ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

El pasado 25 de diciembre, la fecha por excelencia que la tradición religiosa y cultural de Occidente ha establecido como el máximo símbolo de amor, hermandad y paz, día en el que incluso países en guerra suelen guardar tregua, fue escogido por la ultraderecha poblana, muy seguramente ligada al clandestino Yunque, para expresar su más profundo odio al nuevo gobierno federal durante el sepelio de la  Gobernadora de Puebla Martha Érika Alonso y el Senador Moreno Valle. Ciertamente fue una minoría quien encolerizada le gritaba asesina a Olga Sánchez Cordero en el sepelio, pero en las redes fueron decenas de miles, aunque ayudados por bots, quienes creen haber iniciado la plataforma para iniciar la guerra sexenal de redes contra Morena y más particularmente contra AMLO. 

La muerte de la Gobernadora Alonso y el Senador Moreno Valle le cayó de perlas a la ultraderecha mexicana, y no exclusivamente la poblana, para encontrar el pretexto que justificara su beligerancia contra un gobierno con el que no comulgan ni lo más mínimo.

AMLO y su gabinete han cometido varios errores y caído en imprecisiones y contradicciones en tan sólo un mes de estar en el gobierno, por lo que merecen la crítica; pero acusarlos de asesinar a los dos principales políticos panistas del estado de Puebla, sin tener ni la más mínima prueba es, además de oportunista, ridículamente absurdo e intencionalmente desestabilizador.

Sopesar la fuerza política de la ultraderecha por la campaña propagandística que lanzaron a través de las redes a raíz de la tragedia del 24 de diciembre quizá sea un error. No hay otros indicadores que nos digan que tiene una presencia extendida, organizada y con liderazgos claramente definidos. El Yunque es real, pero participa con máscaras a través del PAN y organizaciones civiles. No tiene un liderazgo abierto ni claramente identificable. Así que en realidad, en la presente coyuntura la ultraderecha ha hecho mucho ruido, pero no ha logrado articular una importante fuerza política.

No obstante, la muerte de Érika Alonso y Rafael Moreno Valle sí ha sido un catalizador del odio ideológico, clasista, racista y político de capas de la sociedad mexicana contra todo lo que les parece inferior y despreciable.

El rechazo a los inmigrantes centroamericanos, las burlas a Yalitza Aparicio, la actriz principal de Roma, la película de Alfonso Cuarón y las sistemáticas descalificaciones a López Obrador y los integrantes de Morena, no son más que algunos de los pretextos más recientes del odio, desprecio, racismo y clasismo que tradicionalmente han expresado los sectores más conservadores, pero que en la presente coyuntura se han acendrado por la mayor presencia política, social y cultural de las clases subalternas en la sociedad mexicana. Odian a los pobres, a los indios, a los izquierdistas y a López Obrador. Uf.

Ese mismo día, y los subsiguientes, en marcado contraste con el sepelio político, mi esposa, mis hijos y mi familia extensa demostraron la inmensa capacidad para gozar y reír, y por lo tanto, para amar, que la inmensa mayoría de los sinaloenses tienen como signo distintivo.

Mi suegra, Panchita, de Cerro Agudo, Mocorito, y mi suegro Armando, de Surutato, Badiraguato, tuvieron ocho hijos. De sus lugares de origen pasaron a Guamúchil y de ahí se vinieron a Mazatlán hace más de 45 años. De los ocho, seis emigraron. Dos a Estados Unidos, dos a Cabo San Lucas y dos más a Guadalajara. Permanecieron en Mazatlán Cecy y Sandra, mi esposa, al igual que mi suegra. Don Armando ya falleció.

Navidad y Año Nuevo son las fechas que vuelven a reunir a esta amorosa familia, pero ahora con esposos y esposas e hijos e hijas. La casa de mi cuñada y suegra se convierte en un auténtico carnaval decembrino familiar. Todo es alegría. Risas, bromas, carrilla, abrazos, besos, regalos y, a veces, también algunas lágrimas.

Los niños son el centro de la casa y de las atenciones. Los primos mayores los consienten y apapachan. Los hermanos recuerdan anécdotas infantiles y juveniles. Panchita, la matriarca, acota, sonríe, siempre atenta a las necesidades de todos. Entre todos contamos los logros, las cuitas y los sueños de nuestros hijos, pero siempre con el ánimo alto y dispuesto a comprender.

Nuestros hijos se ríen de las anécdotas de sus padres y abuela, de sus propias historias. Se animan amorosamente ante sus dolores y caídas. Se organizan comidas colectivas no con mucho orden pero siempre con alegría.

La alegría, la alegría, la alegría nunca se pierde. Estoy convencido que es una muestra de satisfacción de sus vidas, de la gran fuerza amorosa que les viene de muy lejos y que se mantiene firme. Aun en otros parajes.

La política nos ha dividido, incluso unos odian por ella, pero en la familia, en mi familia extensa, gracias a la vida, el amor es inevitablemente alegre, gozoso, sano.

¡Feliz Año Nuevo!

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