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ARTURO SANTAMARIA
ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ


Es un lugar común en los estudios políticos saber y decir que en la política nadie ni nada es impoluto. Y esto es así porque la sociedad es extraordinariamente diversa y compleja, y en ella siempre habrá diferentes maneras de ver al mundo. Es decir, usted, yo, ellos, nosotros podemos ver congruencia y limpieza en la trayectoria de un individuo o de un colectivo, que los hay, pero otros no. Nuestras creencias de diferente índole nos harán interpretar una realidad de otra manera. Por esto, de manera inevitable, siempre habrá alguien que vea el pecado en el otro y no en el propio.

Además, por si fuera poco, todos los seres humanos, unos más otros menos, somos imperfectos, y siendo como tales no hay manera de evitar los errores. Y los errores se ven más que las virtudes.

Así, pues, en política, no hay nadie sin mancha, sin contradicciones. Ahora bien, hay de manchas a manchas y de contradicciones a contradicciones, claro, siempre vistas desde un punto de vista. El contexto histórico y social, la coyuntura, el debate, la propaganda y la capacidad persuasiva, entre otras cosas, de quienes contiendan en política las magnificará a o las minimizará.

Si el análisis de lo político es extraordinariamente difícil que sea objetivo, una postura política es totalmente subjetiva, partidaria, parcial.

Pero, además de que el partidarismo es inevitable en la política, cuando la lucha por el poder- objetivo principal de la política, al margen de para qué se quiera- es intensa, la subjetividad y las pasiones cobran mayores alturas. En el mundo, y no tan sólo en México, esa lucha y particularmente la electoral, es cada vez más intensa, incluso enconada. Y esto es así, porque, salvo raras excepciones, las sociedades se están polarizando debido a la cada vez mayor concentración de la riqueza en pocas manos, la disminución del ingreso y/o el salario, el debilitamiento del ascenso social, aumento del desempleo y casi siempre con ellos aumento de la violencia y la inseguridad.

México, nos dice un análisis reciente del Centro de Estudio Espinoza Yglesias, del que nadie podrá acusar de “chairo” o cualquier descalificación que se le parezca, que siete de cada 10 mexicanos que nacieron pobres así permanecerán y que el ingreso de los pobres cayó 20 por ciento, así como el de las clases medias y una capa de las altas 18 por ciento en las dos últimas décadas.

Estos 20 años corresponden justamente a la segunda etapa- Fox, Calderón y Peña- de la implantación de un modelo económico crecientemente desigual y excluyente.

Esta política económica ha contribuido decididamente a crear las condiciones sociales para el aumento de la delincuencia, la violencia, la corrupción y la impunidad. Debido a esas realidades las mayorías mexicanas buscan un giro enérgico a esa situación. Por eso, al menos hasta el momento, las mayorías votantes le dan la espalda al PRI y al PAN que han dirigido el modelo económico y social durante los últimos 30 años favoreciendo en los fundamental a tan sólo el 10 por ciento más rico de la sociedad y todavía más al 1 por ciento inmensamente rico de esa décima parte de la sociedad mexicana.

Ante este contexto, quienes dirijan al gobierno los próximos seis años, si tienen una visión amplia de Nación y Estado, deberán reducir las enormes desigualdades económicas y sociales, además de enfrentar real y visiblemente a la corrupción y la impunidad.

Esta necesidad histórica la deben entender también las élites económicas, ellas también deben tener una visión incluyente y democrática de la Nación y el Estado. No pueden limitarse a invertir capital y a crear organizaciones filantrópicas porque estas no son más que paliativos a grandes males. Esas elites deben entender que ya no se les puede seguir beneficiando tan marcadamente como ha sucedido en las tres últimas décadas. Deben cooperar con una nueva política económica y con una nueva visión de Nación y Estado. Si se resisten nada más estarán abonando a una mayor descomposición social que nos afectará a todos, incluyendo a ellos, por más poderosos que sean.

Para ese gran cambio no tan sólo se necesita un Ejecutivo diferente sino que también los otros dos poderes tengan una renovada visión de Estado.

Aquí, el papel de los diputados y senadores será clave. Así que los legisladores que elijamos en Sinaloa podrán contribuir a ese cambio o ser un obstáculo.

Además de la capacidad la honradez será determinante. En el pasado debate de los candidatos a senadores que representarán a la Nación a través de Sinaloa, vimos como todos se acusaban mutuamente de actividades por lo menos dudosas. Y si las hay, la mayorías ciudadanas sabrán sopesarlas, sabrán decidir cuáles son más dañinas o si son poco trascendentales o definitivamente falsas.

En Sinaloa, sólo hay dos candidatos que cuentan sólo con el apoyo de ciudadanos, con partido o sin partido, y no de organismos corporativos ya sean sindicales, institucionales, gubernamentales o empresariales: Rubén Rocha y Manuel Clouthier. Rocha a través de Morena y Clouthier como candidato independiente. Cuén se sostiene básicamente con el control corporativo, absolutamente ilegal, de la UAS, y el PRI con el sostén de los sindicatos oficiales, el gobierno estatal y la mayoría de los municipales, así como de los organismos empresariales.

Esa gran diferencia determina muchas posibilidades de cambio y rectitud en la Cámara de Senadores.

Lo único cierto es que necesitamos políticos con la menor cantidad de manchas posibles, capaces y verdaderamente comprometidos con la lucha por la redefinición de la Nación y el Estado.

Pocas oportunidades hemos tenido en México para así hacerlo. No la perdamos.

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