AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL 

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

Sinaloa entero ha vivido durante los últimos días los efectos de un fenómeno natural desastroso. La tormenta tropical 19-E nos llegó, nos agarró desprevenidos y nos causó mucho daño. 

Tanto que, a 10 días de las inundaciones y sus efectos, a pesar del inmenso trabajo que han desplegado sociedad y gobierno, es hora de que muchas personas siguen sin los servicios básicos completos y doliéndose de múltiples pérdidas en su patrimonio. Lamentablemente, algunas familias sufren el dolor de haber perdido algunos de sus integrantes. 

La experiencia fue, sigue siendo y seguirá siendo traumática por mucho tiempo, como lo han sido otras del mismo tipo. Los daños que ocasionó fueron cuantiosos y tenemos que entender que nos afecta de manera directa e indirecta a todos.

Así son los desastres naturales, por más tinos o hierros que haya en predecirlos y por más esfuerzos que se hagan por reducir sus efectos, cuando son eventos de grandes dimensiones, sus secuelas son irremediablemente negativas. Tenemos que aprender de ello y como sociedad debemos exigirnos más.

Son justos los reclamos que se escuchan contra las malas decisiones gubernamentales en el rubro de planeación urbana, tanto como los que señalan la lentitud de la respuesta oficial a sus necesidades. Mucha gente perdió en horas lo que por años construyó y es natural que se encuentre desanimada, enojada y con mala actitud. 

Hay muchas cosas que cambiar y de inmediato hay que intentarlo, pero antes hay que asegurarnos de que las víctimas directas estén en condiciones de recuperar su vida con las mejores condiciones. Hay que ver cómo obtienen lo básico para que sigan adelante, pero no hay que dejarles solos; necesitan el respaldo y la cercanía social, más allá de los formalismos. 

Los cánones de la intervención social dictan que de frente a experiencias de desastre, hay que atacar las consecuencias inmediatas, pero nunca olvidar las mediatas y de largo plazo. Entre ellas y de manera muy importante, las consecuencias emocionales. 

A mucha gente le parece exagerado afirmar que las experiencias traumáticas perduran en el sentimiento de quienes la padecen y no les deja vivir a gusto. Algunos piensan que con resolver el problema material ya se está listo para funcionar, pero para la gran mayoría no es así.

La psicología y las ciencias de la salud han encontrado que toda experiencia de desastre como un huracán, un tsunami o una guerra, lo que más afecta en las personas es en el ánimo y la autoconfianza. Entre más poderoso el evento natural, más tendencia a la depresión y más proclividad al reclamo y al autoreclamo. 

Ya muchas experiencias con huracanes, tsunamis y terremotos han sido documentadas y en todos se coincide en que el peor de los efectos es el que se sufre contra el ánimo y la voluntad. Una vez pasado el evento, las víctimas luchan contra sí mismas para recuperar su vida normal.

Muchas personas ven su sueño alterado, se vuelven irritables, sufren dolores de espalda y cabeza, se les sube la presión arterial y hasta el nivel de azúcar, cuando habían venido siendo muy sanas. La mayoría de las víctimas enfrenta periodos de depresión y algunos hasta desarrollan tendencias suicidas.

Por ello se puede afirmar, que la reconstrucción de los daños de la tormenta 19-E en Sinaloa va a requerir mucho más que la recuperación de bienes, la reparación de calles, o la reconstrucción de puentes y caminos. La reconstrucción tendrá que incluir de manera particular muchos esfuerzos para atender el estado socioemocional de las víctimas y ayudarles a que se repongan anímicamente.

Hay un dicho popular que dicta “el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla” y es muy certero. A partir de las fuertes lluvias del pasado 19 y 20 de septiembre y de las inundaciones que resultaron, todos estamos alterados y las amenazas de los remanentes del huracán Rosa vienen a empeorar el panorama.

Tan solo se acerca uno a platicar con las víctimas directas se percibe el malestar que están pasando. La mayoría se encuentra en un estado de ira, que deben superar en el corto plazo para reponerse. 

El sistema de Salud y todas las instituciones de beneficencia tienen que ponerle atención. No es un problema menor, ni es un número menor de quienes están en esa condición; tienen que incluirlo en sus prioridades. 

La psicología llama a esta condición estrés postraumático. Es un estado psicológico de sobre alerta que viene después de una experiencia traumática y que altera la salud general de la persona, a tal grado que le impide funcionar con eficiencia. 

Es un padecimiento que si no es tratado adecuadamente puede evolucionar en trastornos fisiológicos serios (p. eje. diabetes tipo II o afecciones cardiovasculares) y en cambios indeseables de comportamiento (p. eje. agresividad o depresión profunda). Por eso, los organismos de ayuda internacional (p. eje. la Cruz Roja) tienen entre su personal especializado para atender desastres a quienes aborden exclusivamente el estrés postraumático. 

Así que ahora que se está poniendo todo el esfuerzo para que la gente damnificada vuelva a la normalidad, no hay que dejar de lado las brigadas y los programas de apoyo a las víctimas con síntomas del estrés postraumático. A muchos de ellos, esa ayuda les significará tanto como conseguirles los bienes materiales que perdió con la tormenta. Ahora por ellos, mañana por nosotros. ¿O usted qué opina?

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