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Ernesto alcaraz vCOLUMNA VERTEBRAL
ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

La elección presidencial de 2018 llama a la estridencia y a la ruptura social, en lugar de procesar esta causa ciudadana con civilidad y respeto a las preferencias electorales. Nadie tiene derecho a inculcar el odio y la confrontación entre la población. Se requiere que haya  cordura, tranquilizar las pasiones y encauzar las emociones para evitar la división social. 

En 2006 y 2012, las elecciones presidenciales nos distanciaron y generaron controversias familiares. La disparidad en las encuestas sobre preferencias electorales y la pasión ciudadana por el desenlace contrario, dieron cauce a la inconformidad y la intolerancia. Recuerdo la de gobernador de Sinaloa, en 2010, como la senda más crítica, áspera  y violenta. Las campañas electorales no deben fraccionar a las sociedades. Basta con el pluralismo que conmina a preferencias apasionadas. Pero el orden y el respeto a la Ley le corresponde, por igual, a los órganos electorales y a los actores políticos, pero igual a nosotros, los ciudadanos. 

Es difícil que se erradique la “guerra sucia” y las “trampas electorales” que utilizan, aceptémoslo, todos los partidos y candidatos. Las elecciones no dan mucho para virtudes y sí ofrecen indebidas conductas. La solución clara es la sanción en la medida de la irregularidad, infracción o delito cometido. Someternos a la norma, por igual.  Si no queremos guerra sucia, presentemos al electorado personas con “hoja de vida” limpias, honestas y confiables. Es básico en una competencia que el ciudadano elector conozca y distinga, de entre todos, al más indicado al de mayor confianza y capacidad. Al mejor. Que la honestidad política y administrativa y su capacidad para garantizar la gobernabilidad sean las varas con las que sean medidos y se proclame al candidato ganador. 

Es hora ya de darle vuelta a la confrontación electoral. El reto es elecciones creíbles y confiables. Que el que gane asuma el cargo, y el que pierda, que revise con responsabilidad sus resultados y acepte la derrota. Tendrá en sus manos las actas de escrutinio y de cómputo con sus números correspondientes asignados, es su deber cotejarlos con las que la autoridad electoral ofrezca. Porque decir que “la suma de sus actas” no coincide con las cifras oficiales preliminares del cómputo distrital, es un ardid muy socorrido. Y es además doloso, cuando sabe que no cubrió ni acreditó al total de representantes en las casillas. 

Y esto que describo lo saben todos los votantes, los funcionarios de casilla y los observadores electorales. Sólo lo quieren ignorar los candidatos perdedores. Las elecciones venideras deben desarrollarse con sensatez y madurez y que la tranquilidad prevalezca durante las votaciones. Familias enteras salimos a votar con interés cuando nada nos lo impide. Y verificamos que en las mesas de votación hay camaradería, sencillez, interacción entre unos y otros, sin importar a qué partido representan, y en esa misma dinámica están los funcionarios de la mesa de casilla. Todo se desarrolla con normalidad. Todo es que salgan los resultados, para que unos y otros, partidos y candidatos, saquen a relucir sus improperios y abunden las descalificaciones contra la autoridad electoral. 

Y si bien es cierto que los actos de inducción y compra del voto son elementos ajenos a la casilla, si fueran determinantes en el resultado del proceso,  pues que la autoridad electoral y jurisdiccional sancione y castigue. Tenemos estructuras electorales sólidas y funcionarios electorales responsables que les obliga actuar contra quien infrinja la norma. 

Desde 1994 se viene insistiendo en ello. Y al parecer las reformas y sus códigos administrativos y de control, no da lo suficiente para el visto bueno ciudadano. Algo hay más de fondo que enrarece los procesos y agrava la convivencia ciudadana, que si bien está lejos de ser una fiesta cívica no debe convertirse en un escenario violento y desestabilizador. Es deseable que en esta competencia electoral, luego de los resultados comiciales y los términos legales y trámites constitucionales, los ánimos estén dispuestos para colaborar con el nuevo gobierno. Del signo que sea, y lo encarne quien haya sido elegido

Los vicios que se reclaman están en todos los actores políticos. En unos más que en otros. Pero tiran la piedra y esconden la mano, ven la paja en el ojo ajeno, y no ven la viga en el suyo propio. ¿Qué gastaron más de lo autorizado para precampañas? Me atrevo a asegurar que todos lo hacen. Ya habían sido desatendidos los desbordados actos anticipados de campaña, cuando aún sin iniciar el proceso electoral federal socializaban sus aspiraciones. Nadie escondió sus intenciones presidenciales, cuando por ley estaba prohibido. Y unos exigen que se les castigue, y otros, que no hay razón jurídica, porque es legal. ¡Así está tan enrarecido el ambiente preelectoral! 

Para que el tránsito por la democracia no desmerezca y el enfado social no se aliente y se convierta en rebeldía social, hay que mantener en buen estado las rutas procesales y estimular la cooperación ciudadana. Y sancionar lo que se tenga que sancionar.