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AMBROCIO MOJARDINVISOR SOCIAL
AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

La violencia en las escuelas es una realidad muy seria que necesita tratarse con inteligencia y compromiso. No solo porque puede tener episodios extremos, como los del tiroteo de la semana pasada en una escuela de Florida, Estados Unidos, o los del caso de la escuela privada en Nuevo León, el año pasado, sino porque su existencia anida y promueve estilos de comportamiento que tarde o temprano terminarán dañando la vida social en general.

La violencia escolar es un comportamiento con muchas caras que, según la psicología, pocas veces nace ahí. Sus causas principales incluyen aspectos de personalidad, de cultura, de crianza y de modo de vida, casi siempre conectadas con antecedentes familiares de los agresores.

Así lo confirman estudios hechos al perfil de la mayoría de los casos que la Asociación Americana de Psicología (APA) ha documentado desde el año 2000. A través de su octava División (Society for Personality and Social Psychology), este organismo ha documentado que los agresores en tiroteos escolares, por lo regular son adolescentes que provienen de familias en conflicto, abusadoras o negligentes. 

Entendido esto, resulta increíble que el Presidente del país más poderoso del mundo esté pensando en armar a algunos profesores “encubiertos” para acabar con las amenazas de tiroteos escolares. Esa medida aparece tan irracional como la de pensar que preparando a los padres y madres de familia en defensa personal acabaría con la violencia familiar.

¿Por qué no pensar en acciones preventivas que eliminen los riesgos fatales y de grandes consecuencias? ¿Por qué no usar el conocimiento científico y la experiencia para atender las señales y desactivar las intenciones de agredir?

La Asociación Americana de Psicología ha dado seguimiento a los atentados más graves en el mundo y ha logrado identificar los aspectos principales que podrían prevenirlos. Su recomendación es no perder de vista que los actos violentos premeditados llegan a la escuela después de mucha planeación y que la alternativa es detectarlos y atenderlos oportunamente. 

Entre las actitudes que propone asumir están la de la desconfianza fundada; no desestimar ningún tipo de amenaza, hecha por cualquier persona. No descartar ningún tipo de acto violento, ni lugar, ni tiempo en que puede cometerse. 

Una amenaza de acto violento puede lanzarla cualquier estudiante, de cualquier edad; un maestro, un administrador o un padre de familia. Esa amenaza puede ser contra sí mismo, contra otras personas o contra las instalaciones de la escuela y todas deben ser vistas con mucha seriedad. 

Una vez que se confirme la amenaza, se deben tomar las medidas que la desactiven y la eliminen. Para lograrlo no siempre se necesita un especialista ligado a la autoridad pública, pero sí la convicción de que existe un gran riesgo.

Cada caso de amenaza debe documentarse con detalle y debe mantenerse en un récord confidencial de la escuela. Su seguimiento debe llegar hasta el momento en que se desactiva completamente la amenaza; de todas se mantiene récord escolar.

La APA recomienda que para prevenir casos como estos, las escuelas cuenten con una especie de comité de seguridad escolar. En esos comités deben participar los maestros, padres de familia, especialistas y administradores más discretos y mejor preparados. Deben ser personas respetadas y con capacidad para comunicarse con la comunidad escolar, así como con la autoridad pública.

Con relación a las amenazas, lo que recomienda es distinguir su naturaleza y actuar en consecuencia. Hay que diferenciar las amenazas transitorias de las amenazas sustantivas. 

Las primeras son todas aquellas que se hacen al calor de la ira y que nunca llegan a mayores. Estas amenazas se resuelven fácil y rápido. 

Por lo regular no se necesita más que la participación de una autoridad escolar, acompañada de un maestro o un padre de familia con reconocimiento. Se solucionan casi siempre a través de conversaciones restauradoras, o la aplicación de medidas disciplinarias simples.

Las segundas son consideradas graves porque no obedecen a una emoción pasajera, sino a un pensamiento consolidado con intención de dañar. La mayoría de las veces, estas amenazas se fundan en emociones y razonamientos distantes de la acción escolar; resentimientos familiares e insatisfacciones no resueltas, son las más comunes. 

Las amenazas sustantivas se planean con cuidado y la mayoría de las veces se delatan a través de “pequeñas” evidencias (p. ej. expresiones de ira); su ejecución incluye el uso de armas, o recursos materiales con capacidad destructiva, que al conseguirlos dejan rastro.

Dada su gravedad, estas amenazas deben tratarse con sumo cuidado y deben dejarse en manos de la autoridad preventiva, según la urgencia e implicaciones. En todos los casos debe asegurarse la confidencialidad de los posibles agresores, tanto como de las víctimas y del proceso de desactivación.

Nadie deseamos que suceda, pero a como están las cosas, la probabilidad de un acto violento de consecuencias graves en las escuelas es mayor cada día. Una forma de prevenirlo es tomando medidas anticipadas como las que sugiere la APA. Solo implica elevar el nivel de alerta, organizarse y aplicar protocolos. Sin paranoias, pero con responsabilidad. ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.