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AlfonsoAraujoLA NUEVA NAO
ALFONSO ARAUJO

En estos últimos días nos hemos enterado de un escándalo mayúsculo de manipulación de la opinión pública estadounidense, por medio de la propaganda del Siglo 21. En nuestra era, ya no son los desvergonzados boletines cayendo sobre las ciudades desde aviones enemigos, sino sutiles mensajes mezclados con el torrente interminable de información que consumimos por medio de las redes sociales.

En este caso, la empresa Facebook actuó, en el mejor de los casos, con una negligencia increíble y en el peor, con una activa irresponsabilidad que probablemente vaya a cambiar la percepción del público ante la necesidad de regular el Internet.

Facebook no está sola en ello: los gigantes del Internet literalmente tienen más información acerca de la gente que el FBI o la CIA y encima de eso no les cuesta nada recabarla porque la gente se las regala cada minuto: qué les gusta, qué no, a dónde van, qué comen, cuáles son sus amistades, con quién se pelearon, cuándo están en su casa.

Ni en los sueños más delirantes de las agencias de inteligencia del siglo pasado hubieran podido imaginar poder recabar tal cantidad de información, ya no digamos sin mover a un solo espía misterioso enfundado en una gabardina tras su presa. Es más, ni siquiera las novelas de distopías futuristas al estilo de Big Brother concibieron el nivel de intrusión que ahora tenemos y al que estamos acostumbrados, lo mejor de todo, sin sentirnos oprimidos sino todo lo contrario: siendo entusiastas partícipes. Hasta el momento en que nos damos cuenta hasta dónde puede llegar la observación.

En su novela Fundación e Imperio (1952), el escritor Isaac Asimov creó al personaje Hari Seldon, un matemático que había perfeccionado un método de predicción del comportamiento de la humanidad, llamado “psicohistoria”. Su programa era de tal precisión que podía predecir lo que pasaría un siglo en el futuro. Así lo describe: “La ciencia de la psicohistoria no trataba del hombre, sino de las masas. Era la ciencia de las muchedumbres, contadas por miles de millones. Podía predecir las reacciones a estímulos con la precisión que otra ciencia podía calcular el rebote de una bola de billar.

“La reacción particular de un individuo no podía ser predicha por ninguna matemática conocida; pero la reacción de un millón de individuos era una cosa totalmente distinta.”

Nuestros modernos algoritmos de análisis de comportamientos masivos nos indican que estamos más cerca de eso de lo que Asimov pensaba.

El autor es académico ExaTec y asesor de negocios internacionales radicado en China.

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