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AMBROCIO MOJARDIN
VISOR SOCIAL

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

Usted estará de acuerdo en que cada vez es más complicado entablar y sostener la conversación con las y los hijos adolescentes, aunque sea por pocos minutos. Algo pasa con ellos, que la posibilidad de mantenerlos concentrados en un intercambio de ideas, e información con análisis, es prácticamente imposible.

Sus conversaciones son cortas, descriptivas, de vocabulario restringido y aparentan estar muy cargadas de emociones. A tal grado, que les resulta difícil no incluir palabras altisonantes y dar entonaciones atípicamente elevadas a lo que platican.

El efecto de ello es múltiple. La parte más negativa es que nos vemos limitados para entender lo que sienten, lo que piensan o lo que quieren; limitados para comprenderles y acompañarles, que son tarea básica de la crianza. ¿Qué está pasando? ¿Acaso esas limitaciones son propias de la etapa de desarrollo en que se encuentran?

No. La psicología establece que en la adolescencia las personas cuentan con habilidades sociales y cognitivas suficientes como para tener interlocuciones extensas y de contenidos complejos. Su pensamiento ya puede construir hipótesis y resolverlas mentalmente.

Estudios recientes de la Unidad de Pediatría y Adolescencia del Centro Médico de Boston sugieren que las y los adolescentes tienen subdesarrollo en habilidades para la interlocución, debido a la carencia de modelos eficientes y constructivos. Un efecto combinado de los tiempos reducidos que tienen los adultos para dialogar con ellos y el uso creciente de dispositivos electrónicos que les resuelven las necesidades primarias de comunicación.

Los adolescentes de hoy no tienen carencias estructurales que justifiquen su limitada habilidad para conversar intercambiando ideas y argumentos. Las evaluaciones individuales, que ayudan a conocer rasgos de personalidad, preferencias, habilidades cognitivas y recursos para la comunicación, han dejado claro que ahí no está la carencia.

Tampoco en el terreno de sus expectativas de contacto social significativo (el que da satisfacciones y consolida afectos). Los estudios en referencia encontraron que las y los adolescentes reconocen su necesidad de convivir con los adultos, solo que no la declaran abiertamente porque el uso del celular, la computadora, o la tableta la mitigan.

La necesidad en ellos existe, pero no la declaran abiertamente y las madres y los padres no logramos detectarla. Así, pocas veces, o nunca, encuentran en el seno familiar la oportunidad para conversar, ser escuchados, conocer y valorar argumentos, diferir o coincidir en percepciones.

No es, por tanto, extraño que en sus habilidades y tendencias de convivencia la expresión verbal sea limitada. No es raro que sus discursos sean más de descripción que de análisis; que sus pláticas estén nutridas de emociones, más que de razones.

La psicología y la pedagogía ven en la convivencia familiar, que incluye la conversación abierta, flexible y tolerante, un recurso educativo de amplios beneficios. Cuando un niño o un adolescente vive eso, nutre su lenguaje, incrementa su vocabulario, eleva la seguridad en sí mismo y multiplica sus oportunidades de éxito en la interacción social.

Hay que tomar en cuenta, que según la psicología, por lo menos el 40 por ciento del repertorio lingüístico de los niños y los adolescentes coincide con el de las personas del primer círculo en que convive. Un porcentaje que se incrementa de manera significativa cuando se tiene la práctica de conversación intencionada.

Cuando hay conversación familiar, o de padre-hijo, los participantes se conocen mejor entre sí, aprenden a regular su comportamiento de acuerdo con las normas compartidas y desarrollan habilidades para expresar sus emociones de forma apropiada. De ello reciben el entrenamiento que más tarde asegurará interacciones positivas con otras personas y en otros ambientes.

Está comprobado que los adolescentes con más popularidad en sus escuelas y los de mayor estabilidad emocional, provienen de familias donde la comunicación es abierta y la interacción es respetuosa. Además las personas que menos usan el lenguaje altisonante son las que conocen más formas de decir las cosas y mejor regulan sus emociones.

Por ello, muchos especialistas en desarrollo humano concentran sus esfuerzos en lograr que las familias tengan buenas formas de comunicación. Una de sus primeras estrategias es instalar la práctica de conversación planeada entre padres e hijos.

En algunos países del mundo (p.ej. Suecia y Canadá) las escuelas tienen como actividad obligatoria eventos periódicos para el análisis de temas donde el invitado especial es un padre o una madre de familia. Como complemento, eliminaron las tareas escolares tradicionales y las sustituyeron por reportes cortos, en los que las y los alumnos informan sobre el contenido de la conversación que tuvieron con sus padres o hermanos, por un periodo no menor a media hora.

En pocos años, esa práctica ha dado como resultado personas con mayor habilidad para conversar, para convivir y para trabajar en equipo. Amén de los efectos positivos que ha traído a la integración familiar.

En nuestro medio, cosas como estas están siendo cada día más necesarias. Podemos empezar con el incremento paulatino del tiempo que dedicamos a platicar con nuestras y nuestros hijos e ir adquiriendo nuevas prácticas familiares de conversación. Eso les ayudará a superar las carencias que hasta hoy pueden reconocerse en ellos. Seguramente el beneficio no solo será para ellos, también será a favor de los círculos en que convive. ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.