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JUAN ALFONSO MEJIAKRATOS
JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

Ahora que el tema educativo se está incorporando al debate electoral, lo menos que podemos hacer es dotarlo de contenido. Parecería que más de alguno lo olvida, así que discúlpenme por la insistencia: y los niños, ¿qué?

Al día de hoy, soy de los que piensa que el diagnóstico de todos los candidatos está equivocado. Nos hablan - superficialmente - de inseguridad, empleo, corrupción y desigualdad social, como nuestros mayores males; y, no dudo que así sea, el inconveniente es la distorsión de las soluciones que proponen (si acaso proponen algo), por una sencilla razón: un problema mal planteado siempre te asegurará una solución errónea. 

La “calidad educativa” no es teoría, precepto filosófico o mera estadística, es un asunto de oportunidades con rostro humano. 

Es la historia de una niña mazahua en el estado de México que pudo vencer las resistencias de su comunidad para ingresar a la escuela porque tiene síndrome de Down; es la posibilidad de la comunidad guerrerense en Xochihuehuetlán de contar con instalaciones dignas para sus hijos, ante la insensata postura de la autoridad educativa estatal; es el valor de los padres de familia en Oaxaca exigiendo que sus hijos cuenten con maestros en sus aulas todos los días; o la determinación de maestros en Tlaxcala que buscaron una promoción y al ganarla por mérito propio, lucharon para que se les respetara el estricto orden de prelación.

Todos los días ganamos o perdemos oportunidades para esta “causa”, con las consecuencias por todos conocidas, sentidas y cada vez más padecidas. La inseguridad, los bajos salarios, la corrupción y la desigualdad social, en algún momento son resultado de una misma dificultad: la falta de oportunidades. 

La educación es la llave maestra del desarrollo, y la escuela, el instrumento idóneo en la materialización de nuestros anhelos. Por eso, la escuela que queremos supera su contexto, impidiendo con ello la reproducción sistemática de las brechas entre nosotros, porque origen nunca debe significar destino. 

En México, aún estamos lejos de que todas las niñas, niños y jóvenes estén, aprendan y participen en la escuela, pero el proceso hacia esa realidad ya está en marcha. Detenernos ahora no sólo sería un error, sería una irresponsabilidad con nuestro tiempo.

La transformación educativa no se agota en una reforma ni se explica sólo a partir de ella, forman parte de mecanismos de naturaleza distinta. Mientras una reforma pretende un cambio a “las reglas del juego”, la transformación pretende un cambio en el funcionamiento de las estructuras institucionales, las actitudes de los actores y en las prácticas que modelan su comportamiento. 

La verdadera transformación educativa es permanente, y no se circunscribe solamente a reformas, al marco normativo ni administrativo. Tiene sentido en la medida en que cambia prácticas - en el aula, con l@s maestr@s, l@s funcionari@s y hasta con nosotr@s mism@s. 

Si hemos llegado hasta aquí, es porque distintos actores abrazaron la transformación educativa como propia. El rol que la sociedad civil ha desempeñado desde el origen y a lo largo de todo el proceso, aunado a los diversos órdenes de gobierno, las distintas fuerzas políticas, los órganos autónomos vinculados a la transparencia, los poderes de la Unión, nos permite afirmar: la transformación educativa nació antes de la presente administración y a no dudarlo, la trascenderá. Que así suceda depende en gran medida de la pluralidad de los actores involucrados, no del gobierno en turno. 

El proceso educativo en el que México está hoy inmerso nació desde afuera de las estructuras gubernamentales, y así debe permanecer. Si bien es innegable que los gobernantes son los principales responsables de garantizar que el derecho a aprender se cumpla a plenitud, también es cierto que las organizaciones civiles deben dejar de ser invitadas de piedra y participar en el cambio que ellas mismas proponen. Dejarles un papel de contorno, es perderse del dinamismo de las democracias contemporáneas en donde las soluciones se descubren en un vivaz diálogo entre sociedad civil y las estructuras formales del Estado.

En Mexicanos Primero nos propusimos sentar las bases para el diálogo a partir de la evidencia. El estudio que hoy les compartimos, es “un corte de caja” que ilustra cómo vamos, pero sobre todo es una prospectiva de futuro sobre el camino a seguir en materia de política educativa para el país. En el contexto electoral en el que nos encontramos, quien pretenda gobernarnos no puede ni debe eludir la dimensión de este desafío. 

Un proyecto educativo, para que lo sea, deber ser eminentemente social; de lo contrario, no es proyecto. 2018 debe ser recordado como el año de los ciudadanos, no de los partidos; el año en el que la elección se caracterizó por anteponer el interés de los nuestros, sobre el de unos cuantos. El año en el que la escuela se recuperó como el principal instrumento de cambio social para nuestra sociedad. El punto de partida en el que los mexicanos coincidimos: Antes niños que partidos.

Que así sea. 

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Twitter:@juanmejia_mzt