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AMBROCIO MOJARDIN
VISOR SOCIAL

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

¿Es usted de las personas insatisfechas con el ambiente social que vivimos y está molesto por la forma en que se atiende? Déjeme decirle que no está solo. La gran mayoría de la gente está en su misma condición, deseando que las cosas cambien y poder vivir en paz.

El Semáforo Delictivo reporta que los delitos de alto impacto, tanto como los delitos sociofamiliares volvieron a incrementarse el mes pasado. La baja que presentaron muchos de ellos en el mes anterior, no pudo sostenerse.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2017 reportó que el 75 por ciento de la población de nuestro estado se siente vulnerable frente a las acciones de la delincuencia; su confianza en que la autoridad les proteja fue menor a previas evaluaciones.

Como alternativa, la gran mayoría de las personas declaran su preferencia en tomar medidas de autoprotección, que esperar a que los aparatos de Estado les cuiden. ¿Será esa la alternativa? ¿Así cambiarán las cosas? ¿Con ella viviremos mejor?

Quizá no. La sociedad necesita que el Estado cumpla con esa obligación y se aplique para asegurarle la paz que merece. Es de él la responsabilidad y tiene que seguir buscando las mejores formas para lograrlo.

Mientras eso sucede- una ruta que ya ha sido demasiado larga, la pregunta es ¿qué puede hacer la sociedad para ir avanzando?

Una forma que puede ser promisoria y de bajo costo es haciendo lo que nos toca; cuidando que nuestras acciones no permitan y mucho menos promuevan, los comportamientos que nos están dañando. Es muy incómodo, pero debemos aceptar que muchos de ellos se dan porque los provocamos, los permitimos y a veces hasta los incentivamos.

Muchos estudios científicos coinciden en que las conductas antisociales que nos tienen contra la pared son resultado de muchísimos factores combinados, pero el que nunca falta es la tolerancia excesiva y hasta la complacencia con ellas. Prácticamente todos los especialistas del área afirman que los grandes delitos empiezan con pequeñas faltas a las normas; que los delincuentes más peligrosos inician su carrera con conductas ilegales sencillas; que el desprecio por el dolor ajeno se cultiva en los espacios más íntimos.

Si esto es así, nuestra contribución para solucionar el problema puede ser mucho mayor que la que imaginamos. Podemos empezar cuidando que en nuestros espacios de convivencia no se presenten esas conductas y si lo hacen, estemos preparados para enfrentarlas y erradicarlas.

Por ejemplo,, una manifestación de violencia que ha sido “traída y llevada” pero poco valorada con profundidad es el bullying escolar. Sus efectos de corto y largo plazo son tan graves, que tanto las víctimas, como los agresores ponen en riesgo su estabilidad socioemocional y hasta la vida.

Las medidas que han tomado las autoridades para desincentivarlo han sido variadas, pero parecen no estar teniendo el efecto esperado. Los patios de recreo y todos los espacios donde hay interacción masiva de estudiantes, siguen siendo escenario donde ese problema se presenta.

Las y los profesores ya no hayan qué hacer porque en el intento de corregir esas conductas, muchos han encontrado amenazas y hasta agresiones graves. Aquellos niños o jóvenes que cometen bullying parecen no tener un obstáculo para hacerlas. ¿Será que es imposible corregirlos?

No, no es imposible, aunque sí muy complicado. La investigación dice que la principal razón por la que estas personas son agresivas y disfrutan de abusar de otras está asociada a una trayectoria familiar y comunitaria de abusos, de maltratos y de negligencia. Esas y esos estudiantes acosadores y abusivos provienen de padres con los que tienen poca y mala comunicación.

Lo que hacen con los demás no es más que repetir lo que viven en sus espacios más íntimos de vida. Por ello, aunque se apliquen leyes estrictas para castigarlos, sin asegurar cambios en los ambientes en los que lo aprendieron, poco o nada va a cambiar.

El problema podrá disminuir y desaparecer, principalmente si las madres y los padres de esos niños comprenden y aceptan cambiar las cosas que lo están provocando. Empezando por eliminar la violencia entre ellos y mejorando las formas en que se comunican.

En el momento que eso suceda, las cosas pueden ser diferentes. No hay, ni habrá autoridad suficiente para acabar con el bullying si los ambientes de familia que lo causan siguen presentes. No desaparecerá, por más inversiones que se hagan para atacarlo, si sigue habiendo niñas y niños abusados, que sienten la necesidad de ejercer poder contra los débiles para sentirse bien, seguirán problemas como éste.

Si disminuirá y tenderá a desaparecer si las madres y los padres entendemos cómo eliminar sus causas y cómo corregir cuando se presenta. Cuando esto suceda, las autoridades escolares no lo tendrán entre sus preocupaciones y los ambientes para el aprendizaje serán mucho más positivos. La actuación de la autoridad pública será mucho menos necesaria y muchos de los efectos de largo plazo, que derivan de este fenómeno, ya no serán preocupación social. Con pequeños cambios se obtendrían grandes logros ¿O, usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.