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JUAN ALFONSO MEJIA
KRATOS

JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

Hoy en la noche tendrá lugar el primero de tres debates a desarrollarse entre los aspirantes a la Presidencia de la República. La sede será el Palacio de Minería en la Ciudad de México. El tema es política y gobierno, dividido en tres bloques: seguridad y violencia, combate a la corrupción e impunidad y, democracia, pluralismo y grupos en situación de vulnerabilidad.

Están convocados los cinco aspirantes a la Presidencia, ¿qué tan importante resulta este ejercicio para el global de la elección, en momentos donde la sensación de victoria de parte del puntero pareciera ser definitiva? Encuentro por lo menos tres razones para considerarlo de máximo interés para cualquiera de los bandos que se dibujan ya en el electorado: a favor o en contra de la victoria de Andrés Manuel López Obrador.

Resulta imposible mantenerse indiferente ante este tipo de ejercicio, la historia así lo evidencia. A partir de la elección de 1994, los debates se han vuelto una constante. Con mayor o con menor rigidez, pero desde entonces forman parte de la ruta para la toma de decisión. Ahora bien, qué tanto influyen en la definición del electorado o qué tanto es sólo parte de la mediatización del ejercicio democrático en México, es algo que todavía genera diferencias.

Propios y extraños aún recuerdan la forma en que Diego Fernández de Cevallos destronó a sus opositores, pero no ganó la elección. Algunos aseguran que se debió a dudas al interior del equipo del “Jefe” Diego, otros creen que ganar un debate no te asegura ganar la elección. En todo caso, no pasa desapercibido, tiene un alto ingrediente estratégico para la toma de decisiones.

Los expertos ven en el debate del 2006, un antes y un después. La negativa de AMLO de asistir al debate presidencial, si bien no le valió perder la Presidencia, sí fue uno de esos yerros innecesarios que terminaron por desbarrancarlo. Quién no recuerda ese atrio vacío que durante dos horas y en cadena nacional, pintaba de cuerpo entero al candidato de “la izquierda” y su negativa a debatir.

A diferencia del pasado, las redes sociales son ingrediente adicional a considerar. De acuerdo a la encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) elaborada por el INEGI en 2017, 71.3 millones de mexicanos están conectados a internet. El grupo poblacional con mayor proporción de usuarios de internet se encuentra entre los 18 y 34 años de edad.

Si tomamos en cuenta que este grupo representa poco más de la quinta parte de la lista nominal de electores, entonces se convierten en un codiciado sector para cualquiera de los aspirantes a ocupar la silla presidencial. Si es verdad que los jóvenes muy probablemente no vean el debate, es poco probable que sean indiferentes a las posibles réplicas que habrá sobre el mismo en las redes sociales. Se enterarán, sí o sí.

Ricardo Anaya es el candidato que más se juega en este encuentro. Hasta el momento, su candidatura ha resultado una decepción. De la misma forma en que sorprendió al hacerse con la candidatura, “haiga sido como haiga sido”, ha decepcionado por su falta de contundencia. Hoy puede ser un día para cambiar esa historia o bien, el día en que el futuro ya no vendrá.

Particular interés genera la forma en que se posicionará frente a José Antonio Meade, el candidato de Peña Nieto. Meade insiste en que él toda vía puede, a pesar de que los números y su falta de histrionismo digan todo lo contrario. Se quiere presentar como un “fajador”, ahora dice “yo mero” y mienta madres en los mítines de acarreados de su partido. Nadie duda de la elocuencia de Anaya, pero lo cierto es que no conecta. El debate es un formato que le va bien, pero se enfrentará a un funcionario conocedor (Meade), un político experimentado (AMLO) y dos candidatos que buscarán acabarlo a como dé lugar (El Bronco y Margarita).

De lograr imponerse, la forma en que lo haga no es menor. Si logra sepultar a Meade, debe hacerlo de manera que los priistas se sientan ilesos y seguros en caso de “tener que votar por él”; mientras El Bronco le hará el juego a Meade, confrontando a Anaya y buscando confrontar a AMLO, Margarita le tiene un genuino rencor.

La esencia de las democracias está en el debate. La posibilidad de disentir, la expresión de nuestras sanas diferencias y el intercambio entre distintos, fortalece al régimen de libertades. No es teoría ni precepto filosófico, es el ejercicio cotidiano del poder cuando la aniquilación del contrario no forma parte de ningún arreglo. Lejos de ello, sólo construyes comunidad entre distintos. El ejercicio que presenciaremos esta noche dirá mucho de las posibilidades de México después del 1 de julio, porque hay un después.

Que así sea.


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