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JESÚS ROJAS RIVERA

Se los advirtieron, lo sabían, no escucharon, nos inundamos. Las lluvias lo colapsaron todo, la mayor parte del centro y norte de Sinaloa reportó afectaciones. Desde la tarde del 19 de septiembre la ciudad de Los Mochis comenzó a inundarse, 230 milímetros cúbicos en la cabecera municipal y 240 en la zona rural de Ahome y El Fuerte, la depresión tropical 19-E no dio tregua, nos cobró la factura.

Culiacán no corrió con mejor suerte, la capital sinaloense recibió la furia de tormenta, no hubo vientos pero sobró el agua, según los expertos la tromba dejó la inundación más severa en la historia de la ciudad, 400 milímetros cúbicos en 48 horas desbordaron los canales, arroyos y ríos dejando más de 100 colonias afectadas y seis sindicaturas con un número no cuantificado de damnificados. No se han calculado los daños materiales, pero a juzgar por lo expuesto en videos y fotografías se pueden predecir varios cientos de millones de pesos.

Pero la historia de las inundaciones en Sinaloa no es nueva, pasa con regularidad, los gobiernos han invertido muchos en la elaboración de “mapas de riesgos” que en la mala hora del desastre sirven para lo que usted y yo sabemos. En las oficinas de gobierno se reúnen, exponen, planean y planean y vuelven a planear. Queda en eso, en la eterna planificación que no articula acciones y se vuelve experta en dar excusas y despensas después de la tormenta.

Hace cinco años, en el mismo mes de septiembre pero de 2013, Culiacán se inundó por el efecto del huracán Manuel, desde entonces se formalizaron protocolos de estudio de protección civil que concluyeron en la elaboración de un millonario “Atlas de Riesgo” que en pocas palabras decía que: “Por su posición geográfica y el diseño de ciudad, todo Culiacán era una zona de riesgo”. Siempre lo supimos pero nunca hicimos nada.

Los cabildos siguieron permitiendo la construcción de conjuntos habitacionales y comerciales en francas zonas inundables, se modificaron los usos de suelo y se continuó con la vida diaria. Al fin que los huracanes no pegan cada tres meses, al fin que para cuando la próxima inundación llegara, las autoridades municipales ya serían otras y las culpas se lavarían como se lavan las coladeras con los desfogues pluviales.

En mayo de 2015 el entonces regidor de Culiacán Ricardo del Rincón se los dijo: “Culiacán tiene en riesgo latente a 700 mil habitantes por inundaciones”. Habló entonces de la urgente necesidad de tener un plan maestro de drenaje pluvial, de la insuficiencia de bocas de tormenta, del descuido de los arroyos y cuerpos de agua que apenas tienen un 30 por ciento de obra mínima para la contención de inundaciones. “Nos vamos a lamentar de no invertir a tiempo en obras para salvar vidas y patrimonios” les reclamó en su momento. 

Pero no lo escucharon porque “era de la oposición”, porque su declaración buscaba “lastimar” a una administración priista. Desestimaron el estudio y decidieron seguir invirtiendo en boberías, en estadios de beisbol, en fiestas para el pueblo y publicidad gubernamental. 

Hoy la tragedia nos visitó de nuevo, cientos de miles de afectados no tendrán a quién reclamarle, pasarán las penas en silencio, en la orfandad de un gobierno que se lavará las manos como siempre. Murieron personas, se terminaron patrimonios y se destruyeron sueños.

Comenzarán el reparto de culpas en la tradicional cobardía de los funcionarios ineficientes. Si viviéramos en otra realidad, en un país más justo, varios funcionarios ya hubieran renunciado y el Congreso comenzaría procedimientos de juicio político y sanción contra aquellos responsables directos e indirectos de esto que no fue fortuito. Porque solo en una sociedad de ilusos y analfabetos podríamos aceptar el discurso oficialista de que las inundaciones en Sinaloa son “una lamentable tragedia que era imposible predecir”. Mientras tanto ahí va Quirino a mendigar fondos federales para pésames, colchonetas y despensas. Luego le seguimos...

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