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OSWALDO DEL CASTILLO

CORTOS REFLEXIVOS

OSWALDO DEL CASTILLO CARRANZA

2018: LA CUARTA TRANSFORMACIÓN

No podemos imaginar la estructura con la que AMLO trabajó desde antes de ser el candidato de MORENA a la presidencia de la república. Este personaje de marras controvertido y para muchos autoritario, ha sido la figura emblemática de la lucha social en México. Desde su promoción para figurar como candidato presidencial ya profería un discurso alejado de la disciplina política del sistema en curso que configuraba la simetría discursiva y  equilibrada, sin altibajos, con un discurso llano a los propios intereses de los actuales políticos, sin los extremos que dañan el verdadero entendimiento del contenido. AMLO se configura como la antítesis del sistema, este que concita a las mismas estructuras del poder. Para la vieja guardia de políticos enquistados en el sistema se convierte en el verdadero peligro. El Peje como lo llamamos muchos, hace suyo un discurso de frente al sistema, un discurso que desvela las propiedades de lo que está hecho el andamiaje del poder en México. Desconfigura las partes y las separa dando con las formulaciones con las que el sistema arma dicho andamiaje.

Arribamos al siglo XXI con una estructura del poder separada y unida a la vez en cotos de poder. El establishment o lo establecido, de pronto adquiere una figura geométrica amorfa pero con nodos o vértices donde se concentra parte del poder repartido desde la cúspide del ejecutivo. En esa búsqueda incansable de AMLO por encontrar los equilibrios entre la masa del poder y la masa del pueblo es que incursiona en las filas del PRI pensando que allí encontrará la forma de llevar a cabo esos equilibrios que eran imperativos en el ejercicio público del poder en México. Las asimetrías se configuraban cada vez más al extremo, una estructura política gubernamental amafiada con la estructura empresarial que divide la riqueza y la lleva al extremo configurando una pléyade nueva de ricos empoderados en la nueva España. El caudillaje empieza a ser una salida obligada y funcional donde los nuevos líderes sociales no abundaban y si cada día aparecían mancillados y sin vida en el suelo mexicano. La riqueza nacional empieza a ser el botín de los de adentro y también de los de afuera. El poder económico se instala y la estructura nacional se convierte en una estructura empresarial. A partir de Díaz Ordaz se instala la gerencia gubernamental y de allí el capital es la moneda de cambio de un sistema corrupto que agrede a la ciudadanía y traiciona al águila dejando a la víbora suelta. El piso espinoso que había, deja de serlo para que la nueva gerencia ponga la alfombra al que llegará a ser dueño de un territorio azteca, que lejos de imaginar lo que estaba cocinándose, los pobladores, confiando en sus líderes, entregan una nación y con ella la vida de sus antecesores, para luego entonces quemarse en la hoguera de la propia historia de México.

En los anales de la historia de México no existe un personaje como AMLO que haya durado tanto tiempo para llegar a ser presidente de México. Lo circunstancial de todo esto fueron los desvíos de la política mexicana hacia la búsqueda de la riqueza nacional, políticos ligados al poder y al dinero y muy alejados del pueblo. 

AMLO, originario de Tepetitán, Macuspana, Tabasco, logró entretejer los intereses del pueblo donde el hartazgo y el cansancio eran ya visibles en el acontecer de la vida social de México. En tanto que la clase dominante enfrascada en el derecho histórico de la creencia de una clase social privilegiada que se asume como la señalada por dios para seguir teniendo el mandato por interpósitas personas ligadas todas al mismo poder. La plutocracia se instala sin más en el ejercicio del poder, haciendo uso irrefrenable en una vorágine del gasto sin menoscabo de la pérdida de ningún privilegio arrebatado por la clase social alta. 

Los ricos que por “derecho propio en su creencia de que dios les otorgó el privilegio de ser ricos”, se instalan como cosa fatal en el sistema de clases, creyéndose ellos los derechohabientes de ejercer el poder que les da la misma riqueza que deviene de nuestro propio territorio. Familias que gozaron por siglos de esos derechos que ellos mismos se otorgaron y que fueron creando las distancias sociales que hoy conocemos y que damos cuenta con más de 56 millones de pobres y 10 millones en extrema pobreza. Los abusos y los usos de manera indiscriminada de los dineros de las arcas gubernamentales, el saqueo, el dispendio, la ostentosidad, fueron acuñando poco a poco en la sique de los mexicanos la posibilidad de poder cambiar el hábito de no votar o de no salir a votar y con ello tener que dejar en el poder a los mismos de siempre. La lectura es por demás obvia, los mexicanos hartos ya, decidieron hacer la diferencia y buscar nuevas alternativas de gobierno. AMLO fue esa alternativa, pero no lo fue por el simple hecho de pretender aplicar la democracia, sino porque el pueblo fue impulsado a votar por alguien diferente a los que estaban, fue un voto en contra del sistema anquilosado y moribundo. AMLO fue la marca sustituta que llegó a ser presidente electo desde el primero de julio. Un mandatario sin título constitucional aún, pero con el uso del poder a más no poder. El desafío del porvenir estará realmente en la capacidad del nuevo mandatario de configurar un modelo de intervención empresarial que contribuya a la regeneración del tejido social proveyendo de los insumos necesarios a la planta generadora de riqueza; del desarrollo y del crecimiento. Un nuevo contrato social en cuya base se encuentre la equidad y la justicia y desde luego que el futuro de la nación mexicana sea cada día más cierta.

Lo que vimos el 25, 26, 27 y 28 de octubre fue simplemente una respuesta en el mismo sentido que la hubo el primero de julio. Podremos imaginar muchas cosas para no hacer legítima dicha consulta, pero de qué nos sirve querer demostrar que no fue legítima si los hechos marcan la distancia en el pensar y en el hacer. 

Habremos de ser más objetivos del momento que estamos viviendo en el mundo, no obstante de lo anterior, las pujas para hacer que la estructura gubernamental que se asoma para este primero de diciembre se tambalee, están muy alejadas de la pretensión real de hacer de México un país diferente. Habremos de arribar a un esquema jamás imaginado y muy poco explorado. El complemento del gobierno es, figurativamente hablando, el empresario, que deberá estar dispuesto a hacer historia junto con el resto de los mexicanos. Se requiere de parte de ellos más inteligencia de la que tiene AMLO para hacer que el barco navegue sin hacer agua. Tendremos que aceptar que AMLO suma puntos con cada acción que hace, en tanto que los demás restan en credibilidad por sostener un ideal contrario al que necesitamos los mexicanos. Deberemos aceptar que estamos frente a uno de los desafíos más grandes que hayamos experimentado y que de no enfrentarlo de manera conjunta no podremos con el reto de construir una nueva nación. Por el bien de todos, construyamos un nuevo contrato social. Así sea.

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