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AMBROCIO MOJARDIN
VISOR SOCIAL
AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ


Estamos en plenas campañas electorales y, de distintas maneras, invadidos por propaganda que busca convencernos de la dirección de nuestro voto. Ahora, como en todas las elecciones pasadas, el mensaje más repetido es el del cambio y la promesa más común es la de mejorar las condiciones de vida de la población. ¿Por qué ese discurso y con esas direcciones? ¿Qué tanto crédito podemos darle y qué tan útil puede ser en la práctica?

No se necesita pensar mucho para entender que los mensajes de campaña hacen referencia al cambio, porque las cosas andan muy mal en innumerables aspectos de la vida. Las y los candidatos saben que la población está muy insatisfecha y buscan generar coincidencia con ella, aunque tengan poco qué ofrecerle.

La economía es endeble para la gran mayoría de los mexicanos. Aunque se trabaje a diario y se tenga más de una fuente legal de ingresos, el nivel de vida de gran parte de la población es muy bajo.

La salud es un derecho cada vez más difícil de gozar con plenitud. Hay pocos hospitales públicos y sus servicios no están a la altura de la demanda. Miles de personas, buscando solución a sus enfermedades reciben malos tratos y servicios deficientes.

La educación, en todos los niveles, pero en especial el de básica, cursa por un abandono crónico que se refleja en baja calidad y desencanto social. Sus contenidos, particularmente los que preparan para la vida colectiva, son superficiales y continuamente se descalifica como medio efectivo para la movilidad social.

La seguridad pública tiene décadas en crisis, consumiendo grandes cantidades del presupuesto social y generando ambientes de zozobra y desconfianza, sin ofrecer un horizonte cierto, ni siquiera a mediano plazo. De las conductas delictivas no sancionadas se están consolidando comportamientos sociales y formas de pensamiento, que encadenan para un futuro desalentador.

En general, las oportunidades de mejores niveles de vida se limitan cada día y la población ya lo asumió como motivación básica para su comportamiento político electoral. Pocas posibilidades hay de que al votar avalen lo que se lee como continuidad de lo que se vive.

Los políticos saben esto, por eso les resulta inevitable construir discursos que comprometen cambio. Suponen que así ganarán la simpatía del electorado y probablemente lo logren, pero ¿eso llevará al cambio que se necesita y se quiere?

La respuesta más segura es negativa. Los problemas que se viven son crónicos y es muy complicado como para que los candidatos y sus grupos tengan la solución en el nivel deseado.

De algunos nada se puede esperar porque su interés no es de servicio público, sino de mejora personal y grupal; sus trayectorias las delata. Aunque presuman grandes perfiles y equipos llamativos, lo que harán por el desarrollo social será secundario; se concentrarán en sus negocios y los de sus “asociados”.

De otros se puede esperar poco, aunque sus perfiles y trayectorias sean más congruentes con la expectativa y necesidad social. Sus intenciones concentran el ejercicio público en el gobierno y dan poco crédito a la incorporación ciudadana y la acción efectiva de los sectores para la gran toma de decisiones.

Hay otros que por ofrecer buenas trayectorias personales y profesionales, combinadas con equipo aceptable y buenas propuestas, pudieran resultar más atractivos. Sin embargo, aún de ellos se pueden esperar limitaciones importantes.

La complejidad de los problemas reclama mucho más que buenos servidores públicos, demanda participación ciudadana efectiva.

Quien gane tendrá que delinear una ruta en la que las soluciones sean primero de fondo y luego de forma; tendrá que ir a las causas, más que a las consecuencias.

En su estilo de gobierno tendrá que asegurar más apertura a la participación de la sociedad y promover la representación objetiva de los intereses colectivos.
 
La concentración de las decisiones en élites, como sucede hoy, tendrá que evolucionar a decisiones más democráticas. Así no sirven, su herencia ha sido de corrupción y de definición de marcos legales, que protegen más los intereses de pequeños sectores, que los de las mayorías.
 
Por eso, junto a la decisión electoral que vayamos perfilando, tenemos que prepararnos para elevar el nivel de nuestra participación en los asuntos públicos. Quien quiera que sea electo cursará por limitaciones que solo pueden superarse con procesos participativos de la población.
 
No es una alternativa fácil porque por décadas hemos ido asumiendo que los asuntos públicos le tocan al Gobierno y nuestra voluntad para involucrarnos es muy incipiente. Sin embargo tenemos que intentarlo y vencer los obstáculos naturales y creados que se presenten.
 
El país tiene condiciones materiales, históricas y culturales, así como una gran reserva social para vivir en mejores condiciones, con más justicia y mayor desarrollo. Ya ha quedado más que claro que encargárselos a las y los políticos no es la mejor alternativa. Menos a los que ya han dado prueba de no trabajar más que por sus intereses y los de su grupo.
 
Urge que la sociedad exija más participación y la convierta en su contribución para el cambio que desea. Urge también que se comprometa a no tener y no tolerar las conductas que descomponen la vida en común. Así, las decisiones electorales podrán ser más promisorias y menos contaminadas de suspicacia. ¿O usted qué opina?
 
@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.;