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ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Andrés Manuel López Obrador, para sus críticos sistemáticos, es decir de antes, ahora y del futuro, no da una. Antes de empezar a gobernar, dicen, ya se ha desgastado. Y, en efecto, ha cometido serios errores pero, al menos ante el electorado que lo apoyó, su bono democrático sigue siendo alto. Frente a los grandes medios AMLO saldrá reprobado permanentemente; sin embargo, las redes sociales, aunque no las tiene todas consigo, sobre todo después de la boda fifí de César Yáñez, siguen expresando un fuerte apoyo. En el México de ahora, tanto los jóvenes como los sectores sociales de menos recursos económicos, que son mayoría, se comunican e informan en lo fundamental a través de las redes; así que, por lo pronto, el Peje no tiene por qué preocuparse mucho.

La consulta, para decidir si se finaliza el NAICM o si la base militar de Santa Lucía se amplía y convierte en aeropuerto público, será muy importante para su credibilidad y la gobernabilidad en sus primeros meses en Palacio Nacional. Este tema se debate ferozmente en los medios y en las redes, aunque habría que esperar para ver qué tanta participación efectiva se expresa en las mesas de consulta. Una vez tomada la decisión se seguirá debatiendo con intensidad. Si gana la opción de Texcoco, los grandes medios, empresarios y políticos de oposición podrán respirar tranquilos y muy seguramente la tomarán como el primer triunfo político sobre AMLO y Morena. Pero, al mismo tiempo que el Presidente electo se quitase la enorme presión de esos sectores, se echaría encima a ambientalistas y a los atenquenses que volverán a sacar sus machetes.

Y así como esta encrucijada, seguirán saltando otras a lo largo de su sexenio. AMLO y Morena no la tienen nada fácil, enfrentan desafíos inéditos y ciclópeos. 

La inmensa mayoría de los grandes capitales presionarán a lo largo de los seis años para que la política económica sea la misma que inició Salinas de Gortari hace 30 años. No desean ningún cambio. Es más, preferirían que continuara la corrupción al estilo prianista a que hubiera cambios sustanciales en la política económica. Y, en este campo, todavía no está claro qué va a cambiar el nuevo gobierno y hasta dónde podría llegar.

Están anunciadas importantes inversiones públicas para actualizar y/o construir nuevas refinerías, para tender las vías del Tren Maya, construir algunas decenas de nuevas universidades y hospitales, realizar diferentes obras en ciudades castigadas por la pobreza y la violencia, etc.; es decir, habrá más obra pública que durante los tres sexenios anteriores, y a esto no se oponen los capitanes de las empresas mexicanas más poderosas de México, pero a lo que sí se oponen es a que se echen para atrás reformas al sector energético y que se eleven sustancialmente los salarios de las clases subalternas, entre otras cosas.

Ahora bien, AMLO y Morena, a pesar del intenso fuego de los principales medios de comunicación del País, actúa en un contexto políticamente favorable: los principales partidos políticos opositores, PAN, PRI y PRD, experimentan crisis internas autodestructivas, en el caso de los blanquiazules y amarillos, e identitaria y de liderazgo en el caso del tricolor.

Por lo pronto, los partidos de oposición ni el Poder Legislativo federal ni en muchos de los estatales y cabildos tienen el poder político legal para oponerse a las decisiones de Morena. No obstante, es muy cierto que, en lo general, los legisladores federales y estatales, así como la mayoría de los alcaldes y otros funcionarios públicos están muy verdes, y esto, aunque los opositores estén en franca minoría, les podría traer jugosas ganancias. Es decir, las mayorías morenistas, si no aprenden con rapidez, podrían ver minado su capital político a corto plazo.

Esto lo vemos con claridad en Sinaloa.

Por ejemplo, en la Cámara de Diputados del estado, Morena cuenta con dos legisladores experimentados y talentosos, la Diputada Graciela Domínguez y el Diputado José Antonio Ríos Rojo, pero los restantes, en su gran mayoría, carecen de experiencia política y legislativa. 

Quizá por esta endeblez de sus compañeros de bancada Graciela Domínguez no se ha animado a tomar decisiones más severas para imponer la política de austeridad que ha propuesto su líder nacional. O quizá, simplemente, no quiere ser autoritaria, no quiere imponerse por mayoría sino consensar con propios y extraños.

Es evidente que en Morena no todos tienen una formación ideológica y ética necesaria para identificarse con los planteamientos más definidos de su liderazgo nacional y de sus líderes en el legislativo local. Muchos están ahí por azares del destino, por oportunismo o por ambiciones de poder que no tienen nada que ver con el ideario morenista, y por eso podría haber deserciones y potenciales actos de corrupción. No se nos olvide que el Tercer Piso está en manos del PRI.

Otra muestra palpable de las brumas ideológicas y políticas de Morena son los primeros pasos que están dando sus alcaldes en Culiacán, Mazatlán y Los Mochis. En las tres principales ciudades de Sinaloa, se anuncian funcionarios para sus gobiernos que en su gran mayoría no tienen nada que ver con las raíces y la trayectoria de Morena; bueno, vamos, ni siquiera con la campaña reciente. En los tres casos abundan ex priistas de cuño reciente o profesionales y empresarios que en su vida han pisado una calle sin pavimentar o pedido un voto por la izquierda. Pareciera, incluso, que hay un desprecio por los militantes de Morena.

Al menos en Sinaloa, pareciera que por primera vez, va a gobernar en Culiacán, Mazatlán y Los Mochis un partido sin sus militantes. EL PRI y el PAN gobernaron sus hombres y mujeres, pero, para Ripley, Morena no lo hará o, si caso, de refilón.

Bueno, al menos, podrían decir quienes encabezan las alcaldías: “Es que nosotros no somos dogmáticos, somos flexibles”.

Sí, cosas de la “política líquida”, la que no tiene solidez, diría el finado sociólogo polaco Zygmunt Bauman.