ARTURO SANTAMARIA

ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

Morena, a pesar de su triunfo arrollador, no es un partido sólido ni homogéneo; sigue siendo, más bien, un movimiento muy heterogéneo. 

Hace alrededor de 20 años, cuando AMLO buscaba la dirección nacional del PRD lo entrevistamos en Radio Cultura, la radiodifusora del Instituto Cultural de Occidente (ICO), una escuela privada de Mazatlán con gran influencia en la sociedad local, y lo interrogué: “¿Cuándo será el PRD partido y cuándo movimiento?”. La pregunta venía a colación porque el entonces joven político tabasqueño había dicho que el PRD debía tener esa doble característica, y respondió: “Movimiento cuando no haya elecciones y partido cuando las haya”. Debí preguntarle “¿Y cuando gobierne?”.

Es de esperarse y desearse para bien del País, que Morena se consolide como partido en el gobierno, pero para eso debe hacer muchas y urgentes faenas.

Un rasgo muy propio de los movimientos sociales es que suelen ser ideológicamente heterogéneos o, al menos, más heterogéneos que los partidos. Estos en su etapa clásica eran más homogéneos en términos de ideología. En la actualidad, en varias partes del mundo, los partidos sufren crisis de credibilidad y eficacia en gran medida porque las ideologías se han resquebrajado y el pragmatismo los hace sumamente volátiles y oportunistas.

Morena pudo ganar las elecciones del 1 de julio, al margen de la enorme figura caudillesca de López Obrador, porque ideológica, social y políticamente, sin contar a sus aliados, fue un abanico muy heterogéneo. Muchos observadores lo ven como un partido de izquierda, pero, en realidad, la mayoría de sus integrantes no lo son, al menos en términos doctrinarios.

Es muy evidente que los empresarios que ocuparán cargos en los primeros niveles de gobierno que propone el político tabasqueño, tales como Alfonso Romo, Miguel Torruco o Esteban Moctezuma, están lejos de ser gente de izquierda, como tampoco lo son otros hombres y mujeres que van a estar en el gabinete presidencial. Y en las cámaras tanto federales como estatales, así como en los gobiernos municipales, hay de chile, dulce y manteca.

Este tutifruti ideológico fue una gran fuerza electoral, pero surge la duda si eso será igual de eficaz en el gobierno. AMLO no podrá incidir y decidir con su figura carismática en todos los desencuentros y diferencias que brotan aquí y allá en su partido y seguidores.

Pongamos un ejemplo local reciente: el Alcalde electo “patasalada”, Luis Guillermo Benítez Torres, apoyado por los legisladores federales de su partido, defienden la postura de que el acuario de Mazatlán siga en manos del Ayuntamiento mientras que el próximo Secretario de Turismo en el gobierno de López Obrador le da su apoyo a los promotores de la idea de que el acuario se privatice.

Las posturas y estrategias son claras: “El Químico” Benítez recurre aa su partido y a los representantes electos en el Poder Legislativo, y los empresarios o sus representantes  a otro empresario que estará cargo de la Secretaría de Turismo.

El Químico y los legisladores defienden la idea de que el Ayuntamiento preserve el mando sobre una empresa pública y Torruco acepta la propuesta de su privatización. Aquí hay, evidentemente, una contradicción dentro de las mismas estructuras de Morena: a nivel del virtual Ejecutivo federal hay una posición, y a nivel del Legislativo federal y del Alcalde electo hay otra.

Es posible que “El Químico” no haya recurrido a Torruco o a otras instancias federales del Ejecutivo virtual, y ese sería un gran error de estrategia; mientras que los empresarios se movieron con más agudeza: se acercaron a otro empresario quien es, además, muy cercano a Andrés Manuel López Obrador. Si Benítez Torres quiere ganar esta batalla, primero debe acercarse a otros actores locales, como los ambientalistas y tendrá que hablar al teléfono rojo de la casona de la Colonia Roma.

AMLO está cuidando con algodones su relación con los grupos empresariales más poderosos de México, no quiere que le cuelguen el sanbenito de antiempresarial ni que los magnates se le lancen al cuello aun antes de empezar a gobernar, y Ernesto Coppel y Carlos Slim, aunque de diferentes tamaños, lo son. Así que “El Químico” tendrá que actuar con mucha inteligencia. Tendrá que tocar más puertas en la Ciudad de México, pero sobre todo, debe ser más humilde, abierto y ágil para sumar actores locales y estatales.

El caso mazatleco es uno de los muchos que suceden y van a seguir brotando a lo largo y ancho del territorio nacional. En el futuro será inevitable que AMLO se incline decididamente por un proyecto que privilegie mayormente los intereses públicos o los privados. Pero El Peje no podrá involucrarse en todos los diferendos. Será a nivel estatal y/o municipal que se den las batallas, donde los actores locales, sobre todo los públicos, tendrán que recurrir a los ciudadanos y a la sociedad civil del terruño y a aliados nacionales, e incluso internacionales, para hacer avanzar los intereses públicos; si no lo hacen así que vayan pensando en su epitafio.

Posdata:

AMLO, a raíz de que en varios estados de la República, presidente municipales y gobernadores de su partido están atiborrando de familiares a las próximas estructuras de gobierno, hizo un urgente llamado para que no lo hagan. La corrupción sería inminente. Esperemos que en Sinaloa eso no pase y si sucede habrá que denunciarlo inmediatamente. Lo que está en juego es una República diferente. Hay morenistas que no parecen entenderlo.

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