institución está haciendo lo suyo.

Refiero que en mi asistencia frecuente al estadio Ángel Flores, como asidua espectadora del juego de beisbol, me toca observar  y vivir diferentes experiencias; pero una que puso a prueba la honestidad y solidaridad de algunos asistentes es la que quiero ahora relatar, pues los gestos experimentados allí, me reconfortaron y me hicieron sonreír y considerar que la esperanza de nuestra sociedad, los jóvenes, se conducen haciendo ejercicios en los valores a los que hago alusión, aún en la euforia provocada por los tragos; cabe decir que en ningún momento hubo algún gesto de querer jugar al gandalla, porque éstas cualidades se pusieron en juego a la hora de actuar.

Principios o valores se evidencian cuando por la fila donde estábamos sentados disfrutando del juego, cuatro jóvenes que también se divertían gritando, echando porras a su equipo favorito, compartiendo con los amigos esos refrescos ambarinos que se venden como si fuera una rica agua de horchata o de cebada y deciden retirarse como en la séptima entrada; uno de ellos olvida su celular y nos dimos cuenta porque en la fila de adelante 3 muchachas nos preguntaron que si conocíamos a los jóvenes que se habían ido porque habían olvidado su teléfono.

Pareciera que en sintonía, todos atendimos al llamado, pero detrás de nuestra fila estaban otros tres muchachos que hicieron hincapié en que se dejara el teléfono en su lugar, asegurando que el dueño al percatarse de no llevarlo con él, seguro regresaría. Dicho esto, el celular se quedo en su lugar, pero como que todos estaban vigilando que nadie lo tomara, pues era pasarela de las personas que entraban y salían de la fila para ir al baño o a comprar.

Transcurrida como una hora, llegó el dueño, afortunadamente el juego se había prolongado, porque se había ido a extra innings, todos estuvimos atentos y nos tocó ver el gesto de sorpresa y gratitud al darse cuenta que allí estaba su teléfono. No me perdí ningún rastro de lo allí ocurrido, el rostro agradecido con una amplia sonrisa de quien recupera una pertenencia muy preciada, pero también de quienes hicieron posible que eso ocurriera, rostros satisfechos por el deber cumplido con lo que aprendieron en casa, en la escuela y en el barrio, sin duda gestos solidarios, de confianza, de satisfacción que vale la pena relatar.  

Cabe aclarar que, también se viven experiencias desagradables, pero lo experimentado este día, es una vivencia que nos permite gozar de la firmeza para donar lazos solidarios entre los seres humanos, para patentizar la importancia de brindarse al otro, a ese otro que me necesita y que permite brindarnos en un acto de valentía y de honestidad.