Ya disponible para su descarga la Revista Didáktica Octubre 2018 https://bit.ly/2Q7Bw6I

AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

Si de modificar los patrones de vida social que tenemos se trata, nuestra primera tarea es ver cómo cambiamos los esquemas con que estamos educando a las nuevas generaciones. Muy particularmente a los grupos de niñas y niños que están en la primera y segunda infancia.

El dicho “lo que se aprendió en la cuna no se modifica en la oficina” ajusta perfectamente con lo que las ciencias del comportamiento han encontrado por décadas. Muchos estudios de personalidad, que analizan en específico el rol de variables como la empatía, la hostilidad, la temeridad y el control emocional, dejan constancia de que los aprendizajes de la primera y segunda infancia son tan trascendentes que se vuelven referente toda la vida y es muy difícil abandonarlos.

El comportamiento humano, aunque tiene condicionantes genéticas muy significativas, es un producto esencialmente social, de modo de vida. Es el resultado más lento y más sólido de muchas variables que incluyen a la persona y al medio social en que se desenvuelve. Una consolidación de tendencias determinadas por el temperamento, los sentimientos, la inteligencia, los intereses, las necesidades y las inquietudes. Pero también es efecto del modo de vida, los estilos de convivencia y la proximidad interpersonal con los más significativos. 

Entre los espacios sociales de mayor influencia está el núcleo familiar. Ese grupo de personas con el que, independientemente del lazo sanguíneo, se desarrolla una conexión psicológica de codependencia; ofrece protección y seguridad al mismo tiempo que exige, condiciona y controla.

En la familia, el lugar más influyente lo tienen los padres y las madres y cada cosa que hagan se vuelve enseñanza para sus hijas e hijos. Nunca sus palabras alcanzan el poder de influencia que tienen sus hechos. 

Los resultados del centro de investigación sobre desarrollo infantil de la Universidad de Toronto sugieren que la interacción y la comunicación que sostienen los papás y más particularmente las mamás (o quienes fungen como tal) con sus hijas e hijos se convierten en patrones de relación y comunicación de estos con los demás. Lo que hacen las madres y los padres para atender las necesidades de protección, guía y afecto de sus niñas y niños se convierten en el modelo de trato que éstos darán a los demás, especialmente en momentos de angustia o conflicto. 

El Dr. John Bowlby, de la Universidad de Cambridge, afirma que los padres, sin proponérselo y sin notarlo, con el trato que dan a sus hijas e hijos durante la infancia terminan condicionando la forma en que éstos resolverán los conflictos o enfrentarán las situaciones angustiantes que enfrenten durante la adolescencia y la adultez. Estudios recientes de psicología cognitiva y del desarrollo (p.ej. 

http://cals-cf.calsnet.arizona.edu/fcs/bpy/content.cfm?content=decision_making) confirman que por más fuertes y consistentes que sean las reglas sociales del medio en que viven el adolescente y el adulto, cuando se ven obligados a resolver un problema, recurren a las formas y procedimientos que vivieron en la familia, como primera opción.

Las niñas y los niños que vivieron ambientes en los que las cosas se discutían a gritos, o se resolvían con violencia, terminan haciéndolo igual si enfrentan circunstancias de mucha presión o ansiedad. El entrenamiento terapéutico para hacerlo de forma pacífica termina siendo insuficiente para superarlo.

Así lo confirman decenas de casos de parejas de novios y de matrimonios de corta trayectoria, que participaron en estudios de seguimiento. También estudios longitudinales de profesionistas, cuya exigencia laboral les sometía a niveles altos de estrés (doi:10.1016/j.neubiorev.2012.02. 003) y a toma de decisiones en emergencia. 

Las madres y los padres de familia estamos emplazados a cuidar más las experiencias de crianza que ofrecemos a nuestras hijas y a nuestros hijos, porque en ellas va la enseñanza más perdurable. No podemos descuidarla por el pretexto de las carreras que traemos para atender los compromisos laborales o de otro tipo. 

Nada justifica que, so pretexto de “darles mejor vida” terminemos dándoles los ejemplos que se la van a dificultar. Ni malos tratos, ni convivencia mediada por la tecnología, ni crianza encargada a otros son buena opción. 

Si queremos que nuestras hijas y nuestros hijos tengan buen futuro y vida estable, más vale que aseguremos tener con ellos una relación estrecha, de comunicación fluida, de buenos ejemplos y de buenos tratos. Al mismo tiempo hay que asegurar que la forma en que resolvemos los problemas que se viven en la familia, sea constructiva y usando la razón, no la fuerza.

La investigación dice que si los hijos ven eso durante la infancia, seguramente lo harán así cuando se les ofrezca. La ganancia será doble; se tendrá un ambiente familiar más positivo y se sembrará para ellos prácticas con las que seguramente vivirán mejor. No cuesta tanto, solo el esfuerzo de no olvidarlo; un ambiente familiar sano, de comunicación y de buen trato hace más fácil que las hijas e hijos sean personas sanas; eso que todos deseamos. ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.