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ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Si queremos buscar un nítido caso de política líquida en el mundo sólo tenemos que ver el ombligo mexicano.

En nuestro País el funcionamiento de los partidos si bien nunca fue semejante al de la mayoría de los países europeos, Japón, Estados Unidos, Canadá y ni siquiera al de Chile, Colombia o Uruguay, a partir de 1988 lograron crear un sistema cada vez más competitivo, pero que a la vez los fue minando de manera paulatina porque tal orden estaba sustentado en ambiciones personales y de pandillas políticas al servicio de oligopolios empresariales, y no en una visión renovada, social y políticamente incluyente del Estado Nación en un mundo globalizado.

El PRI, sustentado por el Estado con el que se mimetizaba, tuvo una existencia omnipresente y hegemónica al grado de que logró convencer por muchas décadas a millones de ciudadanos, aun siendo siempre corrupto, que lo vieron como la encarnación misma de la patria. El PAN fue el partido más cercano a una definición liberal clásica, donde había democracia interna, doctrina bien definida y apego a sus principios socialmente conservadores, hasta que llegaron Fox y Calderón, quienes lo empezaron a minar, y Anaya quien terminó por pervertirlo definitivamente. El PRD, por su parte, con una edad mucho más corta, con todo y sus tribus caníbales pudo presentarse como una opción política de izquierda competitiva a lo largo de 24 años, pero la pequeñez vulgar de sus líderes lo derrumbó.

Es cierto, estos partidos nunca fueron totalmente sólidos a lo largo de su trayectoria, pero sostenían un mínimo de coherencia y eficacia política. Ahora  están acabados, liquidados.

Morena, ya lo hemos dicho anteriormente, es todavía un movimiento político porque aún no cuaja como partido. Va a ser el titular del Poder Ejecutivo, tiene el control del Poder Legislativo, y goza de  decenas de miles de aguerridos miembros pero no constituyen un partido en estricto sentido. Ideológicamente ahí caben todos: una amplia gama de izquierda, un extendido abanico de derecha, doctrinarios o pragmáticos, bien intencionados e ingenuos, mañosos y arribistas, honestos y corruptos, come curas y ultramontanos, y así. En Morena están ex priistas, ex panistas, ex perredistas, ex comunistas, ex trotskistas, ex maoístas, ex guevaristas, ex de todo. Sin embargo, la mayoría antes no perteneció a ningún partido y su ideología política es variada e indefinida.

Ideológicamente Morena es muy líquido pero ha sido políticamente muy eficaz en las lides electorales. Está por verse cómo se comporta en los diferentes niveles de gobierno. Por lo pronto, tanto AMLO como sus dirigentes en las cámaras federales, los próximos secretarios de Estado, y en el caso de Sinaloa, sus alcaldes y diputados locales, han zigzagueado una y otra vez, tanto por inexperiencia, las enormes presiones externas, las diferencias internas, la intrincada mezcla ideológica, y por el arribismo y oportunismo de muchos en los gobiernos locales que ni siquiera han leído el primer renglón del programa de Morena.

Otra muestra de la ligereza ideológica de Morena es que cacha prácticamente a cualquiera, sobre todo siendo gobierno. Y los que tienen poder jalan a sus amigos y parientes para darles chamba aunque hayan votado contra AMLO. Otro caso de política volátil es el de Roberto, “El Güero”, Cruz. Este ex militante aguerrido del PAN sin duda tiene una personalidad fuerte, una gran capacidad para el debate y la polémica, y tiene presencia en el estado; pero de eso a mencionarlo como próximo presidente de Morena en Sinaloa, en un partido sólido e ideológicamente bien definido sonaría por lo menos a sacrilegio. Sería absurdo, aberrante, que un político que no tiene ni un segundo de vida en un partido llegue a dirigirlo de buenas a primeras. Pero la política líquida de Morena es el signo de los tiempos mexicanos. Como no hay nada sólido todo es posible.

Morena gobierna a nivel local a la mayoría de los sinaloenses pero, paradójicamente, lo poco que había de partido se esfumó al llegar a ser gobierno. A “El Güero” Cruz lo quieren para que construya al partido, pero si lo llega a ser y lo siguen algunas tropas va a crear otro polo de poder dentro de Morena. Y como en Morena no hay liderazgos partidarios institucionales lo que contemplaríamos sería una feria de poderes fragmentados: por un lado, los senadores, Rubén Rocha e Imelda Cruz (si es que realmente son una mancuerna); por otro, el superdelegado Jaime Montes; otro, Graciela Domínguez y los diputados que estén con ella; y por otro, y cada quién por su lado, los alcaldes de Culiacán, Mazatlán y Ahome. En este archipiélago de poderes morenistas sinaloenses ¿Quién realmente va a dirigir a este movimiento heterogéneo que quiere ser partido?

Por otro lado, no podemos dejar de lado que Quirino Ordaz tiene compañeros suyos, es decir, tricolores, en los principales ayuntamientos que preside Morena; y que Quirino domestica cada vez más a sus alcaldes. Lo que querría decir, en los hechos, que Ordaz Coppel, también influiría en las decisiones de los gobiernos morenistas. 

Para el reputado encuestador y analista político, Roy Campos, entrevistado por José Alfredo Beltrán, Quirino Ordaz se va a alinear con López Obrador, no lo va a confrontar. Si esto es cierto, se confirmaría la tesis que menciono en el párrafo anterior: Quirino se constituiría como un poder fáctico al interior de los gobiernos municipales de Morena, pero para 2021 favorecer al PRI ¿o a Morena?

No cabe duda, estos son tiempos de política líquida.

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