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luis alcantar

DR. LUIS ENRIQUE ALCÁNTAR VALENZUELA. 

En un interesante diálogo, entre el Dr. Rieux, y un colega de él, llamado Castel. Justo en el cuerpo inicial de la novela La peste del escritor Albert Camus (1947). Sucede lo siguiente. Los dos galenos de profesión, discutían y analizaban con gran fuerza y preocupación; el problema de cómo bautizar, nombrar o denominar una manifestación mortal contra el organismo. Manifestación, como se los digo. Sí, rara y mortal a la vez. Esa manifestación rara y contagiosa en contra de la vida animal. Que atacaba a animales rastreros (ratas en concreto) y que en un latido rápido de corazón enamorado, de inmediato alcanzó a los seres humanos. Sí, a los mismitos homo sapiens demens. Era algo, así como un fenómeno inédito, contra la salud de los familiares de Mickey Mouse. Especie de rareza y misterio. Una problemática media amorfa.  No obstante su rareza, no engañaba, porque ya mostraba la zanca, del pollón que quizás sería.  Aquella cosa fenoménica avanzaba, sin pedir permiso alguno. Se imponía como una constante incómoda. La cosa en sí, empezaba a generar estragos mortales entre los habitantes de aquella ciudad novelada por el nostálgico Camus.

La aparente manifestación, en apariencia también indirecta (no es redundancia). Se evidenció con la muerte de una comunidad extensa de ratas. Animales del desecho, que salían todas tembleques, nerviosas y locas de sus escondites subterráneos. Tal como salen o saltan los humanos, sin control alguno. Cuando se han metido cada sustancia, que los hace dejar a un lado su human condition ¿Para qué salían las ratas al exterior?, ¿qué negocio tenían allá afuera, donde los seres humanos son los reyes?, ¿por qué no petateaban allá abajo donde las ratas hacen sus madrigueras? ¡Qué cosas de la vida!, ¿no? ¡Qué cosas tan curiosas!, ¿no?

Las ratas, en un espectáculo antes no visto, salían al exterior de sus catacumbas: para morirse a la vista de los seres humanos. Sí, para evidenciar sus muertes colectivas. Aparecían en las calles límpidas,  para ahí anunciar su deceso público y quizás mandar señales/indicios, de que algo pasaba y se estaba gestando algo mayor.

¿Qué sería? Pues nadie lo sabía. Ni Jaime Maussán, ni J.M. Trejo podrían entrar a este problema o fenómeno paranormal. Porque el objeto en sí, sí era identificado y no como los OVNIS, que son los objetos de los cuales ellos se ocupan.

En la ciudad novelada, los responsables oficiales de la salud pública, empezaron a atender casos aisladas de dolencias y cuadros de raras enfermedades entre algunas personas. La estadística empezó a tomar forma: aumentaron los casos. Hubo cada vez más muertes de seres humanos. Entonces el Dr. Rieux inició a hipotetizar sobre esta situación. Solo que, lo hacía de forma incipiente. Lo hacía al interior de su pensar. Casi con timidez y solicitando permiso al ministerio de salud para ejercer esa facultad. El Dr., se cuidaba incluso, de no verbalizar tales pensares hipotéticos. Aparte, en ese entonces novelado. De verdad que, “lo fueran escuchar los rusos”, ¡¡¡cálmate!!! Su pensar interior, no lo compartía con nadie. Pero bueno, todo tiene un límite. Hasta el mismo límite. El límite se infringió cuando, o sólo hasta que el Dr. Castel apareció en el escenario novelado. De ahí la grandeza del lápiz del pensador marroquí.

“Al fin, bastó que a alguno se le ocurriera hacer la suma. La suma era aterradora. En unos cuantos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente que para los que se ocupaban de este mal curioso que se trataba de una verdadera epidemia. Este fue el momento que escogió Castel, un colega de Riux de mucha más edad que él para ir a verle.

-Naturalmente, usted sabe lo que es esto, Rieux.

-Espero el resultado de los análisis.

-Yo lo sé y no necesito análisis. He hecho parte de mi carrera en China y he visto algunos casos en París, hace unos veintitantos años. Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre (negritas y cursivas son mías). La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico. Y además como decía un colega: “Es imposible, todo el mundo sabe que ha desaparecido de Occidente.” Sí, todo el mundo lo sabe, excepto los muertos. Vamos, Rieux sabe tan bien como yo lo que es.

Riux reflexionaba. Por la ventana de su despacho miraba el borde pedregoso del acantilado que encerraba a los lejos la bahía. El cielo, aunque azul, tenía un resplandor mortecino que se iba apagando a medida que avanzaba la tarde.

