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AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

El clamor generalizado que impone la sensación de inseguridad tiene que pasar a los hechos. No se trata de volvernos policías todos, o buscar la forma de enfrentar por nuestra cuenta las cosas que vemos inaceptables.

Se trata de que empecemos ahora y no nos detengamos, haciendo las cosas que nos pueden dar una mejor vida social. Ya basta de quejarse porque las cosas no andan bien y seguir contribuyendo para que así sigan.

Todas las personas estamos emplazados a hacer las cosas de manera diferente para que podamos gozar de mejor ambiente social. Reclamamos que la sociedad se ha vuelto insensible y nos resistimos a dar lugar al otro, más cuando lo sentimos “ajeno”; no ayudamos y lo justificamos argumentando riesgo. 

Nos quejamos de la violencia verbal y el uso público y casi generalizado, de lenguaje soez, pero lo usamos o lo permitimos en los espacios más íntimos y con las personas más cercanas. Nos quejamos de quienes, sin recato violan reglas y leyes y nos quedamos callados cuando lo vemos; a veces hasta hacemos lo mismo.

¿Así cómo? No va a haber cambio si cada uno de nosotros mantiene esas actitudes y las instituciones de más peso siguen en las mismas. 

Es ocioso decir que el impacto del esfuerzo individual será siempre insuficiente, pero resulta indispensable. Tenemos que aceptar la premisa de que el cambio empieza conmigo y comprometernos con facilitarle las cosas a las instituciones que trabajan para ello.

Ya antes en este espacio hemos afirmado, que ese cambio tan deseado tiene dos aliadas formales de gran potencia, que aún no se han activado con decisión y compromiso: la familia y la escuela.

Recientes estudios sobre la solidez de las relaciones interpersonales en las familias indican que ahí hay mucho qué trabajar. La primera tarea es hacer conciencia de su significado (qué es hacer familia), la segunda es comprometerse a que lo sea (construir la familia) y la tercera es estar dispuesto a compartirlo con los demás (vivir la familia). 

Poco más de la mitad de cónyuges jóvenes que fueron cuestionados acerca de su concepto de familia respondieron con marcado acento de superficialidad. En sus descripciones, la familia termina siendo un espacio de entrenamiento para competir en la vida; un grupo que se concentra en proteger a sus integrantes, sin asegurar que entre ellos haya reciprocidad, identidad espiritual y sentido de colectividad. 

Ser familia es mucho más que eso, mucho más que compartir lazos sanguíneos y espacios de vida. Construir familia es en sentido estricto proponer sociedad. Las familias que no logran hacer que sus integrantes desarrollen y expresen su individualidad y con ello adquieran los principios y habilidades para mantener una relación de armonía y correspondencia con otros, no contribuyen para tener una sociedad sana y próspera. 

Las escuelas, como espacios más abiertos de interacción social, también tienen que repensar y modificar lo que han estado haciendo. Muchas son las manifestaciones que indican que su dinámica interna no representa una alternativa a lo que el estudiantado trae de sus hogares.

Entre las fallas más importantes que presentan están la de no proponer, ni confirmar un modelo específico de autoridad que inspire y module la vida en común, con valores y filosofía de la codependencia. Tampoco ofrece espacios y mecanismos suficientes para que el estudiantado ejerza el libre pensamiento y la participación organizada. 

En la mayoría de los casos, las prácticas formativas de las escuelas impiden que sus estudiantes aprendan a tomar decisiones independientes y ejerzan la crítica bajo el principio de respeto y exigibilidad de sus derechos. Desafortunadamente, las escuelas funcionan como entes “acabados” y “con secretos” donde el libre pensamiento y la crítica se trata como amenaza. 

John Dewey, en su libro Democracia y educación, afirma que si la escuela no forma para el análisis crítico, no forma para el ejercicio de ciudadanía y por ende no prepara para la vida en sociedad. Las escuelas que no cultivan en sus estudiantes el significado de la codependencia y el respeto a valores superiores de la persona, no les ilustra para la paz. 

Junto al cambio individual en cada uno de nosotros que pone alto a las conductas de competencia malsana, a la complacencia de lo no aceptable y a la insensibilidad por el otro, las familias y las escuelas tienen que enfilar cambios sustanciales. De no hacerlo, los costos seguirán siendo altos y la esperanza sin horizonte claro. 

Visto con calma, hacerlo no parece tan difícil pero reclama iniciar. Hay que hacer el esfuerzo por encontrar aliados y junto a ellos dar promoción a comportamientos y actitudes más coherentes con la empatía social, la justicia, el respeto, la tolerancia, el diálogo y la resolución no violenta de conflictos.

En las familias hay que cultivar la comunicación interna y estrechar las relaciones. En las escuelas hay que empujar por procesos educativos que den lugar al pensamiento libre, a la búsqueda con iniciativa, a la competencia sana, a la convivencia horizontal. Sin duda esas serán contribuciones trascendentes para un cambio en la dirección deseada. Acciones quizá insuficientes, pero indispensables. O ¿Usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.