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AlfonsoAraujoLA NUEVA NAO
ALFONSO ARAUJO

En EEUU, el fiscal especial Robert Mueller dio hace un par de días un avance espectacular de la investigación que ha estado realizando acerca de las elecciones de 2016. Su investigación confirma lo que se ha dicho por meses: que por medio de estrategias sofisticadas, hackers rusos se dedicaron a tejer una red masiva de influencia “suave” a través de redes sociales para influenciar el resultado de las elecciones. Los sitios afectados son mayormente Twitter y Facebook, así como el algoritmo de búsquedas de Google, manipulado para mostrar lo que los hackers querían, como los resultados más populares.

La extensión y la sofisticación de este ataque son francamente sorprendentes. El Washington Post lo ha llamado un “fábrica de desinformación”, por medio de la cual mensajes falsos o distorsionados, cuidadosamente refinados para audiencias específicas, eran manipulados con precisión en redes sociales, para luego convertirse en virales y ser reproducidos en los medios masivos de comunicación. Esto para ir creando impactos sicológicos en la población a favor de un candidato (Trump) y en detrimento de otro (Clinton). Es imposible medir el impacto objetivamente, pero los primeros análisis de lo exitoso de sus tácticas por parte de la inteligencia estadounidense no dejan dudas de que fue muy significativo. Al empezar a evaluar la situación, incluso defensores tradicionales de la apertura absoluta de Internet han empezado a tener dilemas de conciencia y a decir cosas como que “no es posible soslayar la importancia de que en el futuro deba existir algún tipo de identificación obligada para opinar en línea”. Esta es una frase radical y más en boca de los defensores de la anonimidad. El director de Inteligencia Nacional afirmó que los esfuerzos rusos estaban dirigidos, más que al triunfo de un candidato, a “exacerbar las fisuras políticas y a crear división social que reduzca la confianza de la gente en sus instituciones”.

Eso último suena lastimosamente cercano. Otra cosa que se ha mencionado es que “a pesar de que es obvio el ataque externo, mucha de la culpa debe de ponerse donde merece: en la población crédula y sin criterio para evaluar lo que leen y compartirlo sin empacho”. Esto suena aún peor y aún más cercano, si nos ponemos a ver la aparatosa desinformación y la salvaje acidez en nuestras redes, que no hará sino recrudecerse de aquí a julio. Pero ¿y después? ¿Qué nos deparará el periodo posterior a lo que será una elección ultra polarizada?

El autor es académico ExaTec y asesor de negocios internacionales radicado en China

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