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AMBROCIO MOJARDINVISOR SOCIAL
AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ


Nada más retador que convivir con adolescentes inquietos y de iniciativa. Esos que sobresalen por su inteligencia, por su espíritu explorador, o por su tendencia a retar todo.

El ejercicio de la autoridad con ellos es particularmente complejo. Tanto que a veces inspiran a ser autoritarios e intolerantes.

La psicología educativa y la psicología del desarrollo han acumulado mucha investigación sobre esto y ofrecen algunas recomendaciones que vale la pena conocer. La primera es reconocer que las y los adolescentes más rebeldes, inquietos y retadores, que son capaces de sostener la interlocución padre o madre-hija(o), terminan siendo los que mayores logros obtienen de esa etapa de desarrollo.

Su rebeldía o tendencia a retar no son problema. La forma en que se traten sí puede serlo.

Si en su actitud se percibe apertura para el diálogo y la comunicación, hay que aprovecharla. Si no se ve, hay que provocarla porque es la vía que se necesita. Es prerrequisito el que las madres y los padres aumenten su nivel de tolerancia y se convenzan de que escuchándoles y guiándoles es la única forma de ayudarles.

Frente a las dificultades de trato con adolescentes hay que establecer un acuerdo que inicie con el reconocimiento de las conductas que son fuente de conflicto y la disposición de las partes para superarlas.

Hay que rescatar, afinar y proteger las reglas de interlocución que se han tenido en el hogar y que se aceptan como recurso válido para la mejora. Además hay que identificar e incorporar aquellas que nunca se han tenido, pero son necesarias.

Hay que asegurar consenso de papá y mamá (o entre quienes ejercen la autoridad parental) sobre lo que se le exige al adolescente. Cualquier desacuerdo entre ellos puede ser aprovechado para desafiar o descalificar la autoridad que busca ejercerse.

Evitar la separación entre comprensión y exigencia. Lamentablemente, muchas familias dejan las exigencias para las y los hijos y la tolerancia y la comprensión para los padres. Ambas cosas deben existir para las partes.

Hay que ejercer la autoridad de manera sobria. Es decir, las reglas, los límites y las consecuencias que corresponde a su quebranto, deben ser aplicadas con un poco más de tolerancia, pero mucho más diálogo. Hay muchas violaciones a la norma que ofrecen los mejores momentos para hacer consciente su trascendencia.

Hay que dar lugar a la creatividad para encontrar formas de comunicación donde no se sientan en el “banquillo de los acusados” o en “el salón de clases”.

Hay que elevar la tolerancia como padres para resistir y valorar las dificultades y frustraciones de los desacuerdos. No dejar que caiga el ánimo bajo ninguna circunstancia; hay que ser perseverantes.

Siempre que se genere un momento de discusión o desacuerdo, destacar lo positivo en primer lugar y luego aclarar el contenido de cada una de las afirmaciones en sus pros y contras.

Hay que cultivar permanentemente la confianza. Sin ella es imposible ejercer la autoridad parental. Las exigencias deben ofrecerse de forma serena pero firme. Hay que escuchar con atención, sin rechazos y sin comentarios mientras el hijo o la hija expone su punto de vista.

Nunca acepte ni dé lugar a dinámicas de rivalidad y terquedad, que gustan tanto a las y los adolescentes. Eso solo refuerza el ímpetu que tienen para retar y la actitud de “ojos y oídos cerrados” frente a la autoridad.

Mantenga en mente como padre, o como madre, que el punto de referencia para las y los adolescentes son primero los amigos y luego los “aliados” de la familia.

En la edad que viven tienen un sentido creciente de la intimidad, están construyendo identidad y la protegen con mucho celo.
 
Una conducta de evasión, que indicaría baja confianza y resistencia para la comunicación abierta es la de encerrarse en su habitación. En tal caso, lo que se recomienda es bajar levemente la presión y provocar eventos que conlleven convivencia abierta.
 
El sentido del humor y la resistencia a expresiones de enfado y desacuerdo son excelente arma para sostener relaciones cordiales con ellos. Recuerde que todo esto irá cambiando a medida que se vayan volviendo personas mayores.
 
Su seguridad crecerá, sus inquietudes irán cambiando y la calidad de relaciones con sus iguales tendrá un sentido menos ególatra. Con ello, vendrán cambios que mejorarán las relaciones familiares.
 
Son antídoto para los conflictos de relación padre-madre la comunicación abierta, la consideración por el otro, el respeto y la empatía. El mundo que viven las y los adolescentes es distinto al de sus padres, por ello las recomendaciones se encargan a estos últimos.
 
No son cosa del otro mundo, pero demandan cambios importantes. El primero es olvidar que imponiéndonos vamos a lograr los cambios que deseamos. El segundo es aceptar que la tarea va a tomar tiempo y que tenemos que ser pacientes, pero va a valer la pena. Claro, por ellos y por nosotros. ¿O usted qué opina?
 
@abrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.