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ARTURO SANTAMARIAARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

En términos ideales, la política es el mejor medio para disputar y conservar el poder. Sin embargo, eso no quiere decir que la política es en sí un dechado de bondad. En todo caso, su mayor virtud es que evita el uso de la violencia en la disputa del poder.

No sé qué quieren decir los que sostienen que la política es un arte, si a este lo entendemos como un homenaje a la belleza. En el mejor de los casos, si vemos al arte como el resultado objetivo del talento, al margen de que sea bello o no, pues podríamos aceptar que la política es un arte. Pero no nos confundamos: el talento es una aptitud intelectual que puede estar al servicio de la peor o de la mejor causa. Hay talentos malignos y talentos sublimes; talentos constructivos y talentos destructivos.

¿En el México contemporáneo hay políticos talentosos? Sí, por supuesto ¿Pero eso quiere decir que son impolutos? De ninguna manera. No, no lo son. Es más, la inmensa mayoría son corruptos. Al menos así lo piensa casi el 90 por ciento de los mexicanos recientemente consultados. Y para reafirmar esa conclusión el Índice de Percepción de la Corrupción 2017, publicado por Transparencia Internacional, nos dice que México empeoró aún más en ese rubro porque un año antes ocupó el lugar 129 entre 180 países, y en 2017 descendió al 135. Es ya el más corrupto de América Latina. Empeoramos año tras año porque los gobernantes mexicanos son cada vez peores.

No es gratuito, entonces, que el tema dominante en el proceso electoral 2018 sea la corrupción y que los tres principales candidatos a la Presidencia de la República acusen a los otros de corruptos.

Desafortunadamente para el País ninguno se salva de que ellos, o al menos el partido que representan, están manchados o manchadísimos.

José Antonio Meade ha sido presentado por el PRI como un hombre sin mácula, pero durante su paso por la Secretaría de Hacienda, en 2016-2017, según la Auditoría Superior de la Federación se desviaron más de 6 mil 800 millones de pesos, y al recibir en agosto de 2015 la Secretaría de Desarrollo Social de manos de Rosario Robles no reveló y muchos mensos denunció que hubo desvíos de más de 2 mil millones de pesos. Meade, quizá no se llevó un solo centavo a sus bolsillos de esos miles de millones de pesos, pero, ya sea por omisión o por complicidad, permitió que el sistema hiciera un uso ilícito de ellos.

Ricardo Anaya está en una situación más difícil porque él sí ya tiene acusaciones jurídicas, y no tan sólo mediáticas, de lavado de dinero que benefician a las empresas de su familia. El proceso judicial apenas empieza, pero en caso de avanzar, su candidatura corre peligro.

Andrés Manuel López Obrador se ha salvado de acusaciones de enriquecimiento personal o no se le ha podido comprobar ninguna, pero el hecho de invitar como candidatos al Senado y al Congreso a números políticos oscurísimos, entre los que destaca Napoleón Gómez Sada, ha hecho dudar a muchos, y con razón, de que va a luchar en serio contra la corrupción.

Como podemos ver los candidatos presidenciales no son ningún dechado de virtuosismo ético. En realidad, los tres, y los que vengan, cojean con la misma pata ya sea por sí mismos o por sus convidados.

Así pues, los mexicanos tendremos que escoger, aun absteniéndose millones, entre alguno del trío con más posibilidades de llegar a Los Pinos. Por el momento no tenemos otra alternativa, y todo parece que así seguiremos por mucho tiempo.

Lo trágico es que tampoco veremos en el próximo sexenio un verdadero cambio ético en la conducción política del Gobierno Federal, y mucho menos en los estatales y municipales. Baste ver el panorama sinaloense para darse cuenta.

Los tres candidatos a la Presidencia y sus partidos están jugando, sin excepción, a la real politik. Meade haciéndose el que no sabe nada de la corrupción de la administración peñista, de la que él mismo fue parte. Anaya acusando a todo mundo de ser corrupto cuando aparecen cada vez más evidencias, no tan sólo de su inocultable ambición por el poder, sino también por el dinero sucio. Y López Obrador rodeándose de políticos de negro historial.

Los tres han dejado de lado la ética porque creen en la política real; es decir, en aquella  conducta que, para ganar, cuentan más el dinero y las alianzas ideológicamente incomprensibles que los principios.

Ellos no quieren ser políticos impolutos, lo que quieren es el poder.

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