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ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Pocas veces en la historia de México se ha puesto tanto énfasis en la personalidad de un individuo para interpretar los rumbos de nuestro País como ahora sucede con Andrés Manuel López Obrador. Detractores y críticos, o apologistas y aliados, tienden a explicar las cosas en negro o blanco poniendo en el centro del debate y explicación de la realidad el papel  personalísimo del político tabasqueño.

Es muy cierto que la personalidad fuerte, carismática, caudillesca de AMLO le imprime un estilo muy particular a su manera de hacer política y al desenvolvimiento de Morena, pero sus críticos, sobre todo los de formación liberal, tratan de explicar todas sus acciones y dichos como mero resultado de su subjetividad.

Los intelectuales liberales para explicar los hechos sociales parten del principio filosófico y/o metodológico de que los individuos, sobre todo los líderes, son los que explican su dinámica, olvidando, o por lo menos relegando, los contextos históricos y las condiciones estructurales en las que actúan las personas. Sin duda, las características específicas de los individuos influyen en los hechos sociales, es decir, ellos son actores de la construcción social; pero todo individuo siempre actúa en el seno de circunstancias societarias específicas o en lo que diferentes escuelas sociológicas llaman estructuras sociales.

En este sentido, López Obrador representa y encabeza un movimiento, sin duda no homogéneo, que responde a corrientes históricas que hicieron estallar su fuerza en 2018 y que representan intereses de amplios grupos sociales, sobre todo de las clases subalternas. Este movimiento, con evidentes errores, oscilaciones, zonas grises y contradictorias, sobre todo de sus dirigentes, está empujando para construir un nuevo régimen político y una política económica reformista, aun con resistencias a su interior y sobre todo en su exterior.

Partidos de oposición, muchos intelectuales y medios de comunicación influyentes y poderosos, amplios sectores empresariales y gruesas capas de las clases medias y altas querían un cambio, pero no el que propone Morena y sus aliados, encabezados por AMLO. Buscaban cambios políticos, criticaban la corrupción, al menos de dientes para afuera, querían que se combatiera eficazmente la violencia y la impunidad, pero sin modificar el modelo económico establecido. Para todos estos sectores, que apoyaron la continuidad del PRI o su relevo con el PAN, de ninguna manera deseaban que se alteraran, ni mínimamente, las coordenadas de la política económica que se han impulsado desde Miguel de la Madrid.

Y, en efecto, los cambios que propone Morena en el terreno económico son importantes pero no modifican a fondo el modelo económico imperante. No regresará el gran Estado propietario del echeverrismo y lopezportillismo, ni mucho menos el Estado nacionalista expropiador del cardenismo. En realidad, AMLO y Morena sólo proponen una política redistributiva del ingreso, que reparta más hacia abajo, y mayor inversión pública. Y lo más importante: que los grandes capitales no decidan qué es lo que hay que hacer en México, sino el gobierno democráticamente electo que encabeza el Estado.

Si esto lo comparamos con lo que hicieron gobiernos priistas estatistas o lo que han hecho gobiernos de izquierda en América del Sur, el menú que propone Morena es muy tímido. Sin embargo, si esto lo vemos en las circunstancias de México, donde los oligarcas han hecho su regalada gana y la importancia de los capitales globales es enorme, pues, en realidad, es mucho.

Cualquier propuesta que busque limitar las excesivas ganancias del gran capital para beneficiar a otros sectores sociales va a ser combatida ferozmente, tal y como vimos con la simple declaración de Ricardo Monreal en el Senado de que se presentaría una iniciativa, hecha con torpeza cerril por cierto, para disminuir las comisiones bancarias.

Así pues, mucho más allá de la personalidad polémica y agridulce de López Obrador, lo que explica el encono político que estamos experimentando son las profundas diferencias sociales que hay en la sociedad mexicana, las cuales se expresan frecuentemente con furia a través de las discusiones en las redes sociales y en los foros de los diferentes medios. Pero la ira de los lopezobradoristas no es mayor a la de sus críticos. Los insultos, descalificaciones y agresiones son en ambos sentidos.

A diferencia de hace unos cuantos años, hoy los de abajo cuentan con redes sociales que pueden ser un enorme contrapoder informativo y un eficaz y expedito medio de organización. Esto angustia mucho a las grandes empresas de comunicación tradicionales porque su poder ha disminuido notablemente y también preocupa a los gobiernos y partidos políticos que siguen las viejas inercias elitistas, excluyentes y discriminatorias. Una muestra de la disminución de la influencia de la oposición política y de los medios  a ALMLO está el hecho de que este volvió a subir en aceptación ciudadana, a pesar de sus traspiés, del 73 al 78 por ciento, según Parametría en su medición del 6 de noviembre.

Pero lo que a mediano plazo pueda ser más dañino es que al mismo interior de los gobiernos locales de Morena hay individuos y grupos que, consciente o inconscientemente, están socavando el programa y el ideario de este movimiento.

Este especie de Caballo de Troya, como lo podemos ver en Sinaloa y al parecer en varios estados más, rápidamente desplazó a sus más fieles militantes por miembros de otros partidos y por amigos y familiares de los individuos que por azares del tsunami amloista los llevó al poder. Están sucumbiendo a sus ambiciones personales, y dicen algunos, a las directrices de Quirino. Y esto, puede regresar al hoy casi extinto tricolor a revivir en 2021.

Del PAN, con el dirigente que acaban de elegir, corrupto y traidor hasta la médula, según connotados albiazules de vieja cepa, es mejor que se olviden de regresar al poder.

Si esto es cierto o no, en poco tiempo lo sabremos.

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