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OSWALDO DEL CASTILLO
CORTOS REFLEXIVOS

OSWALDO CASTILLO CARRANZA
2018: LA LUCHA

¿Quién no desea pelear cuando te quitan lo más valioso que tienes?, ¿quién no odia o profiere maldiciones cuando ves la injusticia por doquier? De lo anterior se puede hablar y escribir cuánto queramos, pero aquí el asunto es ver la otra cara de la moneda, esa que se nos esconde con la falta de valor, esa que nos avergüenza y no queremos pronunciar. Vivir enfrentados unos con otros y generar los disgustos que nos dañan más que cualquier otra cosa, es estar a punto de una enfermedad terminal. He observado que a muchas personas les gusta más estar enfrentados, que estar reconciliados y es que cuando uno sigue enfrentado encontramos una forma más vulgar de sentirnos satisfechos, de sentirnos poderosos, de sabernos únicos. Esos sentires humanos producto de la incompleta hechura humana, nos ha llevado por siglos a vivir con algunos faltantes en nuestra persona: sentirnos incompletos es este asunto de no sentir que merecemos. Y la duda hace el trabajo restante; vivir frustrados. Estoy completamente de acuerdo que los seres humanos nunca llegaremos a estar verdaderamente completos y es que para sentirnos completos debemos dar cuenta de nuestra propia naturaleza, esa que cambia cada noche para ser diferente cada mañana. Esa que se trasforma a la luz del día y continúa en la noche en la plena aceptación del cambio diario. Ir dejando el egoísmo ya crecido por las experiencias de la vida y de los aprendizajes de cada día. Buscar reconciliarse cuando se tiene un espíritu sensible, obligadamente se necesita de un desarrollo espiritual que auxilie en el proceso de cambio. La reconciliación es todo un proceso que requiere de la fuerza del creador. México necesita de reconciliarse, primeramente con su pasado histórico, para luego entonces con cada temporalidad que ha vivido los cambios que nos han llevado al disgusto interno. La reconciliación no se trata de adquirir lo que no se tiene, sino más bien equilibrar las emociones que se tienen y que no encuentran sosiego alguno. Reconciliarse es estar bien con todo y con todos, pero principalmente con uno mismo. Reconciliarse no es dejar de luchar, sino todo lo contrario, es una lucha permanente donde no existe la tregua. Reconciliarse es perdonarse, es amarse, es entenderse, es comprenderse, pero más que todo, es aceptarse tal como somos. Sin pretender cambiar al otro en nada, simplemente aceptarlo como es. Reconciliarse no es creer o no creer, simplemente es aceptar. La parte más difícil en una reconciliación es dar cuenta de la inmadurez personal con la que hemos vivido siempre, es dar cuenta de nuestra imaginación volátil y soñadora que hace de cualquier cosa o evento, un ídolo o un símbolo, para luego tratar de derrumbarlo con otro imaginario igual de inmaduro que el primero. Por lo tanto, la reconciliación es perdonarse y aceptar la naturaleza exacta de cada acto que realizo, saberse en la imperfección es luchar para cambiar aquello que podemos cambiar. Contando con el valor necesario para cambiarlo. Así sea.

FELICIDADES A TODOS LOS NIÑOS DEL MUNDO.

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