50 AÑOS DESPUÉS; 2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA ****

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APUNTE

JORGE GUILLERMO CANO

-¿Qué te parece si, antes de irnos de este mundo, enviamos una atenta carta a amigos y no tanto, pero que igual se aparecen en los velorios, para que nos den el importe de coronas y ofrendas florales que, dado el caso, a nuestra muerte llevarían, cuando todavía nos podamos gastar el importe? -Le decía a Mario, en unas de aquellas largas pláticas que teníamos en el segundo piso de su casa, y él sonreía: “no es mala idea”.

-Les daríamos un recibo formal haciendo constar que habían pagado su corona y sólo tendrían que mostrarlo al llegar al velorio. Sería también una contribución a la conservación del ambiente ecológico, aunque no del gusto de quienes venden flores a destajo en esos trances, agregaba yo y Mario, en su siempre disposición a la tolerancia y el acuerdo, sonreía de nuevo: “estaría bien”.

Parte en broma, parte en serio y recordábamos que, ya hace muchos años, en el sepelio de Don Gustavo D. Cañedo, mi maestro en el periodismo, el costo de las coronas que le enviaron superaba el monto de las deudas que no pudo pagar, lo que prácticamente obligó al cierre de “La Voz de Sinaloa”.

Y entre anécdotas repetidas, comentarios al vuelo sobre la inefable política y el rumbo de un mundo cada vez más incierto, en el curso de aquellas charlas soltaba de vez en vez: “¿Qué pasó con el libro? -Ya termínalo, te la vas a pasar revisando”.

UNA AUSENCIA QUE PESA

Hace casi 48 años que nos conocimos, un fin de año, cuando él ya era un referente del periodismo en Sinaloa y yo iniciaba. Me lo presentó Don Gustavo: “Mucho gusto” y desde entonces iniciamos una plática que siempre quedó abierta.

Converso, ayer, con Isaías Ojeda Rochín, gran amigo que estaba presente en aquella reunión, y refrescamos la memoria. Pero no hay duda, fue en la víspera de año nuevo de 1970.

En todo ese tiempo nunca hubo una desavenencia, nunca siquiera un atisbo de inconformidad. Siempre la palabra amiga, la observación amable, el gesto afable, así fuera serio. A todos, el consejo prudente, el llamado a la cordura.

Era claro que el rencor no tenía lugar en su ánimo y hablar con Mario era un poco alejarse de la ingratitud mundana, que bien entendíamos.

LAS FACTURAS DE LA VIDA

El día 6 por la mañana, anteayer, platico con Javier, su hijo, frente al féretro de su padre. Le cuento y me cuenta, tratamos de hacernos cómplices del momento que deja correr la remembranza del ingenio, pero la tristeza nos invade. Con Javier hay una gran cercanía por culpa de los libros y de la contagiosa incertidumbre de la eterna corrección.

Antes, varias veces, en busca de la noticia que diera ánimo, con Mario hijo, un joven talentoso y de gran parecido a su padre. Con ambos, desde el infausto accidente, cuando la ley de la vida anunciaba que cobraría la factura.

Así fue y Mario Montijo de la Rocha ya no estará físicamente con nosotros, aunque su legado y su recuerdo se quedan.

Y como sea, me invade un sentimiento de soledad.

-Esta vez, me disculpo con el crítico lector, es todo. La vida sigue.

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