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alcaraz ernesto

COLUMNA VERTEBRAL

ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

Se llegó al final de la Consulta: Ganó Santa Lucía a Texcoco. Sobran las descalificaciones y las críticas de si fue ilegal, irregular y vinculatoria. Lo cierto es que quienes asumen el poder siempre tienen en mente distinguirse de sus antecesores. No aceptan ser comparados con el que relevan en el cargo. Pero siempre hay compromisos inducidos desde la campaña que se concretan ya constituido en gobierno. Sólo que aquí, no esperaron a tomar posesión. Y vendrán mediciones y estadísticas comparativas que reflejen avances y retrocesos, que ya en el criterio subjetivo, motejarlo como administración progresista o gobierno fallido.

Así sucedió con Vicente Fox que sacó al PRI de Los Pinos. Y con Felipe Calderón que no toleraba comparación alguna con la de su antagonista y censurado antecesor. Y Enrique Peña Nieto, ante la desaprobación ciudadana, insistía en considerar que ninguno de sus anteriores había lidiado con las redes sociales tan masificadas en México en los últimos años. Cada quien padeció sus infortunios políticos y desgaste por gobernar.

En una ocasión –en un encuentro con periodistas en diciembre de 2016–, Peña Nieto no mostraba amargura o reclamo. Pero sí apuntaba que las redes sociales exacerban la realidad y el discurso que, sobre la misma, construían los columnistas en medios. Suponía una consideración política a un hecho real de su fallida comunicación oficial, que en redes sociales resintió su baja popularidad como gobernante. Eso puede sucederle a la nueva administración federal. Porque con o sin redes sociales, la medición de eficacia tiene varias formas de manifestarse.

El período de transición en México, es muy largo y genera ansias por operar y desconfianzas en sus anticipaciones. Cinco meses. Ese lapso permite ser prometedor y a la vez desgastante. Se cuestiona que carecemos de una burocracia profesional y excesivamente bien pagada. Onerosa y despilfarradora, se alega. Quizá entonces no sea tan dilatado, pues se tienen 20 semanas para prepararse y proponer las mejoras institucionales y hacerla funcional. Y sirve por igual, para dejar atrás el humor negro y el malestar rijoso de la ciudadanía, propios del encono electoral. Y aprovecharse para prepararse una actitud serena y civilizada, previo al relevo constitucional.

Si lo que no funciona es mal visto y las propuestas para solventar las deficiencias constitucionales no gozan de la certidumbre y confianza ciudadana, generan confusión. Y así nos la hemos llevado en este proceso de transición. Pero igual de infructuoso está resultando lo que se critica, como lo que se propone como remedio. Una confrontación ríspida que debe ser ya superada y encauzada hacia la estabilidad social.

Las controversias están a la orden del día y no se aprecia congruencia ni disposición democrática entre los integrantes del equipo del próximo Ejecutivo y Legislativo en funciones ni entre los actores políticos y económicos preponderantes. Ante ello la ciudadanía está a la expectativa y preocupada por las decisiones tomadas y las fricciones que están generando entre un amplio sector de la población.

En estos tiempos de transición, llenos de improperios, insultos y agresiones entre los actores preponderantes llevadas a las redes sociales se advierte la nula intención de restablecer el diálogo y el entendimiento político como una herramienta didáctica que tranquilice a la sociedad. Ni el propósito político para construir acuerdos y tomar decisiones colectivas en el marco de la legalidad. Y se aprecia en la iniciada e incansable lucha por el poder de los grupos parlamentarios de MoReNa en el Congreso de la Unión, acicateando a sus correligionarios a una insaciable venganza política. Así, difícilmente se podrá dar la Pacificación Nacional. Y le corresponde al presidente electo encauzar esos excesos políticos.

Porque si bien Andrés Manuel López Obrador se muestra fuerte, recio y seguro, ya refleja algunas molestias e irritación por las incongruencias y conflictos internos entre sus estructuras. Y si bien trata de enmendarles la plana, no deja de acusar a quienes disienten, lo que incita a la confrontación. Prometió ser respetuoso y congruente, cuando dijo que era la hora de gobernar, y que la campaña había quedado atrás. Pero AMLO continúa con sus incendiarios discursos ante públicos accesibles y dispuestos a escucharlo y aplaudirlo. Y su discurso de armonía y de pacificación no aparece. Lo cierto es que debe apaciguar esa saña contra quienes fueron sus opositores.

La Consulta popular está inscrita como instrumento del nuevo gobierno, que a la vez, auspiciará confrontación. El futuro de México merece más serenidad política y compromiso constitucional de quienes proponen y difieren. Y por eso, López Obrador debe reflexionar sobre sus decisiones, actos y mensajes pues lo que haga o diga, mueve conciencias y motivaciones que pueden afectar la civilidad colectiva. Si la amplia confianza ciudadana ya la tiene, no tiene necesidad de dilapidarla.

Tiene ante sí, a partir del 1 de diciembre, la responsabilidad constitucional de preservar la gobernabilidad y la obligación política de acercar a quienes disienten de sus propuestas para encauzarlas a un proceso de consensos y compromisos con los sectores privados y sociales. La confianza no es gratuita, se gana y se pierde. Y sin lugar a dudas, cuando el ego personal y el voluntarismo excluyente se imponen, aflora la discordia.