-Sí Castel -dijo Rieux-, es casi increíble, pero parece que es la peste.”(1947, 34)

Ahí está. Por fin, la denominación del fenómeno que les inquietaba. Camus, en vos del narrador, incluso señala con bastante tino (y para llamar la atención del lector/analista aguzado), la siguiente sentencia: “La palabra “peste” acaba de ser pronunciada por primera vez” (1947, 35).

¿Qué cosas de la vida?, ¿no? ¡Pinche mundo cruel! Tal y como lo expresara U. Eco: “Las civilizaciones avanzan a pasos de cangrejo”. Las sociedades evolucionan en apariencia, pero en las esencias humanas cambian  casi nada, por no decir nada. Tengo que usar la licencia/muletilla “casi nada”, porque si no los psicólogos y biólogos evolucionistas: me tunden de inmediato, duro y bonito. Y pues, ya no estoy en edad para estar soportando esas broncas y además totalmente gratuitas y a todo color.

Pero: ¡vean, señoras y señoras! “Es una sola opinión, damas y caballeros”, como bien lo expresa el standupero Carlos Ballarta. El signo “Peste” camusiano. Ojo con el ejercicio intelectual. Este Signo en cuestión, que al vaciarlo de su significación contextualizada de la posguerra mundial de 1945, y vincularlo (sin permiso de nadie) con los significados posmodernos de actualidad. Uno de inmediato entra en la sorpresa y perplejidad. Sí. Sí. Miren, esto es muy sencillo. El asunto, diáfano: Hoy Vivimos Nuevas Pestes. Estamos rodeados de Nuevas Pestes que no queremos o nos resistimos en denominar. En ponerle nombre pues.

O bien se tiene, en el plano de lo social, cultural, económico, político, distintas manifestaciones de una peste que se impone casi en todos lados. Quizás, solo en los apestosos reales, literales (sin ofender a ningún lector/a) se les exente de este fenómeno.

Para mí, como para otros, para no creerme el Tarzán sin Chita. El lenguaje y su reflexión son claves. La voz cotidiana. El habla del pueblo, que luego los intelectuales y la prensa se apropian de ellos, encierra muchas cosas raras y a la vez muchas netas.

Es verdad. Aquello, que en apariencia y en forma directa, encierran (y dicen) las frases cotidianas. No es tan cierto. Si haces una lectura textual. Te engañas a ti mismo. En realidad, esas frases comunican más de lo que uno piensa. Es decir, al retorcer esas frases cotidianas. Resulta que expresan más verdades, que mentiras. Tienen, tras de ellas, esas cuestiones peligrosas, que por sentido de supervivencia: no se atreve a nombrarlas.

Casi todas aquellas frases, que están implicadas en situaciones comunicativas: de riesgo, conflictos, de apuros, de miedo; en realidad tienen un trasfondo. O dicho de otra forma, en realidad, con un grito seco que no escuchamos, están expresando más allá de lo aparencial.

Esas frases célebres de la comunicación directa y fluida entre los seres de a pie, son a la vez, verdad, hipo verdad, mentiras; o todo ello a la misma vez.

Una frase, lo sabemos; puede tener varias lecturas.

Por ejemplo. Si el ciego ve. Ustedes van a creer que los videntes, ante ciertos hechos gruesos, ustedes pasan a creer que ellos “... nunca hayan visto nada…”.

¿Nunca han visto nada?, ¿seguros?

Nunca han visto nada. Jamás vieron en donde se hizo tal cosa:

  • Ø Un matadero, se seres humanos.
  • Ø Un laboratorio, para procesar las drogas de última generación.
  • Ø Una máquina de matar (dixit Jorge Fernández Méndez), diseñada con tecnologías rústicas.
  • Ø Una morgue ilegal.
  • Ø Unas fosas clandestinas.
  • Ø Un panteón particular.
  • Ø Una sala de tortura.
  • Ø Una Humanoría, donde se produce magma o plasma humano.
  • Ø Una fábrica de cristal.
  • Ø Una fábrica de opiáceos, a la vuelta de la esquina.
  • Ø Una empaquetadora de cannabis, a todas luces.
  • Ø Una surtidora de armas, como pan caliente de las 7 de la noche.
  • Ø Una surtidora de municiones… para armas tan potentes, o superiores a las del ejército.

Ya. Usted sígale, si gusta. Para no espantarlo más. De ahí que la frase Nunca Vimos Nada, dice más cosas que no se atreve a denominar. Como en esa detención (con la que inicié)  que vivió el personaje de Camus, para bautizar La Peste que azotaba ya a toda la Europa Occidental. Así nos pasa a nosotros. Vemos La Peste y le seguimos el juego lingüístico a los mandamases: del famoso no vimos nada.

 

MAYO/JUNIO 2018.