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Ernesto alcaraz vCOLUMNA VERTEBRAL
ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

Cada quien nos diferenciarnos de los demás, y de algunos atraemos lo  bueno, y de otros, desechamos lo que nos disgusta o consideramos impropio. Aspiramos a mejorar nuestro entorno familiar y social cercano, que en sí mismo tiene un gran valor, y más, cuando el propósito trasciende. Hay verdaderos ejemplos de vida que merecen una réplica incesante que se propague entre los más amplios sectores y mejore nuestro entorno social. Que nuestro interior se rija por la Moral es hoy más que nunca deseable, pues ha caído casi en desuso. 

Recordemos, que nuestra “hoja de vida” es la suma de acciones y desempeños y ésta se inscribe desde que la Moral se inculca en casa, en la escuela, en las iglesias y en las familias. No por políticas públicas ni por disposiciones ordenadas desde el poder público. Es un asunto privado y sustancia de la individualidad. Por eso, proclamar una “Constitución Moral”, es un contrasentido político. Y dicen los expertos constitucionalistas, una aberración jurídica. La Moral es un conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el comportamiento de las personas, pero no puede encuadrarse en la categoría de una Constitución y menos atreverse a incidir en nuestra forma de pensar, ser y actuar de las personas. 

Nuestras diversas actividades se rigen por lo que nuestra Constitución Política mandata y se regula a través de las leyes. En ella impera la norma jurídica y el respeto y protección a los derechos humanos; a la libertad en todas sus manifestaciones ajena a toda consigna racial, religiosa y de género. Y busca el bienestar común de la población y la convivencia ordenada y civilizada. Y contra cualquier infracción está la aplicación del Estado de Derecho. Es pues el comportamiento ético y el respeto a las leyes  la única forma de regirnos en la legalidad y en la civilidad. La Ética debe regular nuestros comportamientos en el orden público, privado y social, sin que se afecten los derechos de los demás ni se tuerza la ley. 

Sin embargo, si la moral y la ética  se constituyeran en un binomio de virtudes y comportamientos, aportarían mucho en el quehacer público y en la vida cotidiana de las personas. Cercaríamos toda actitud nociva de los servidores públicos, del Sector Privado y Social, al igual que una mejora en la conducta ciudadana. Pero por su diferenciación y  cuando la conciencia rectora de la Moral no basta y afecta a terceros, la aplicación del Estado de Derecho se impone. Por eso, la moral como la ética no merecen estar “encapsulados” sino ser difundidos para que su ejercicio y réplica se esparza entre  los más amplios sectores de la sociedad y la población en general. 

Ningún valor es privativo de nadie, están al alcance de todos. Pero como son abstractos, hay que buscarlos y “aprehenderlos” para pensar con honestidad, y luego, actuar con rectitud, porque cuando el desacato a sus particulares dictados violenta los derechos de terceros, entonces la esfera del derecho obliga su intervención. Que la sociedad merece renovarse en las raíces de la moralidad y la ética tanto en los asuntos públicos como en la actuación de los organismos sociales, es evidente. Como igual es evitar el desenfreno de la corrupción, que más allá de la  frustración y el encono social que provoca, impacta en la inestabilidad social y el quebranto económico. 

Es indudable que nuestra integridad como Sociedad y Nación depende del ejercicio recto y honesto de nuestros actos y a la consabida obediencia de las leyes y normas de participación y convivencia. Hoy se exige una mejor actitud para construir, que desplantes para destruir. Pero igual que evitar lo indeseable, nos obliga como ciudadano actitudes correctas. No sólo condenarlas. Contrario a eludir a nuestra conciencia, y evitar retorcernos en nuestros remordimientos y sentimientos de culpa, ubiquémonos en el hábitat más sagrado: el  Hogar. Su núcleo, la familia, nos exige un comportamiento que motive su salud colectiva, y en su extensión, aportar a la civilidad social. Urge alcanzar, entre todos, esa socorrida sinergia social de credibilidad, prestigio y confianza entre nosotros mismos evitando los graves extravíos que solemos cometer. 

Una sociedad con virtudes, principios y valores que se imponga a todo intento de corrupción y abusos del poder público, que exija que sus integrantes,  sean rectos y justos.  Tenemos que interceptar todo acto nocivo y desaseo público para acceder a los niveles básicos de convivencia e inhiba el encono y la confrontación que priva actualmente. Reordenar y fortalecer las instituciones de Procuración e impartición de justicia exigiendo a sus representantes honestidad y objetividad en sus decisiones. Y en nuestro ámbito personal actuar con sentido ético, más que por lo que está legalmente prescrito y tolerable.