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JUAN ALFONSO MEJIA

KRATOS

JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

 

El próximo 1 de julio está en juego la forma en que las y los mexicanos entendemos el poder democrático en el seno de nuestra sociedad. Por encima de una elección en la que se convoca a más de 88 millones de mexicanos, cifra récord en nuestra democracia electoral y donde la disputa será mayor a 3 mil 600 posiciones a lo largo y ancho del territorio nacional, lo que está a debate es el mandato para el cual serán electos.

La sola realización de elecciones es sin duda importante, pero a todas luces insuficiente. La calidad de las democracias contemporáneas se mide por las garantías que ofrecen sus gobernantes a la hora de rendir cuentas a los ciudadanos. El proceso, y no sólo el resultado de la elección, robustece el actuar de los futuros representantes y servidores públicos. Que los controles democráticos necesarios se activen depende de una ciudadanía vigorosa y activa, no de los gobernantes en turno.

Mientras la calidad de las democracias en el mundo se mide por sus controles democráticos, la solidez de las mismas depende de la fortaleza de su sociedad civil. 

López Obrador desconfía de la sociedad civil. Lo dijo él mismo en un programa televisivo en Milenio TV. No se le sacó de contexto ni se le parafraseó. Él mismo lo subrayó: “Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”. Su postura no me sorprende, lo interesante es que lo reconozca. En realidad, AMLO se parece demasiado a lo que dice querer cambiar. 

Los políticos mexicanos no lo saben pero, México no forma parte de ningún botín. Es importante recordárselos. Como lo expresamos múltiples organizaciones ciudadanas en un desplegado esta semana, “desconfiar de la sociedad civil equivale a despreciar la voluntad e iniciativa de hombres y mujeres que no que quedan pasivos ante la injusticia, la opacidad, el mal gobierno o la desigualdad”. 

Suponer que sólo al Gobierno le compete tomar decisiones, sin la participación ciudadana, es una peligrosa ingenuidad de la cual peca la amplia mayoría de la clase política de este país, sin distingo partidario. Pero, ¿qué es exactamente lo que no entienden que “no entienden”?

Quienes nos interesamos en lo público desde la sociedad civil, no compartimos la posición de aquellos funcionarios y miembros de la clase política que, teniendo un grave déficit de legitimidad en sí mismos, parecen interesados en desacreditar la crítica, desmontar el control democrático y estrangular a quien monitorea, estudia los problemas y sus soluciones, y les impide un protagonismo autoritario y univocal.

En una democracia en pleno proceso de consolidación, la participación ciudadana es de vital importancia para que las instituciones funcionen. 

En el México del Siglo 21, las organizaciones civiles están llamadas a participar en el cambio que proponen a través del diagnóstico, la propuesta, el monitoreo y el ajuste, y de emplazar a los funcionarios e instituciones a escuchar posibles soluciones, entregar información y rendir cuentas; sin dejar por ello de corresponsabilizarse con el debido proceso.

El dinamismo que la democracia mexicana requiere después del 1 de julio, porque hay un después, nos impulsa a abandonar un papel de contorno o de simples invitados de piedra. Las soluciones a nuestros desafíos se descubren en el diálogo y la colaboración activa entre sociedad civil y nuestros representantes en las estructuras formales del Estado. Gane quien gane. 

Se teme lo que se desconoce. Quizás sea sólo eso, desconocimiento. Aún quedan 80 días de campaña y, múltiples eventos realizados por organizaciones y foros ciudadanos a donde todos los candidatos están siendo convocados. Hasta ahora, AMLO no ha asistido o confirmado ninguno. 

Tanto él como el resto de los candidatos están a tiempo de hacernos ver si su forma de entender el poder, su lógica de controles democráticas y de la integración de esta parte del México que dicen querer gobernar. 

Después de todo, la solidez de las democracias contemporáneas se mide por la fortaleza de su sociedad civil. 

Que así sea. 

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