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AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

 

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

 

A propósito de los Foros Escucha, en pos de la pacificación nacional, que ha iniciado el equipo del Presidente electo, la demanda más repetida de las organizaciones civiles y de los especialistas del área, es que se cambien los esquemas con que se han estado viendo y tratando la violencia y la delincuencia, se multipliquen los esfuerzos de prevención y se reconfigure el sistema nacional de justicia. 

La sociedad ya no quiere políticas paliativas, ni gobiernos simuladores enfrentando el problema de la inseguridad. Quiere medidas de fondo y espera que se implementen a la brevedad. Décadas de políticas de reacción y tratamientos parciales solo han agravado la situación. 

Las evidencias del fracaso son múltiples. El número de muertes violentas se ha ido acumulando (ya rebasa los 230 mil), cada año se aumenta el presupuesto para seguridad y termina siendo insuficiente y el delito se ha diversificado y parece que no hay quien pueda detenerlo. Lo que es aún peor, muchos integrantes de las nuevas generaciones están convenciéndose que la vida es así y hasta fincan expectativas de vida a partir de incorporarse a la cadena de la delincuencia.

Para la población está muy claro que la prioridad está en recomponer el tejido social, a partir de una sociedad con más oportunidades de trabajo, de estudio y de recreación. A partir de un Estado fuerte, con poder, sensible e inteligente, que imponga una nueva forma de hacer las cosas. 

La violencia y la delincuencia no se reducen a los actos que dañan a las personas y quiebran las normas de vida social, ni tampoco a los actores que las perpetran. La violencia y la delincuencia son fenómenos mucho más complejos y están anidados en el desorden, la insatisfacción, la carencia de valores positivos y una crónica falta de autoridad en lo público y en lo privado.

La psicología afirma que la violencia puede establecerse como estilo de comportamiento y volverse parte central de un modo de vida, cuando quien la usa obtiene beneficios con bajos costos y quien la padece puede sobrellevarla sin dejar de ser funcional. La ruta se vuelve más fácil en ambientes sociales en que priva el interés individual y la interacción de las personas está desprovista de los valores que afirman la codependencia.

Las condiciones que vive el país, en muchos sentidos y en varias regiones, ha ido tomando esa dirección y eso tiene que acabar. No obstante, son grandes las probabilidades de que se complique si no se actúa estratégicamente.

Por ejemplo, la “guerra contra el narco” no solo ha debilitado a las instituciones y ha desgastado el recurso económico y moral de la sociedad, sino que también ha sembrado algunas semillas, que pudieran perpetuar el problema. Cientos de miles de familias, niñas, niños y adolescentes directa e indirectamente afectados por ella, han sido abandonados por el Estado y dejados “a la buena de dios”. ¿Qué va a pasar con ellos? ¿Qué futuro les espera? ¿Con qué y cómo superarán los efectos de su historia?

Esos niños, niñas y adolescentes han estado creciendo con oportunidades reducidas y prácticamente sin atención profesional de parte de nadie. Muchos de ellos han cursado los años más significativos de su vida en ambientes familiares inestables, careciendo de bienes básicos y viviendo en una atmósfera social de permanente zozobra. Sin que nadie se lo proponga y menos lo quiera, están creciendo con altas probabilidades de repetir la historia que padecen. 

Múltiples investigaciones en psicología social y criminología (p.ej. http://www.scielo.org.co/pdf/crim/v54n2/v54n2a03.pdf) indican que la tendencia a romper con las leyes y adoptar conductas antisociales es más fácil para quienes tienen en su historia personal las siguientes condiciones: 1) Criminalidad parental, 2) Antecedentes de maltrato o abandono y, 3) Violencia familiar. 

Los estudios de perfil psicosocial, de internos en las cárceles de máxima seguridad, revelan que al menos la mitad cumplen con estos tres criterios. El número se eleva considerablemente cuando se incluye como factor el haber crecido en comunidades con altos índices delincuenciales y abuso de sustancias. 

De ahí la importancia de incluir entre las múltiples estrategias de seguridad, políticas integrales de atención para estas poblaciones. No hay que seguir viendo pasivamente como muchos de ellos, después de haber sido víctimas, pueden convertirse en la semilla que perpetua el problema. 

No hay mejor prevención de la violencia y de la delincuencia que formar a la persona para convivir en paz. La educación, el deporte, la cultura, la música y todas las actividades que desdoblan el factor humano tienen que pasar a ser prioridad.

Los gobiernos de las últimas décadas han abordado esto, pero lo han hecho muy superficialmente y las consecuencias no se han dejado esperar. La pacificación nacional exige comprometer un cambio absoluto de paradigma y trabajar la prevención como prioridad. 

La cuarta transformación nacional, que refiere López Obrador, tiene que incluir un cambio de mentalidad en las personas y esa será la tarea más complicada. El primer paso será aumentar la confianza de la población en las instituciones y persuadirla para que se incorpore en todas las tareas.

Si la gente percibe un ejercicio distinto del poder y ve un sistema de justicia eficiente, eficaz y transparente, empezará a recobrar la confianza en sus autoridades y multiplicará sus esfuerzos de bienestar y desarrollo. Si hace eso, estará poniendo su mejor parte para que la pacificación sea cierta y pueda disfrutarla. ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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