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EUSTOLIA DURAN

EUSTOLIA DURÁN PIZAÑA

Cuando mi maestra Simona me solicitó quedarme un rato después de que todos salieron de clase, lo primero que imaginé fue –que cosa hice, seguro me regañara- - de algún modo sentía que algo no andaba bien- No porque me hubiera gritado, cuestionado o mirado retadoramente, no fue así y mi asombro fue tal, que aún hoy,  después de trabajar en la docencia, el recuerdo me viene a la mente lleno de nostalgia. La maestra Simona se dirigió a mí y con una mirada dulce  interrogó si algo me pasaba, porque estaba faltando a mis deberes como estudiante, quizá no lo dijo con estas palabras, pero su tono y su rostro aún forman parte de mí.

Traigo este pasaje de mi vida escolar, con el propósito de reflexionar sobre un asunto que poco se discute, cuando se habla de lo mal que está la educación y porque tampoco es tema entre el profesorado, me refiero al tacto pedagógico. Diré al respecto que cuando el maestro sabe qué hacer en situaciones concretas, cuando su intuición moral le permite significar las normas y límites en un momento y espacio justos, se dice que posee tacto pedagógico. Un tacto pedagógico si se quiere como una suerte de virtud, virtud que  no es característica de muchos profesores que ante la impotencia de no saber cómo actuar, reaccionan de tal modo que la frustración es compañera frecuente.

Sin embargo, cuando el tacto pedagógico forma parte del quehacer diario del profesor, deja una huella imborrable en aquellos aprendices que tuvimos el privilegio de gozarlo cuando alguno de nuestros profesores lo imprimió en las diferentes situaciones que formaron parte de la vida escolar. Tacto pedagógico, que ante la nostalgia de haberlo experimentado, causa un efecto sanador, pues en ello van juntos razón y corazón, porque recordar el gesto, el silencio, el habla oportuno,  recubierto de un rostro que pese a los años sigue presente también  dibuja en mí, una sonrisa para compartir con mi maestra.

Ese tacto pedagógico provisto de un acto sutil, compasivo y amoroso, pero al mismo tiempo impregnado de energía, firmeza y autoridad, era tan llegador, que ese tono, esa mirada me empujaba como aprendiz a sellar compromisos, a tener motivaciones y a no fallarle a quien me brindó su escucha, a no fallarme a mí mismo, por eso, la disposición para resolver alguna problemática era una promesa siempre cumplida o simplemente como negarme a cumplir con mis deberes escolares.

Mi maestra Simona, con ese rostro dulce cuando así lo ameritaba la ocasión o enérgica según la circunstancia, marco en mi de tal manera esa etapa, que cuando Max Van Manem ( 2004) expone la necesidad de que la docencia tenga entre sus fundamentos el tacto pedagógico, vinieron a mí memoria las vivencias con mi maestra de quinto año, una maestra que haciendo un recuento, era profesional en su tarea, ejemplar y solidaria, en ella  encuentro ahora muy claro el significado del empleo de límites en el salón de clases pero al mismo tiempo esa habilidad para actuar con oportunidad, para escuchar y también para guardar silencio como docente. En ella encuentro ese tacto pedagógico que la vida exige tenga todo maestro, padre de familia o aquel profesional cuyo trabajo exija el trato con seres humanos. Sin duda la maestra Simona reconoció los signos de mi cuerpo, necesitados de una escucha oportuna y se brindó conmigo dejando una impronta que marco para bien, toda mi vida.

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