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alcaraz ernesto

COLUMNA VERTEBRAL

  

ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

Ninguna novedad que al PRI se le extienda certificado de defunción. Ya en 2000 se publicaron sus exequias. Y como partido de oposición fortaleció las entidades donde gobernaba y mostró su dominio territorial para luego de 12 años recuperar la Presidencia de la República. Pero hoy su representación en los espacios de poder es complicada y adversa. Ni tiene dominio territorial ni representación importante en las cámaras del Congreso de la Unión. Incluso ni en gubernaturas ni en congresos locales.

El PRI en 2012 salió victorioso a costa del mal desempeño de Vicente Fox y al cuestionado ejercicio de Felipe Calderón, y porque López Obrador no estaba en su mejor momento de confianza ciudadana. Peña Nieto ofreció un “Nuevo PRI” y un gobierno eficaz, democrático y moderno. Pero sus mejores exponentes le fallaron. Se hacía presente de nuevo la consigna certera de Luis Donaldo Colosio: “Cuando el gobierno actúa, el PRI resiente”. Quería decir que aparte de que el ejercicio del poder desgasta, el repudio social se acrecienta cuando el despilfarro de los recursos públicos y los actos de corrupción e impunidad es la constante.    

En esa campaña el PRI convocó a la Unidad cuando sus estructuras territoriales estaban sueltas y sus corrientes y grupos políticos imponían su predominio en las  regiones del País, velando siempre por sus intereses. Igual que hoy. Era un PRI libre de ataduras centrales, pero sí de cacicazgos en algunos casos. Se encomendó a los gobernadores que hicieran la faena de conciliación pues había que unirlos y concentrarlos en la aspiración del candidato presidencial.

Ya en el poder Ejecutivo Peña Nieto buscó disciplinarlo y ubicarlo en el ala política de apoyo a sus reformas estructurales. Una estrategia mal diseñada desde el gobierno y una defensa tibia del PRI. Pero al parecer el objetivo se había logrado. Incluso tuvo tal eficacia que convenció a los partidos de mayor peso político y trascendencia social - PAN y PRD – que ante la sorpresa de propios y extraños, construyeron el Pacto por México.

En sus dos primeros años Peña Nieto logró que la izquierda se dividiera y se fraccionara la derecha. Pero todo se vino al traste con los recurrentes actos de corrupción y la ineficacia acreditada en la implementación de algunas políticas públicas surgidas de las reformas estructurales. En tanto que se creía que a López Obrador se le había desplazado como contumaz opositor a las reformas, a la apertura comercial y la contracción del Estado por considerarlas nocivas para la Nación, inició su intenso peregrinar por el País combatiendo las reformas, la corrupción y la impunidad y ofreciendo la austeridad Republicana hasta encontrar el eco social deseado. Esto y la descomposición de los gobiernos locales fue una de las causas de la rebelión del 1 de julio.

El PRI con su candidato José Antonio Meade obtuvo la votación más baja en su historia: 16 por ciento. Casi lo mismo que la aprobación del Presidente Peña. Una aleación que no tiene discusión. Pero vino lo insólito: Sólo ganó 8 diputaciones federales de los trescientos distritos electorales en disputa. Y más preocupante es la integración futura de sus grupos parlamentarios:

Tendrá sólo 13 senadores de los 55 de ahora, y 45 diputados federales contra los 238 actuales. Un sismo de gran magnitud. De 20 gobernadores en 2012, hoy sólo tiene 12. Además, ninguno de ellos tendrá mayoría en sus respectivas cámaras estatales. Así su crisis representativa no puede superar el desánimo y desaliento por los resultados.  

Si no fuera suficiente, su futuro será más incierto si se concretan los nombramientos de Coordinador Estatal de Desarrollo en los estados, y el anuncio de René Bejarano de subcoordinadores en los Municipios y en los 300 distritos que conforma el territorio electoral nacional. Serían gobiernos sitiados por la interferencia de estas figuras administrativas y con la clara intención de predominio político – electoral en sus territorios.  Así, el panorama para el PRI y para los demás partidos es complejo.

Ante el déficit social, la falta de control de los gobernadores y el distanciamiento con el poder económico se pusieron los cubiertos en la mesa de la alternancia. Sólo faltaba saber el color de los manteles. E intuitivo que es, López Obrador reforzó su peregrinar por el País hasta convertirse en el aspirante más popular y que más adeptos sumaba en las comunidades de las distintas regiones. Así se terminó por diseñar los lienzos protectores de color guinda.  

            Y podemos seguir con errores, pifias y actos de soberbia difundidos en los últimos cuatro años de gobierno. La realidad es que nunca se entendió que el control político no se da por decreto. No se supo medir el impacto electoral ante el deterioro gubernamental y el extravío de la Clase Política Nacional.

Este dolor de cabeza del PRI pudiera convertirse en “migraña” si se concreta la posibilidad del desprendimiento de sus militantes en apoyo al nuevo gobierno. Porque es sabido que el poder presidencial, a la vez que facilita opciones, absorbe legiones. Y conociendo el poder de seducción y atracción demostrado por López Obrador – ya Presidente Electo - se advierte una desbandada del priísmo nacional.

El PRI tiene apenas tres años para pasar de un partido minoritario a otro competitivo. La reflexión debe ir desde la pérdida de identidad y pertenencia de su militancia, la nula influencia política y social de sus estructuras territoriales y el rechazo a la Clase Política por la forma en que se conduce. ¡Sí, el PRI se encuentra en una severa crisis!