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AMBROCIO MOJARDINVISOR SOCIAL
AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

Por más que las políticas de seguridad logren reducir los delitos, no avanzarán significativamente en acabar con la violencia si no atacan sus causas. Leer cifras menores en homicidios, robos o secuestros como reducción de la violencia es asumir una visión muy reduccionista; puede ser un autoengaño.

Una lectura más justa sería describir, junto a esas reducciones, la eliminación o debilitamiento de las variables que los causan. Pero nunca se hace.

El sociólogo y matemático Johan Galtung afirma que la violencia es un fenómeno social complejo con al menos dos caras. Una cara abiertamente negativa “estruendosa”, fácil de ver y que invita a la repulsión. Otra cara encubierta, sigilosa, “moldeable”, solo indirectamente negativa y hasta “tolerable”. 

La violencia abierta es la que se expresa con actos y eventos fáciles de registrar y de medir, como los delitos. Su expresión es directa y con frecuencia incluye daño físico contra la persona, o sus bienes. 

La violencia encubierta a su vez, tiene dos facetas; violencia cultural y violencia estructural. La primera está compuesta por ideas, pensamientos, valores y principios que se anidan en el modo de vida de las personas y las sociedades. Una especie de in-conciencia social en la que se valida el daño moral y psicológico como cosa natural de las relaciones entre personas. Las instancias que más la legitiman son el arte y la religión y algunas disciplinas científicas como el derecho.

La segunda es la más mala de todas, la más “misteriosa”, la que menos se percibe y la que peores efectos produce. Se ejerce a través de estructuras de operación social (p.ej. instituciones y organismos asistenciales), que impiden la satisfacción plena y perdurable de las necesidades de las personas. 

La violencia estructural es una estrategia, aparentemente ingenua e involuntaria, que controla y administra de forma desigual los satisfactores básicos, agrandando las distancias entre los grupos de la sociedad. Un sistema de vida colectiva que promueve y sostiene la dependencia de los “débiles” con respecto de los “poderosos”.

En opinión de Galtung, la mayor parte de la violencia estructural opera para negar, o desacreditar, las necesidades reales e imponer necesidades sentidas. Es efectiva porque satura el pensamiento social y obstaculiza la jerarquización de prioridades. 

Afirma que en el ejercicio de la violencia estructural termina anidándose el embrión de la exclusión social. Esa variable, que la mayoría de las disciplinas científicas han encontrado como la de más peso en el origen de la violencia. 

La sociología clásica interpreta la exclusión social como el conjunto de hechos y circunstancias ligadas a la economía, a la política, a la cultura y a la vida social en general, que alejan a las personas, grupos y territorios, de la posibilidad de formar parte o beneficiarse de los centros de poder, los recursos y los valores dominantes.

La psicología social afirma que la exclusión social es resultado de la segregación por motivos de poder. Lo describe como un proceso lento y sutil de dominación entre los individuos y los grupos, logrado a través del control de los satisfactores y los bienes. 

La exclusión social tiene muchos efectos graves que conectan directamente con actos de violencia. Entre los daños más globales están la degradación psicológica generalizada y los conflictos de identidad sociocultural que aumentan la percepción de vulnerabilidad en las personas. 

Cuando alguien se percibe excluido tiende a desarrollar sentimientos de insatisfacción y a tener dificultades para el control de sus emociones, particularmente de la ira. Quien se siente excluido se vuelve intolerante, egoísta, desconfiado, y merecedor de lo que desea. 

En grupos que sufren de exclusión es fácil encontrar comportamientos de gheto e inclinaciones a sentirse víctimas de todo; con razones para exigir, por el medio que sea, lo que consideran que es su derecho, o que les pertenece.

Por esto, se puede afirmar que cuando las políticas contra la violencia se enfilan a reducir el número de delitos solamente atacando a quienes los cometen, apenas se atiende la parte más pequeña del problema. Quizá la más visible, pero la más pequeña y la menos trascendente.

Si se quiere reducir efectivamente el problema, habría que redirigir los esfuerzos. Las ciencias sociales dicen que reducir la exclusión social sería una muy buena opción. 

Sus ventajas son múltiples. La más importante es que en lugar de invertir en armamento y equipo de seguridad, que siempre termina siendo insuficiente y de beneficios limitados, se invertiría en valores de beneficio multiplicador como la educación, la ciencia, el desarrollo tecnológico y la creación de oportunidades productivas para quienes no las tienen. 

No es una decisión fácil porque implica cambiar el esquema mental y político con que se toman las decisiones. Pero si queremos realmente una sociedad en paz se tienen que hacer las cosas de manera diferente. Todas las evidencias dicen que ya es tiempo y que se puede. ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.