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AMBROCIO MOJARDIN
VISOR SOCIAL
AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ


De frente a lo que, en términos de inseguridad y delincuencia, vive nuestro estado y nuestro país, lo menos que debemos hacer es mantenernos contemplativos. El problema es cada vez más complejo y la solución está cada vez más alejada de la operación exclusiva de las fuerzas públicas, que obliga a pensar salidas diversas.

Una de ellas es incrementar la contribución de instituciones como la escuela. Con todo y las carencias que puedan tener, las escuelas siguen siendo el espacio social con más potencial en el ramo. Atienden a todos los grupos sociales y en los diferentes grupos de edad. Además, el tiempo de contacto concentrado que mantienen con sus estudiantes es el más grande que cualquier institución puede tener.

Para que su contribución en la construcción de paz sea la que se necesita, deben empezar por hacer que sus estudiantes reconozcan el conflicto y exploren formas pacíficas y viables para resolverlos. Entre otras tareas inevitables, la escuela debe atender al menos las siguientes tres condiciones:

Promover conciencia en el alumnado de que el conflicto es un fenómeno inherente a la convivencia humana. El alumnado debe comprender que el conflicto surge del contraste de dos o más posiciones aparentemente incompatibles; que su origen está en el tratamiento inadecuado de las diferencias y que el peor error es asumir que la razón está solo de un lado.

Las escuelas tienen que instalar y promover acciones para que sus integrantes (alumnos y profesores) identifiquen, enfrenten y resuelvan conflictos de manera pacífica. Por todos los medios posibles, la escuela debe asegurar que el estudiantado eleve su nivel de conciencia sobre “sí mismo” y el “otro”. Además, por todos los medios que le sean propios, desarrollar habilidades como la escucha, la tolerancia y la empatía; valores como el respeto y la solidaridad y actitudes como la cooperación y la misericordia (compasión por el dolor ajeno).

Una condición interna que le facilitará esta tarea será contar con marcos normativos puntuales y claros y un sistema de reconocimientos que mantenga la motivación y la identidad escolar.

Entrenar para evitar el conflicto violento. La solución de conflictos es una tarea que supone la identificación de la posición propia y la de los demás. Los argumentos que se ofrecen y la evidencia con que se acompañan estos, son un recurso que disminuye la necesidad de la violencia.

La escuela debe capacitar a sus estudiantes para que expongan sus posiciones y las defiendan, teniendo en cuenta que la contraparte también tiene la suya. De diferentes formas, el espacio escolar tiene que incentivar en las y los estudiantes la capacidad para escuchar con atención y a actuar con responsabilidad frente al desacuerdo.

Compromiso con la solución pacífica del desacuerdo. La convivencia pacífica se construye con el dominio de habilidades, conocimientos y actitudes. Resolver los conflictos de manera pacífica toma más tiempo, supone mayor sacrificio de las partes, pero termina siendo más productivo.

La escuela tiene que desincentivar las tendencias a usar la violencia como medio para resolver los conflictos, ofreciendo reconocimiento y aprecio por los que recurren al diálogo o la mediación. Entre sus actividades cotidianas, debe impulsar aquellas que desarrollen habilidades como la escucha activa y la comunicación asertiva; actitudes como la tolerancia, la competencia respetuosa y la colaboración; así como los valores de respeto y misericordia (compasión por el dolor del otro).

No obstante esto, es muy importante reconocer que la tarea se complica conforme la edad del estudiantado aumenta. En el nivel medio y medio superior (el centro de la adolescencia) las y los estudiantes tienen una gran sensibilidad por la influencia de los iguales y permanentemente buscan oportunidades para experimentar las capacidades que van adquiriendo.

En esos niveles educativos, con cada experiencia, los estudiantes quieren confirmar su identidad y demostrar que pueden correr riesgos. Por eso, fácilmente aceptan la violencia como respuesta a lo que consideran amenaza, o la usan como recurso para exhibir lo que suponen es fortaleza.

En esta etapa, las y los adolescentes cuestionan hasta sus propios valores y normas; se empecinan por demostrar inteligencia y resistencia a las presiones, a tal grado que pueden ver en la agresión una salida válida. Por eso, darles oportunidades de vivir y resolver conflictos en ambientes institucionalizados y con supervisión resulta muy formativo.

La investigación en psicología social indica que si la escuela les da oportunidad de conocer y practicar las habilidades, valores y actitudes de paz, de forma independiente y en grupo, siguiendo una regulación institucional, los estudiantes terminan aceptándolas e incorporándolas a su vida cotidiana. La escuela puede ser ese recurso social que se necesita para empezar una nueva etapa de la vida social.

Es un asunto de implementación, que ha dado resultados y que puede ser útil para nuestro contexto. La única condición que reclama es la de la voluntad e involucramiento de la totalidad de su comunidad. Nada sencillo, pero vale la pena. ¿O usted qué opina?


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